El cine argentino y la representación queer 

La representación queer en el cine argentino ha estado presenta casi desde los comienzos. Podemos pensar en películas de la primera mitad del siglo veinte que por una u otra razón presentan personajes que se salen de la norma. Ya sea por su forma de vestir, de hablar, sus palabras, sus modismos, su maquillaje o simplemente su forma de ser, de existir. Si bien las temáticas homosexuales no fueron expuestas hasta después de la vuelta de la democracia de la última dictadura cívico militar argentina, las semillas fueron sembradas muchos años antes.

En la primera película sonora argentina podemos ver a la actriz Azucena Maizani travestida de compadrito, aquel filme es ¡TANGO! y data del año 1933. En esa misma década, tenemos una de las películas referentes dentro de la comedia innata argentina: LOS TRES BERRETINES —dirigida por Enrique Susini, mismo realizador del filme citado anteriormente— y es allí donde aparece Pocholo, principiando lo que llegará a ser la representación de la diferencia sexual dentro del cine nacional. Como se puede notar, desde la década del treinta que la representación queer fue central en el desarrollo de nuestra industria, aunque ocultado por algunos pero valorado por otros en los años venideros.

Azucena Maizani travestida de compadrito en ¡Tango! (1933).

La que es considerada por muchos la primera película queer fue dirigida por el uruguayo Román Viñoly Barreto —que desarrolló su carrera en Argentina—, llamada ÉSTA ES MI VIDA en el año 1952. El protagonista fue el cantante español de copla Miguel de Molina, quien llevaba consigo una historia como participante del partido republicano y viviendo como homosexual, incluso fue perseguido por la dictadura franquista. En el filme de Viñoly Barreto no se presenta como un personaje abiertamente queer, pero en su vestimenta, aspecto y manera de afrontar la vida lo han posicionado como un ícono homosexual dentro de la industria nacional, y la incursión de este filme ha sido uno de los pasos más fuertes dentro del camino hacia la libertad de expresión.

Otras películas de esa misma década consideradas minoritariamente queer, pueden ser: EL HINCHA (1951) —presenta una representación del deseo homosexual en el cine durante la década peronista—, DESHONRA (1952) —en una cárcel de mujeres, aparece la primera pareja de lesbianas del cine argentino—, LA NIÑA DE FUEGO (1952) —una mujer que se trasviste de varón—, LA TIGRA (1954) —presenta seducción entre personajes del mismo sexo— y EL ÁNGEL DE ESPAÑA (1958) —donde surge una relación tensa y emocional entre dos hombres—.

Deshonra (1952), dirigida por Daniel Tinayre.

En la década del setenta, una de las principales películas sobre la representación de un personaje disidente que ha quedado en la memoria de todas las personas es LA RAULITO, del año 1975 y dirigida por el gran actor y director Lautaro Múrua. La película nunca encasilla a la protagonista bajo una identidad fija: no la nombra como trans ni como lesbiana, simplemente la acompaña en su forma de estar en el mundo, en su manera de resistir. Esa ausencia de etiquetas —propia del contexto en que fue filmada— deja abierto un espacio de lectura queer que, visto desde hoy, se vuelve central. Su sola presencia ya implica una posición política.

Con la vuelta de la democracia, en el año 1983, la libertad no solo se vivía en la calles, sino también en el cine y la representación de las diversidades. A pesar de muchas veces presentarse desde un punta de vista despectivo y con una connotación discriminatoria, ciertas películas han sido una vía de escape y, fundamentalmente, puestas en el mapa para que, directa o indirectamente, apoyen el levantamiento de las luchas por los derechos de las personas gays, lesbianas, travestis y transexuales. Uno de aquellos filmes fue ADIÓS, ROBERTO en el año 1985, dirigida por Enrique Dawi y protagonizada por Carlos Calvo y Víctor Laplace, donde el primero se enamora del segundo y empieza a imaginar, con creciente intensidad, las posibles reacciones de rechazo, incomodidad o desconcierto que su entorno podría manifestar en el momento en que se revele aquello que ha mantenido oculto o reprimido justamente por el miedo que todo eso conlleva.

Poco tiempo después, aparece una película que abordó una temática similar pero con una mirada un poco más abierta: OTRA HISTORIA DE AMOR, del año 1986 y dirigida por Américo Ortiz de Zárate. Protagonizada por Mario Pasik y Arturo Bonín, es el segundo filme abierta y exclusivamente homosexual donde un joven empleado bisexual de una empresa se enamora de su superior, que está casado y es padre. Indudablemente, la década del ochenta fue una de las más importantes en términos de representación queer, las productoras empezaron a tener en cuenta estas historias disidentes y ponerlas en el foco principal dándole un lugar que no se había logrado hasta ese momento.

Arturo Bonín y Mario Pasik en Otra Historia de Amor (1986).

En la década del noventa, con el comienzo del movimiento Nuevo Cine Argentino, se produce un quiebre con respecto a lo que venía siendo el cine nacional e introduce nuevos elementos narrativos y un marcado estilo realista. De esta manera, los personajes queer o disidentes comienzan a tener su lugar en las historias, porque así como en la sociedad comienzan a salir a la calles —la primera marcha del orgullo LGBT+ fue en el año 1992, mismo año que se instala el surgimiento del Nuevo Cine Argentino—, se origina el camino más firme de las representaciones queer en el cine.

El siglo veintiuno ha representado un cambio en la sociedad y por consiguiente en el mundo del cine nacional, las historias con representaciones queer se han vuelto más reales y fieles a la objetividad, la existencia y la materialidad de los hechos subyacentes a las disidencias. El filme UN AÑO SIN AMOR, del año 2005 y dirigida por Anahí Berneri, está basada en la novela homónima de Pablo Pérez y cuenta la historia de un joven escritor (Juan Minujín) que durante 1996 escribe un diario sobre convivir con el VIH y se introduce en prácticas BDSM. Se puede vislumbrar el cambio de perspectiva y la necesidad de contar la realidad que la comunidad LGBT+ atraviesa desde hace décadas, la romantización de la homosexualidad comienza a ser solo una de las posibilidades de encarnación de las diversidades sexuales, una contingencia posible en un entorno hostil.

Juan Minujín en Un Año Sin Amor (2005).

En el cine contemporáneo argentino, las historias ya no tratan sobre ‘salir del clóset’ o aceptarse dentro de una sociedad que oprime a las minorías, las historias queer se sumergen dentro de los géneros o constituyen narraciones profundas donde las disidencias tienen muchas más historias que contar que las que se limitan a su identidad de género u orientación sexual. La presencia es variada en términos de sexualidad en películas como PLAN B de Marco Berger —director que ha basado toda su filmografía en la representación de personajes y relaciones homosexuales—, EL ÚLTIMO VERANO DE LA BOYITA de Julia Solomonoff —que presenta un personaje intersexual en la infancia— o XXY de Lucía Puenzo —que también presenta un personaje intersex, conocido coloquialmente como hermafrodita—.

XXY (2007).

La historia del cine argentino demuestra que las representaciones queer no son una invención reciente, sino una presencia constante, a veces silenciada y otras veces reivindicada. Desde los gestos más sutiles en los primeros filmes hasta los relatos actuales, las disidencias sexuales encontraron distintas formas de existir en la pantalla. Cada época abrió nuevas posibilidades de narración y visibilidad, acompañando —y a veces anticipando— los cambios sociales. Hoy, esas historias forman parte indispensable de nuestro patrimonio cultural, y mirar hacia atrás nos permite entender cuánto se ha avanzado y todo lo que todavía queda por contar.


Películas mencionadas en este artículo:


Si quieren ver muchas de estas películas lo pueden hacer de manera gratuita en la siguiente página: ARCHIVO CUIR — CINE ARGENTINO — https://archivocuir.ar/

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