La lluvia caía como metralla sobre el techo de chapa del viejo Plymouth. Elías Barreto apagó el motor y se quedó un momento en silencio, observando la casa. Las luces estaban apagadas, y eso ya era raro. Laura siempre dejaba encendida la lámpara del comedor para esperarlo. Siempre.
Tomó su pistola del asiento del acompañante, la deslizó en la sobaquera y bajó del auto. El barro se le pegó a los zapatos mientras avanzaba hacia la puerta principal. Algo no cuadraba. El cerrojo colgaba torcido, y la madera tenía marcas de fuerza. Tragó saliva.
Empujó con cautela, el cañón por delante. La oscuridad lo envolvió. Olía a perfume... y a pólvora.
—¿Laura? —su voz salió temblorosa, rota.
Nada.
Revisó el comedor primero. Todo parecía en su lugar, salvo una silla caída. Al girar hacia el pasillo, la vio. Laura, su esposa, su compañera, su único lazo con algo parecido a la paz, yacía en el suelo. Un charco oscuro se extendía bajo su pecho. El disparo había sido preciso, profesional. Elías cayó de rodillas. Gritó, pero su voz fue tragada por la lluvia.
Encima de la mesa, un sobre amarillo. Su nombre escrito a mano. Dentro, una foto: Laura con Julián Vázquez, su informante habitual, desaparecido hacía tres semanas. Y una nota: “Te advertimos que no siguieras hurgando. Ahora es personal.”
Elías no lloró. No esa noche. Esa noche, apretó los dientes, tomó su pistola, y encendió un cigarro con manos temblorosas. La ciudad había declarado la guerra, y él estaba dispuesto a incendiarla toda.
Durante los siguientes días, el detective abandonó todo rastro de legalidad. Visitó tugurios, interrogó a matones, sobornó a policías corruptos y rompió huesos de quien se negara a hablar. Su reputación lo precedía, pero esta vez no tenía freno.
Una pista lo llevó a un viejo galpón en la ribera del Riachuelo. Allí encontró a Julián, vivo pero muy golpeado. Atado a una silla, lo miró con miedo.
—¡Yo no la maté! —gritó apenas lo vio—. ¡Yo no sabía que iban a hacerle eso!
—¿Quién fue? —gruñó Elías, presionando el cañón de su pistola contra su frente—. ¡Decime quién, maldita sea!
—¡Santoro! ¡El senador Santoro! ¡Ella descubrió que lavaba dinero con una red de clínicas fantasmas! ¡Iba a hablar con un fiscal!
Elías lo soltó. No valía la pena matarlo. Aún no.
El nombre Santoro le heló la sangre. Llevaba meses investigándolo, pero no tenía pruebas sólidas. Laura sí, aparentemente. Y la habían callado por eso.
Esa misma noche, Elías irrumpió en la oficina del senador, ubicada en un rascacielos del centro. Entró por la terraza, forzó una puerta lateral y descendió como una sombra por las escaleras de servicio. Los guardias no lo vieron venir.
Encontró a Santoro en su despacho, tomando whisky, riendo con dos de sus lacayos. Elías disparó primero. Dos cuerpos cayeron antes de que el senador pudiera siquiera gritar. Lo acorraló contra la biblioteca.
—¿Te acordás de Laura? —dijo con la voz baja, cargada de furia.
—¡Fue un accidente! ¡Una advertencia! ¡Yo no di la orden directamente!
—No me importa.
Elías apretó el gatillo.
Después, desapareció. Nadie volvió a verlo. Algunos dicen que cruzó a Paraguay con una nueva identidad. Otros que sigue en la ciudad, escondido entre las sombras, cazando a los que creyeron que podían tocar lo que él amaba sin pagar el precio.
Lo único cierto es que, desde entonces, en los bajos fondos de Buenos Aires, se susurra un nombre con respeto y miedo: Elías Barreto, el hombre que perdió todo... y le devolvió al infierno más de lo que le quitó.

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