Para muchos, que como yo nunca fuimos lectores de cómics, la película de Iron Man estrenada en el año 2008 significo el primer contacto con este personaje. Una gran película que no solo marcó el inicio de un multiverso de superhéroes, sino que también nos dio un caso particular en donde el actor definitivamente nació para interpretar a el personaje. Por supuesto, hablo de Robert Downey Jr. , quien se funde con Tony Stark al punto de convertirse en uno sólo.

El personaje de Iron Man se transformó de inmediato en un ícono, un pilar fundamental para el UCM (Universo Cinematográfico de Marvel), brindándonos uno de los mejores desarrollos de personaje en la historia del cine. Pasó de ser un hombre egocéntrico, arrogante y egoísta o como él mismo se describe —un “genio, multimillonario, playboy y filántropo”— a convertirse en un héroe dispuesto a sacrificarse por las personas que ama, capaz de hacer lo que sea necesario para proteger la Tierra y, si es preciso, vengarla.
Esta película terminaría con una frase que, diez años después, nos daría el cierre perfecto para una saga de más de 22 películas: “Yo soy Iron Man”. La primera vez que escuchamos a Tony decir esta frase fue en un contexto cómico, dejando claro que Iron Man no sería de esos superhéroes que esconden su identidad tras un alter ego.

En el año 2019 llegaría Avengers: Endgame, que marcaría el cierre de la llamada “Saga del Infinito”. Y vaya de qué manera lo hizo, se convirtió en un fenómeno que atrajo a un público masivo a los cines, logrando 2.797.800.564 dólares a nivel mundial. Esto la convirtió en la película de superhéroes con mayor recaudación y una de las más taquilleras de la historia. Pero hay que hablar de su final, ese que, a muchos, incluyéndome a mí, nos destrozó.

El Momento Icónico
El final de Avengers: Endgame contiene, para mí, una de las escenas más icónicas de la historia del cine: el sacrificio de Iron Man. En el clímax de la película, nuestros héroes están cansados, heridos y casi derrotados, en una batalla épica en la que se juega la supervivencia de todo el universo.

Nuestros héroes tratan de evitar a toda costa que Thanos se haga con el Guantelete del Infinito, pero parece imposible. El Titán loco es el villano más poderoso al que se han enfrentado. Sin más héroes en pie, Thanos logra apoderarse del guantelete. A pocos metros se encuentra Tony, y al mirar a Doctor Strange, este, sin necesidad de palabras, le recuerda lo que le había dicho antes: de 14.000.605 posibles futuros, solo en uno ganaban. Tony lo entiende, sabe lo que debe hacer, y sin dudarlo, se lanza hacia Thanos, quien lo aparta con facilidad y lo lanza a unos metros. Parece el fin.
Thanos cree haber ganado, pronuncia su célebre frase: “Yo soy inevitable” y chasquea los dedos, pero nada ocurre, mira a Tony, desconcertado. Nuestro héroe le ha arrebatado las gemas del infinito y, con ayuda de su nanotraje, las ha integrado en su propia armadura. Entonces, Tony pronuncia las palabras… “Yo soy Iron Man”.
Thanos es derrotado. Él y su ejército se desvanecen, nuestros héroes han vencido y salvado al universo. Pero el costo es alto, Tony no sobrevive, después de todo, solo era un humano manipulando el poder cósmico de las gemas, muere, sujetando la mano de su esposa. Y eso hace aún más estremecedor su sacrificio, porque no solo tenía un hogar feliz con Pepper, sino que también deja atrás a su pequeña hija, Morgan.


Este momento es de los que se quedan grabados para siempre. Impacta porque representa el final de un personaje al que acompañamos durante diez años, un personaje que cayó y se levantó muchas veces, que, con su sacrificio, salvó un universo entero. Un cierre perfecto para esta saga, porque, definitivamente, Tony Stark hacía al traje... porque él es el Hombre de Hierro.



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