La animación televisiva tiene en el sitcom su género por antonomasia, sea en sketches o en formatos de episodios más largos. Ello permite que se desarrollen con brevedad y eficiencia las narrativas y los personajes.
En las últimas dos décadas una de las animaciones televisivas más exitosas, Bob Esponja Pantalones Cuadrados, ha recurrido a este formato para mantenerse vigente. Si bien es cierto los últimos años no han sido favorables, sus primeras temporadas demuestran un manejo singular del humor y mensajes maduros inmersos en el colorido de sus ilustraciones y la bobería de sus creaturas.
Bob Esponja el protagonista tiene sus méritos en su propia naturaleza, es una esponja que absorbe indistintamente diferente sustancias, diferentes personalidad y se las apropia.
Su humor puede parecer simplón o excesivamente optimista, sin embargo está matizado por asuntos de mayor interés. Con la esponja como eje central que recorre también a los demás personas, de manera particular destaco a Calamardo, Plancton y Don Cangrejo, quienes frecuentemente son sus contrapartes narrativas. En sus interacciones aparecen temas como la frustración, la codicia o el anhelo del éxito. El mismo Bob manifiesta estos tropos en muchos episodios, y también en su primera incursión cinematográfica. Su camino del héroe lo confronta con todas sus limitaciones, las que no supera sino que las abraza como parte de su personalidad.
Bob Esponja es un personaje creado a la usanza de los comediantes clásicos del cine: Chaplin, Keaton o Harold Lloyd. Quizá es más cercano a este último en el sentido dramático de su presencia. Es un tipo común al que le pasan cosas extraordinarias, que lo superan con notoriedad y, pese a ello, las enfrenta con una sonrisa de agobiante optimismo. Un héroe imprevisto en una historia intrascendente pero memorable. Esa base en una comedia superior ayuda a modelar un personaje que supera su propia construcción y se vuelve generacional. Curioso que la serie de Bob Esponja sea la única sobreviviente de la efervescente programación de Nick Toons de finales de los noventa, cuya explicación supera la rentabilidad económica de su explotación comercial, es en definitiva, una creación de época.
En una época de adultos infantilizados, Bob Esponja parece un estereotipo de ello. Sus actitudes son las de un niño: curioso, inestable, inmaduro, impresionable. Aunque al mismo tiempo es un individuo independiente, tiene un trabajo fijo, casa propia y una mascota. Practica aficiones al aire libre y obviamente desespera a los otros con sus presencia. ¿Hay algo más millenial que eso? ¿Puede ser la esponja el eslabón perdido entre los nerds noventeros y los hipsters del siglo XXI? Preguntas que flotan en el océano de la especulación, ocasionadas por este héroe accidental e improbable.
Es evidente que esta lectura tiene mucho de subjetiva y quizá poco de sustento, pero permite recordar el origen del personaje: la voluntad didáctica de Stephen Hillenburg, biólogo marino de profesión y animador de vocación, para difundir sus conocimientos a un público más amplio. Una motivación que originó un universo de personajes bienintecionados y memorables, que sobrevive pese a las irregulares decisiones corporativas que han afectado en mala forma su situación presente.




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