Capítulo 1 – El Mar No Olvida
El viento silbaba como un susurro antiguo, cargado de memorias que solo el océano podía entender. Las olas golpeaban el acantilado con fuerza, una tras otra, como si buscaran despertar a quien dormía en lo alto.
En una cabaña de madera desgastada por la sal y los años, un hombre observaba el horizonte. Su silueta era robusta, pero su respiración, entrecortada. Adrián Vela —el hombre que una vez voló sobre ciudades envueltas en llamas, que detuvo huracanes con un solo grito— ahora se aferraba a una mascarilla de oxígeno con resignación.
El mundo creía que estaba muerto. Quizá, pensaba él, no estaban del todo equivocados.
Sobre la mesa había un antiguo comunicador, polvoriento pero aún funcional. Lo encendía cada mañana. No para hablar, sino para escuchar. Escuchar la frecuencia del viento, el zumbido del aire, las pequeñas distorsiones que aprendió a leer como un segundo idioma. Y esa mañana… algo cambió.
—No es natural —murmuró, girando el dial. La tormenta que se formaba sobre la ciudad costera al este no obedecía a ninguna lógica atmosférica. Ni humedad, ni presión… solo energía. Forzada. Artificial.
Abandonó la cabaña con paso lento. Abrió el cobertizo. Ahí, cubierta por una lona, dormía su vieja capa gris, ligera como la niebla, y su bastón de viento: una vara hueca forjada con una aleación que respondía a su poder como si fuera una extensión de su cuerpo.
No planeaba volver. Nadie lo hace… hasta que el mundo llama por última vez.
Capítulo 2 – La Chispa en el Viento
La ciudad era una jaula de concreto y neón. Desde los tejados oxidados de Puerto Vega, el mundo se veía viejo, cansado… como si respirara el mismo aire reciclado por sus propias máquinas.
Lía Santos se movía como el viento entre pasajes y callejones. Pies descalzos, mochila rasgada, cabello revuelto por corrientes invisibles que la seguían donde fuera. Era una ladrona, una sombra... y algo más.
En sus manos, el aire obedecía. Aún con torpeza, aún sin control. Pero cuando extendía los dedos, la brisa se arremolinaba como si el mundo la esperara desde siempre.
Esa noche, su objetivo era claro: una torre de distribución de Aerodyne. Los drones vigilaban las alturas como halcones metálicos, pero Lía ya les había tomado la medida. Con un impulso, saltó. El viento la empujó más lejos de lo que debería. Cayó sobre un domo de cristal, rodó, se deslizó.
Un golpe seco.
—¡Te tengo! —gritó uno de los guardias al verla.
Ella no contestó. Solo levantó las manos. El aire tembló a su alrededor, como si contuviera un relámpago invisible. Los papeles salieron volando. Una bocanada de viento lo arrojó contra la pared.
—No me gusta hacer esto —susurró—, pero ustedes empezaron.
Tomó un chip de energía, huyó por los ductos de ventilación, y desapareció en el laberinto de la ciudad.
Horas más tarde, en un rincón olvidado del metro subterráneo, Lía encendió un viejo transmisor de radio. Lo había encontrado en una casa abandonada. Decían que en ciertas frecuencias, aún podía escucharse a él... al Viento Viejo.
Giró la perilla. Nada. Estática.
Pero al pasar por el canal 111.8, el aire cambió.
Voz distorsionada:
"Tormenta no natural detectada. Coordenadas 32.6 este. Actividad no climática. Riesgo 94%."
—No eres un mito… —murmuró Lía. Sus ojos se encendieron con curiosidad.
Y algo más: rabia.
Porque ella sabía quién era Zephyr.
Y también sabía que, de alguna manera, él había tenido algo que ver con la muerte de su madre


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