Cómo es El eternatuta 

El 30 de abril de 2025 quedará grabado como una de las fechas más importantes de la centenaria historia de la industria audiovisual de la Argentina. Desde ese día está disponible en la plataforma Netflix la adaptación de la historieta El eternauta, que el guionista Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López publicaron originalmente en el periódico Hora cero semanal desde 1957 hasta 1959, y luego tuvo varias secuelas y reediciones en formato libro.

Varias razones explican tanto el lugar bien ganado en la cultura nacional como la larga, casi eterna espera por la adaptación audiovisual. La primera tiene que ver con que desde hace casi setenta años sus claves de lectura fueron cambiando a medida que lo hacía el contexto sociopolítico de la Argentina, convirtiéndose así en un libro fundamental para comprender buena parte de la idiosincrasia local de todas las épocas. El eternauta es, en ese sentido, primo hermano de Mafalda.

La segunda se relaciona con la anterior y es que el texto y sus ilustraciones, más allá de algunos detalles menores que sitúan en un tiempo y espacio particulares, admiten todas y cada una de esas lecturas que quieran hacerse, un aspecto que habla de la notable capacidad de Oesterheld –desaparecido durante la última dictadura cívico militar junto a sus cuatro hijas, todas menores a 25 años– y Solano López para capturar la esencia de la dinámica nacional.

Tampoco debe descartarse el hecho de que la ciencia ficción no es un género muy transitado en la literatura argentina. Ni hablar en términos de cine y series, que es lo que nos interesa. El motivo es muy sencillo, y es que se trata de un género históricamente asociado al despliegue audiovisual y, por ende, al presupuesto. Y ya sabemos que aquí nunca tuvimos plata ni miedo.

Lo que no quiere decir que no haya habido intentos de concretar la adaptación. La última de ellas estuvo cerca y fue de la mano de Lucrecia Martel, quien terminó desechando la idea por diferencias creativas imposibles de saldar con los productores. Tuvo que venir Netflix con su billetera voluminosa para que, por fin, la versión audiovisual fuera una realidad. Recién se estrenó la primera temporada –compuesta por seis episodios de entre 45 minutos y casi una hora– y ya se sabe que habrá una segunda.

El héroe colectivo (y mayor)

No voy a entrar en el juego de las comparaciones entre la historieta y la serie porque sería injusto con una y con la otra: ambas son objetos creativos autónomos y, como tales, merecen pensarse de manera separada. Sólo se dirá que la serie apenas cubre la mitad de los hechos de la historia original y que el protagonista gráfico se llamaba Juan Salvo, tenía treinta y pico de años, estaba casado y tenía una hija pequeña. El de la serie también se llama Juan Salvo, aunque lo dobla en edad, está divorciado, su hija es adolescente y porta el rostro Ricardo Darín. La noticia de que el protagonista de Nueva reinas, El hijo de la novia, El aura, El secreto de sus ojos y Relatos salvajes, entre otras películas que reventaron la taquilla en las últimas tres décadas, se pondría en la piel de Salvo despertó rápidamente un sinfín de críticas, principalmente apuntadas al factor etario.

Confieso que mi primera reacción fue respingar la nariz, pero con el correr de los días comprendí que la decisión de la productora K&S Films no podía entenderse sin tener en cuenta que Darín es quizás el único actor argentino cuyo nombre al tope de los afiches garantiza visibilidad. Su elección es, además, consecuencia y síntoma de un fenómeno que lo trasciende, y es que la caída de las ficciones televisivas de los canales de aire clausuró toda posibilidad de renovación de un star system cuyos integrantes pueden contarse con los dedos de una mano (y todos tienen, mínimo, casi cincuenta años, dificultando el desarrollo de películas que intenten cautivar a un público más joven).

Pensemos en Darín, pero además en Natalia Oreiro, Diego Peretti o la ascendente Griselda Sicialini: casi todos ellos fueron actores de cine mucho antes que de televisión, pero recién con su arribo a la pantalla chica adquirieron fama y popularidad, dos elementos sobre los que reposan buena parte de las decisiones creativas de las plataformas de streaming trasnacionales. A diferencia de otros países, incluyendo Estados Unidos, aquí la máquina de “hacer estrellas” siempre fue la televisión, con su capacidad extraordinaria de monopolizar la conversación y los consumos, no el cine. Pensemos también en los que quizás sean los actores sub-40 más importantes, Peter Lanzani y Lali Espósito. Ambos surgieron de Casi Ángeles, la tira diaria vespertina de Cris Morena, que se emitía por televisión abierta.

La sociedad quebrada

Pero volvamos a El eternauta, que trabaja muy bien ese desplazamiento generacional dotando al Salvo de Darín de un pasado en la Guerra de Malvinas que justifica su aversión a la nieve y el conocimiento sobre el manejo de armas, elementos de los que nos enteramos a través de los varios flashbacks que irrumpen una narración lineal mayormente lineal. Es, además, un gesto que preludia cierta reivindicación old fashioned en la que lo único que funciona en medio del caos son aquellos objetos de mecánica tradicional, como los autos viejos (hay un Rastrojero como elemento clave) y las radios a pila.

Todo comienza con Salvo (Ricardo Darín) y sus amigos Favalli (César Troncoso), Lucas (Marcelo Subiotto) y Polsky (Claudio Martínez Bel) juntándose a jugar al truco en la casa del segundo, en la zona de Olivos, en el norte del Gran Buenos Aires, donde también están el cuñado de Polsky, Omar (Ariel Staltari), y la esposa del anfitrión, Ana (Andrea Pietra). Es verano y en el camino se cruzan con numerosas protestas por los recurrentes cortes de luz: sobre esa sociedad ya quebrada y al borde de la anomia se erige El Eternauta.

Entre naipes y risas transcurre la velada, hasta que comienza la nevada. Pronto descubren que es la primera anomalía de una mayor, que es que quien se expone a los copos muere instantáneamente. Lo primero que hacen es encerrarse, pero las urgencias apremian: Polsky decide salir en busca de su familia, pero cae apenas da un par de pasos. No hay tiempo para duelos ni lamentos, porque Salvo supone que su hija está con su ex mujer (Carla Peterson) y siente que debe ir con ellas. Eso sí, resguardado de la nieve y armado con un rifle de Favalli, porque afuera hay un caos por el que los cadáveres se mezclan con quienes quieren imponer la ley del más fuerte.

La serie va desplegando el ambicioso universo de Oesterheld y Solano López con una proverbial destreza visual en la que los efectos digitales se mezclan con escenarios reales acondicionados para la ocasión. Vemos varias zonas del norte del conurbano nevadas y regadas de cadáveres, escenas distópicas imposibles de imaginar en otro contexto de producción. Y vemos también como la idea de lo colectivo se irá construyendo muy de a poco, como si el lema de la serie (“Nadie se salva solo”) fuera un concepto que debe apre(he)nderse a fuerza de chocarse una y otra vez con la pared del individualismo.

El resultado es una temporada que se mueve muy bien en el terreno alegórico sin que esto implique resignar tensión y suspenso, que comienza como una fábula de supervivencia climática y pronto se revela como una relectura indudablemente argentina de La guerra de los mundos, con esos cascarudos gigantes irrumpiendo en el tercer episodio. Pocas veces el “esta historia continuará” es una noticia tan buena como aquí.

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