Dicen que la voluntad es la fuerza motriz del universo personal. Un músculo que se ejercita, se tensa, se aplica. Pero, ¿qué ocurre cuando el músculo sigue fuerte, vibrante de energía contenida, pero el cuerpo al que pertenece yace anclado, impedido? La voluntad se convierte entonces en un eco, rebotando en las paredes de una prisión autoimpuesta, o quizás, impuesta por el tiempo, ese ladrón implacable.
Es razonable creer que un hombre puede dedicar su vida a una causa.
Es razonable creer que esa causa puede consumirlo todo.
Pero, ¿es razonable creer que ese hombre pueda simplemente... detenerse? ¿Observar cómo el escenario que construyó, que él era, sigue su función con actores nuevos, a menudo torpes, bajo luces que ya no le pertenecen?
Cada noche es un estreno al que no fui invitado, pero del que tengo el palco principal. Las pantallas parpadean en la penumbra, múltiples ventanas a la ciudad que respira, sangra y grita ahí fuera. Mi ciudad. Solía ser mi tablero de ajedrez, mi coto de caza, mi herida abierta. Ahora, es solo... metraje. Datos fríos en un monitor. Veo los patrones, las sombras moviéndose incorrectamente, el titubeo donde debería haber decisión.
Acerquen sus oídos que les contaré una verdad incómoda: la impotencia quema más que cualquier herida física. Observo al chico nuevo, el que lleva el símbolo del murciélago con más entusiasmo que precisión. Demasiado ruido al aterrizar. Expone el flanco débil. Recuerdo cómo el peso del cuerpo debía usarse como péndulo, cómo el silencio era el primer golpe. Él... él hace una entrada. Como si fuera una película de acción barata, no una guerra silenciosa y eterna.
Alfred entra a veces. No dice mucho. Deja una taza de té, un plato con algo que probablemente no tocaré. Su presencia es un recordatorio silencioso de la rutina que reemplazó al ritual. Antes, era el traje, el peso de los artefactos, el rugido del motor. Ahora, es el sillón de cuero gastado, el brillo azulado de las pantallas reflejado en mis ojos, el sabor a bilis subiendo por la garganta cuando veo un error táctico costarle segundos preciosos a un policía acorralado.
Recuerdo la sensación. El aire frío en la cara, la grava bajo las botas, el instante preciso antes del impacto. Era una danza macabra, sí, pero era mi danza. Cada músculo, cada pensamiento, afinado a un propósito singular. Aquí, en mi retiro forzado, yo escucho la sinfonía discordante de Gotham y cada nota desafinada es una aguja bajo la uña.
Veo a Barbara en su propia fortaleza digital, coordinando, analizando. Es brillante, siempre lo fue. Pero incluso ella no puede estar en todas partes, no puede sentir la textura del miedo en el aire como yo lo hacía. A veces, nuestras miradas se cruzan a través de las cámaras de seguridad. Ella sabe que estoy mirando. Quizás se pregunta si juzgo. No juzgo. Solo... observo. Y siento el peso de cada vida que ya no puedo proteger directamente.
¿Es esto paz? ¿Esta vigilancia pasiva?. Yo ya no tengo esa opción. Mi cuerpo dijo basta. Mi legado sigue, pero es como ver una grabación de tu propia vida interpretada por otro.
La noche avanza. Un atraco frustrado torpemente. Una persecución que termina en un callejón sin salida predecible. Un político corrupto sonriendo a las cámaras. Es un ciclo interminable, y yo soy el fantasma en la máquina, el espectador eterno en mi propia ópera trágica. Las luces de neón de un club lejano parpadean en una pantalla. Una broma cósmica. La ciudad sigue su curso caótico. Y yo sigo aquí. Observando. Esperando un final que nunca llega.





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