La argentinidad en EL ETERNAUTA 

Hoy, 6 de mayo de 2025, no solo en Argentina, sino también a nivel global, se está hablando del mismo producto audiovisual, la serie EL ETERNAUTA, estrenada a fines del mes pasado en Netflix, bajo la dirección de Bruno Stagnaro —creador de otras producciones argentinas, también muy recordadas, como OKUPAS, PIZZA, BIRRA, FASO y UN GALLO PARA ESCULAPIO— y protagonizada por el gran Ricardo Darín. Es por esto que las palabras, críticas, reseñas y opiniones sobran, pero nos concentraremos en uno de los ejes centrales de la serie: la argentinidad. Hago referencia a la narrativa serializada porque no he tenido acercamiento —todavía— con la novela gráfica en la que se basa, creada por el guionista Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López, publicada semanalmente entre 1957 y 1959.

Bruno Stagnaro expresó en una entrevista con el sitio Infobae, a principios del mes de marzo, la importancia de la idiosincrasia argentina, no solo en la serie sino en el intento de fidelización de la reproducción de la historieta.

"Una de las cosas que me parece muy inteligentes que hicieron Martín Oesterheld junto con Laura Bruno es que precisamente en la negociación, ellos establecieron dos condiciones básicas: una, que transcurría en Buenos Aires y otra que estuviera hablada en español. Eso parece una boludez, pero es un montón. Y establece una lógica —con la cual yo estoy absolutamente de acuerdo— de trabajar desde la peculiaridad de una ciencia ficción que no intenta ser universal. Por supuesto: queremos ser universales pero con nuestras herramientas. Haciendo ejes sobre la localía y nuestras particularidades."

Por su parte, Ricardo Darín destaca la importancia de la colectividad en la serie, algo que está presente desde el tagline que anuncia: “Nadie se salva solo”.

"Estamos mal acostumbrados a pensar que si cuidamos solo nuestro entorno inmediato, estamos a salvo. Eso es un error estratégico, porque lo que le pasa al otro también nos puede pasar a nosotros."

En EL ETERNAUTA, la colectividad no es solo un recurso narrativo: es una filosofía de vida. La historia de Juan Salvo nos recuerda que, frente al desastre, no hay salvación individual posible. La tormenta, los enemigos, la desolación: todo es demasiado grande para enfrentarlo en soledad. Por eso, la unión se vuelve imprescindible. La familia y la amistad —afectos profundamente arraigados en la idiosincrasia argentina— actúan como motores de resistencia y sentido. Juan quiere reencontrarse con su hija, pero ese deseo no podría sostenerse sin la ayuda de sus compañeros. El vínculo colectivo no es accesorio: es la única forma de supervivencia. Nos define aquello que compartimos, los lazos que tejemos, las decisiones que tomamos con y por los otros. En una época que celebra el individualismo, EL ETERNAUTA propone lo contrario: un canto a la comunidad como forma de liberación y a la empatía como gesto revolucionario.

Ricardo Darín como Juan Salvo en El Eternauta (2025).

Una de las frases que ya se volvió memorable —sí, a tan solo una semana de su estreno— es: “Lo viejo funciona, Juan". Expresada por Favalli (César Troncoso) al darse cuenta que las máquinas antiguan sí funcionan en aquel entorno a diferencia de las nuevas tecnologías. Es por esto, que la historia evoca una melancolía profundamente argentina: la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor. En medio del caos, los personajes se aferran a objetos, vínculos y valores antiguos, como si en lo viejo residiera una verdad más estable, más humana. Lo viejo funciona, Juan” no es solo una frase nostálgica: es una afirmación política. Frente al colapso de lo conocido, la memoria se vuelve refugio, y el pasado, una brújula para no perderse en el presente.

La melancolía del pasado se une directamente con otra de las frases de la serie: “La brújula anda bien, lo que se rompió es el mundo” —también enunciada por el personaje de “El Tano” Favalli—. En la Argentina de hoy, atravesada por una crisis económica persistente y una fragmentación social alarmante, esa línea resuena con una verdad dolorosa. No es que hayamos perdido el rumbo: muchos aún sostienen ideales nobles, valores colectivos, principios éticos. Lo que se ha quebrado es el entorno, el tejido común, el marco en el que esos valores podían encontrar sentido compartido. Vivimos en una sociedad cada vez más polarizada, donde cada grupo defiende su visión del mundo como si fuera la única posible, sin puntos de encuentro. En ese contexto, EL ETERNAUTA no solo narra una invasión: también denuncia una descomposición del lazo social.

César Troncoso como “El Tano” Favalli en El Eternauta (2025).

Asimismo, uno de los mejores mensajes que trasmite la historia es el defender la patria, nuestra patria; un concepto muy arraigado en todos los argentinos desde nuestros primeros recuerdos. Desde la escuela primaria, se nos enseña que defender la patria es un deber sagrado. Actos escolares, canciones, fechas patrias: todo apunta a forjar un sentido de pertenencia y compromiso con una nación que, idealmente, nos contiene a todos. Pero ese ideal se ha ido resquebrajando. En la Argentina actual, hablar de “patria” despierta tensiones: ¿qué significa defenderla, cuando quienes la habitan no se reconocen entre sí? EL ETERNAUTA recupera ese espíritu de entrega colectiva: los personajes resisten no por gloria personal, sino por un bien común. La patria es, en definitiva, la gente, la comunidad, el otro. Y si bien hoy ese compromiso parece erosionado por la desigualdad, el desencanto o el individualismo, sigue latiendo en lo profundo de la cultura popular. Es un anhelo que sobrevive, aunque herido. Defender la patria, entonces, ya no es solo un acto heroico: es un gesto de empatía, memoria y responsabilidad.

Frases como: “La gente buena tiene que seguir existiendo”, es una declaración de esperanza en medio del desastre. En un mundo quebrado por el odio, la desconfianza y la violencia, la bondad no es ingenuidad: es resistencia. Seguir siendo buenos, incluso cuando todo se derrumba, es un acto profundamente revolucionario.

Ariel Staltari y Orianna Cárdenas en El Eternauta (2025).

En medio del caos, la ciencia ficción y la tragedia, EL ETERNAUTA también nos regala algo profundamente nuestro: el humor popular y el juego. Ese lenguaje cargado de picardía, imposible de traducir, nace del ingenio colectivo y de una identidad compartida que se transmite como un código secreto. Frases como “¿Se largo**a o está relampaj***do?” o “Yo sabés que dejé el paragua**a arriba de la rep**a” nos remiten al barrio, a la mesa familiar, a la risa que cruza generaciones. Es un humor que desarma solemnidades, que permite el descanso en medio del drama y que nos recuerda que, incluso en los peores momentos, los argentinos encontramos la forma de reírnos.

Y si hay algo que lo simboliza es el truco: ese juego que enseña estrategia, picardía y lealtad, y que solo puede jugarse bien si se conoce al otro. Porque, en el fondo, resistir también es reír. También es jugar. También es no olvidar que estamos juntos en esta partida.

La argentinidad en EL ETERNAUTA no es un decorado ni una concesión al mercado local: es el núcleo mismo de la historia. Está en la tormenta que cae sobre Buenos Aires, en el truco que se juega en una cocina, en la broma que solo entendemos nosotros, en el gesto de ir a buscar a un ser querido con los amigos del barrio como escudo. No es una argentinidad idealizada, sino una contradictoria, a veces rota, llena de heridas y de memoria, pero también de humor, de ingenio y de afecto. Esta serie no solo actualiza un clásico: nos obliga a mirarnos. Nos dice que la patria es el otro, que resistir es un acto colectivo, que la bondad importa y que lo viejo —lo que aprendimos en la escuela, lo que nos contaron nuestros viejos, lo que compartimos en la mesa— todavía puede funcionar.


Películas —y series— mencionadas en este artículo:


Lisardo Quevedo | Director de cine | Creador de contenido

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