Los viejos resistentes. Sobre El viejo roble (Ken Loach, 2023) Spoilers

Ken Loach, legendario director británico, pertenece al grupo de los viejos resistentes. Cuando la mayoría pregona el fin de las ideologías, en la época del pensamiento líquido todavía existe un director que continúa escenificando sueños y fracasos, victorias y derrotas de una generación, pero que fundamentalmente sigue haciendo cine sin desestimar al espectador y ofreciendo una mirada personal sobre este mundo globalizado con un fuerte posicionamiento político. Si bien su carrera encuentra puntos altos y otros muy bajos, no puede soslayarse la coherencia temática y formal de sus películas, la mayor de las veces, gritos aislados en una comunidad más preocupada por figurar en festivales de cine para derrochar aires de estética inflada. Tal vez ese sea el motivo por el cual suele ser ignorado por ciertos sectores de la crítica, porque no responde a los intereses diletantes que hoy se venden tan bien en algunos espacios. Ser consecuente tiene su costo, pero a Loach no le importa.

Como suele ocurrir con sus películas, la realidad irrumpe incluso antes que las imágenes, a través del sonido. En este caso, escuchamos sobre el fundido a negro una discusión. Son voces que aparecen todavía sin contexto definido. Unos segundos después, la referencia: Norte de Inglaterra, 2016. Entonces aparecen fotografías, un dispositivo que será importante en la trama y determinante para la joven Yara, proveniente de Siria. El conflicto aparece de entrada: la comunidad no acepta que las familias musulmanas se instalen en el barrio y afloran todas formas de violencia. La chica es agredida por un grupo de hombres; uno de ellos le rompe la cámara. Toda esta primera secuencia es un ejemplo de síntesis visual, propia de los grandes directores, donde se conjugan diversas formas de hostilidad en un mismo escenario dramático. Es el espejo de un pensamiento prototípico de zonas marginales y profundas de sectores olvidados por el Estado.

El cartel del pub tiene una letra caída, signo del desgaste, del paso del tiempo, de un lugar que parece estancado en un pasado que se niega a desaparecer, dese la precariedad material y desde lo emocional. Se trata del viejo leimotiv en el cine de Loach: el impacto económico en los cuerpos. Los ambientes revelan una modestia cercana a la miseria, señal de lo que resta desde hace décadas. TJ, el protagonista y dueño del lugar, intenta enderezar la letra, pero es un esfuerzo que podemos extrapolar a su propia vida. El pub es un pequeño mundo donde queda en evidencia que cada cual intenta salvar su propia isla. La lógica de la globalización hace que estos barrios sean comprados en subastas por poco dinero y eso afecta al tradicionalismo de familias instaladas. Entonces cada uno expone sus argumentos. Las voces están, pero para dar cuenta de la vulnerabilidad y el miedo antes los otros.

Yara tiene un sentido de la ética y de la justicia. La cámara son sus ojos. Debe enfrentarse a una comunidad de hombres que cacarean, que utilizan el alcohol como motor verbal de sus desgracias, de sus frustraciones (prestar atención a la fonética, en este sentido, como rasgo de verosimilitud). Hablan por atrás. Es un primitivismo que no llega, para Loach, a la estética predominante de la crueldad, tan habitual en la mirada misantrópica contemporánea.

El barrio parece una tierra sin ley donde a la mayoría de la gente la plata se le va en el alcohol, como dice TJ, una línea de diálogo que, a la manera de un verso, condensa una idiosincrasia. Es otra muestra más del poder de concentración en la narrativa de los grandes cineastas. No hacen falta cuatro horas para ello, se trata de una concisión realista adecuada al paradigma ideológico al que responden, sin transar con estéticas de moda o patrones atados a agendas.

En un momento, aflora el primer indicio fuerte de solidaridad. TJ invita a Yara a su refugio, una sala inhabilitada en el interior del bar. Los hombres se lo reprochan. Antes de hablar de su cámara, Yara recorre una pared con la mirada. Son fotos, pero ahí está el discurso de Loach. Varias de ellas remiten a los ochenta, al gobierno de Tatcher. Es la excusa para tender también un puente generacional entre TJ y Yara, no solo en torno a la pasión fotográfica y al compromiso ético del testimonio, sino sobre la posibilidad de que asome la esperanza del encuentro con el otro. Para Loach, nadie se salva solo. Los embates económicos tienen sus víctimas declaradas, desde obreros a refugiados.

Se muestran muy bien los esfuerzos de quienes están dispuestos a ayudar y quienes resisten de manera brutal. Otra escena fundamental se da cuando Yara ayuda a una chica y la lleva a su casa; su hermano, inmerso en un sistema individualista de consumo y distracción, apenas le abre la puerta y sigue jugando a los videojuegos. Otro ejemplo de síntesis discursiva de un director que, más allá de los diálogos, narra con imágenes esta especie de masturbación tecnológica que aísla cada vez más a la gente.

Cuando Yara invita a TJ para que conozca a su familia, hablan sobre su pasión por la fotografía. En la conversación se revela una certeza: todo arte es un modo de trascender lo finito, pero siempre impregnado de conciencia social. Así habla la cámara de Yara, una parábola del cine de Loach. Nadie se hace el distraído si verdaderamente está comprometido con su tiempo. Esto no implica reducir una obra a su contenido ideológico, pero sí destacar un gesto que cada vez se halla en menor medida.

Si bien hay escenas violentas desde el punto de vista físico, lo patético es el modo en que los adultos intentan justificarlas, sin autopercibirse como racistas. Es parte de la hipocresía de una clase que se hace la desentendida, la que no se hace cargo. Pero el mundo no necesariamente es un lugar sin salida para Loach. Los vínculos que se generan entre ciertos personajes (Yara/TJ, Yara/la mujer de la peluquería, algunos vecinos/las familias musulmanas) abren una puerta a la esperanza más allá de todo. Lo suyo no es la miseria como oportunismo, pese a tener en claro de qué modo avanza el mundo. Hay siempre dilemas éticos y filtros (prejuicios) que superar. TJ debe resignarse a abrir la habitación para utilizarla como comedor. La muerte de su perrita (producto de la falta de ley y humanos que viven en el límite) es el detonante para poner la otra mejilla antes que reaccionar violentamente como un héroe americano. Siempre hay tensión con los otros, aún en los rituales de encuentro. TJ distingue muy bien solidaridad de caridad, es decir (como Loach) despoja toda cuestión humanista de dogmas religiosos.

Como Nanni Moretti en El sol del futuro (2023), pese a todo, aún está la utopía de la integración, la esperanza de lo colectivo para poder avanzar. De allí el diálogo entre las secuencias finales en ambas películas. Moretti elige la fiesta, la procesión, la caminata alegre hacia adelante. Loach apenas deja que se escuche algún rumor en medio de un funeral que, paradójicamente, favorece la integración en medio de la comunidad. Son diferentes finales, pero con la misma sensación: aún queda la puerta abierta para la esperanza. Porque de eso se trata la utopía, de caminar hacia adelante, hacia un horizonte de felicidad donde cada cual reconozca al otro como par.

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