Mi Vecino el Hechicero, y el Problema con los Robots del Metro 

Mi Vecino el Hechicero, y el Problema con los Robots del Metro

Me llamo Max, tengo 12 años, y vivo en un edificio viejo que cruje más que mis rodillas cuando me levanto tarde. El año es 2025, y aunque no tenemos autos voladores (todavía), sí tenemos drones que te gritan si cruzas la calle sin mirar.

Pero el verdadero problema no son los drones.

Es mi vecino del 502.

El del 502 es un hechicero. Literal. Tiene túnica, barba, y un gato que habla en alemán cuando está borracho. No es broma, se llama Don Argemiro. Y aunque parece que solo vive de hacer pociones para el insomnio, resulta que es parte de un consejo secreto de magos que regula el "caos urbano mágico". Básicamente, evita que dragones se estacionen en doble fila y que duendes vendan NFTs falsos.

Una noche, mientras trataba de quedarme dormido, escuché un estallido como de microondas explotando… pero con eco. Salí al pasillo y vi humo saliendo del 502. Toqué la puerta. Nada. Toqué otra vez. Silencio. Empujé, y se abrió como si me invitara al desastre.

Ahí estaba Don Argemiro, en bata y pantuflas con forma de unicornio, peleando contra lo que parecía un robot del Metro de la Línea 9… con tentáculos.
—¡Max! —gritó mientras esquivaba un láser que rebotó en su tostadora—. ¡Mezclé mal el conjuro del WiFi y abrí un portal al sistema de transporte automatizado de Tláhuac!

No sabía si reír o llorar. Así que hice lo más lógico: agarré una sartén y me lancé al ataque.

Luchamos como campeones. Bueno, él luchaba como campeón, yo más como alguien que apenas ha pasado el primer nivel del gimnasio virtual. El robot tentacular decía cosas como “Prohibido brincar torniquetes” y “Su saldo es insuficiente para cruzar dimensiones”. Muy amenazante.

Al final, Argemiro conjuró una runa con forma de código QR y la lanzó como un frisbee. El robot fue absorbido por una app y desapareció con un pitido triste.

—Gracias, muchacho —me dijo, sentándose en una silla voladora—. Te has ganado una recompensa. ¿Quieres un dragón de bolsillo? ¿O prefieres una pizza que se autorecalienta cuando le hablas bonito?

Elegí la pizza. Obvio.

Desde ese día, cada noche me asomo por la mirilla del 502. Nunca sabes qué vas a ver: una cabra con alas, un hada cobrando renta o un elfo borracho viendo telenovelas. Pero si algo aprendí es que, en esta ciudad medio mágica y medio idiota, dormir tranquilo es un acto de fe… o de magia.

Y si mañana despierto con tentáculos saliendo de la cafetera, ya tengo mi sartén lista.

Moraleja del cuento:
Si un hechicero en bata de unicornio te ofrece ayuda contra un robot del metro con tentáculos… acepta. Pero pídele también la contraseña del WiFi mágico, porque la vas a necesitar para buscar “cómo desinfectar un sartén después de golpear tecnología interdimensional”.

Si te cruzas con un gato negro, no te preocupes, solo es un experto en dar lecciones de buena suerte… pero no en horarios humanos."

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