
Escribo desde el amor y la melancolía, minutos después de terminar Etoile (2025) la nueva serie de Amy Sherman Palladino. Si bien lo hago desde el hoy, también lo hace mi yo adolescente que, veinte años atrás, rezaba por encontrar un capítulo de Gilmore Girls en Warner en esos momentos del día en que no estaba cumpliendo mis deberes infantiles. Si alguno de los mundos que Sherman-Palladino creó resonó en alguna parte de nuestra historia personal, sepan que les estoy hablando a ustedes. A quienes, 25 años después del estreno de Gilmore Girls siguen encontrando en algún capítulo al azar de cualquier temporada el confort y el descanso cuando todo parece nublarse.
Compuesta por 8 episodios de una hora de duración, Etoile cuenta la historia de dos compañías de ballet de renombre mundial que deciden intercambiar a sus estrellas en un intento por mejorar su resonancia y economía. De este modo, el universo francés y el norteamericano se cruzan y chocan, desde el encanto y la molestia que cada una de estas culturas generan. Del lado neoyorquino está Jack McMillan (Luke Kirby), director ejecutivo del Metropolitan Ballet que defiende con todas sus fuerzas a la compañía por formar parte directa de su historia familiar. Del lado francés está Geneviève Lavigne (Charlotte Gainsbourg), en un rol similar al de McMillan, intentando por todos sus medios sostener su puesto laboral que aún no es definitivo. En un contexto post covid donde la mayoría de los bailarines perdieron el interés o las ganas en su profesión, la ausencia de público y los problemas sindicales, deberán definir una estrategia ante la crisis que atraviesan que mejore el rendimiento y la economía de ambas compañías.

La idea de Genevieve de intercambiar a sus estrellas será aceptada por Jack con muchas reticencias, especialmente porque parte del trato incluye al empresario Crispin Shamblee (Simon Callow), un fanático del ballet que sin motivo aparente (mentira, luego se revelarán sus verdaderas intenciones) se ofrece a financiar económicamente todo el intercambio. Así, el más experimental coreógrafo de New York llamado Tobias Bell (Gideon Glick) viajará a París junto a la bailarina Mishi Duplessis (Taïs Vinolo), hija de una ministra francesa que busca repatriar a su hija adolescente, mientras que la mejor bailarina francesa de todos los tiempos Cheyenne Toussaint (Lou de Laâge) llegará a New York como un tornado, dispuesta a sacudir todo lo que se interponga en su camino. A pesar del caos, el drama y la disparatada esencia cómica y ridícula a la que Sherman Palladino nos tiene acostumbrados, Etoile es una serie rica en complejidad, heredera de lo mejor que Gilmore Girls trajo a la televisión del nuevo siglo.

Dicho esto, sepan disculpar que mi fanatismo y alegría no sean compartidos por gran parte de la crítica que destrozó a la serie por los mismos motivos que hicieron a Gilmore Girls gigante. “Etoile es un espectáculo agotador centrado en un montón de gente insufrible obsesionada con oírse hablar a sí misma”. Si bien es cierto que cualquier producto cinematográfico o serial debe funcionar para (casi) cualquier tipo de público, no está mal asumir que hay muchos que sólo buscan entrar en diálogo con un determinado sector sin ponerse en la posición de conquistar a sus posibles detractores. Esto hace que los motivos por los que se critica a Etoile sean los mismos por los que se odia el universo de Gilmore Girls y, en contraposición, las razones por las que Gilmore se disfruta son también los motivos por los que Etoile se convertirá en una serie obligatoria para aquellos que sueñan con vivir en los mundos que Amy Sherman Palladino construye.
Mundos irreales perfectamente imperfectos

Uno de los encantos superlativos que nos ofreció Gilmore Girls era la invitación a un mundo donde, si bien todo parecía real, la cotidianeidad de los personajes estaba repleta de fantasía. Con esto no me refiero a la presencia de elementos sobrenaturales sino a la descripción de una vida que en nada se acerca a la de la mayoría de los mortales: Los largos desayunos matutinos previos al trabajo, la complejidad y profundidad de las charlas y, sobre todo, la inalterable capacidad de los personajes de cumplir sus sueños aún en condiciones nada favorables. De esta cuestión se habla mucho en redes por medio de memes que dejan en claro la idealizada forma de vida que Sherman Palladino plantea. Y aunque este podría ser el argumento perfecto para no entrar en el mundo propuesto por la serie, es también el gancho que nos invita a querer permanecer mucho tiempo dentro del mundo de las Gilmore.
En Etoile ocurre algo similar. La extrema idealización del mundo de la danza y la ausencia de problemáticas reales y concretas que afecten la vida de los personajes queda expresada en el personaje de Nicholas Leutwylek (Gideon Glick), quien utiliza el nombre de diferentes ciudades para describir la intensidad de los ataques cardíacos que sufrió a lo largo de la vida pero que nunca pudieron acabar con él, o en la hiper romantizada historia de la pequeña niña japonesa que baila sola cuando el estudio cierra mientras su madre limpia y que, a fuerza de tenacidad y valentía, es capaz de conmover a la imperturbable Cheyenne. Esos personajes secundarios, y sus estrafalarias formas de vidas, son los que funcionan como cimientos de un mundo donde el drama real es desplazado por una visión idealizada y edulcorada de la existencia que, lejos de profundizar en el drama, abraza sin ningún tipo de censura la exageración y el ridículo desde la nostalgia y el cariño. Si hay algo que Sherman-Palladino sabe hacer es darnos personajes secundarios que acompañan las historias de los protagonistas enriqueciéndose, sin ningún tipo de influencia como para desviar nuestra atención pero con la suficiente fuerza como para que se vuelven centrales en todas las dinámicas que la serie plantea.
El único protagonista es el amor a la danza

Ya conocemos la historia central de la serie y algunos de sus protagonistas: Jack McMillan (Luke Kirby) y Geneviève Lavigne (Charlotte Gainsbourg) como las cabezas máximas y centrales de las compañías, obligados a relacionarse y lidiar con los coreógrafos y bailarines más importantes como la extravagante y combativa Cheyenne Toussaint (Lou de Laâge) y el nada convencional Tobias Bell (Gideon Glick). Si bien las dinámicas centrales giran en torno a estos cuatro personajes, siendo Tobias Bell el de menor participación, lo cierto es que ninguno termina por adquirir el peso suficiente para erigirse como protagonista central de la serie. Las vidas de cada uno de ellos no son transparentes, presentándose de manera opaca al espectador y dejando baches de información que no son determinantes para el desarrollo de la historia. Sin embargo, esto no se convierte en una complicación. Hay una decisión clara por parte de Sherman-Palladino de ofrecernos fragmentos de sus historias siempre y cuando sean importantes para el desarrollo del eje central: la danza.
De esta manera, lo único que importa en Etoile es el baile, el engranaje de pasión y sacrificio que mantiene en funcionamiento una de las artes más antiguas y expresivas en lo que al uso del cuerpo refiere. Es por esto que, toda historia, complicación o desenlace que se presente está siempre al servicio de esa causa mayor que es la danza. Este personaje invisible, único protagonista claro e indiscutido, se define y permanece en nuestra memoria por lo que cada una de sus partes ejecuta o experimenta en pos de su verdad, elaborando una historia que preexiste al universo de la serie y que, evidentemente, la continuará. Esto hace que las secuencias coreográficas y las presentaciones de los artistas no sean un mero decorado en la serie, sino que ocupen el tiempo suficiente como para sumergirnos en una práctica que, por momentos, parece propia de otra época. Palladino nos obliga (por suerte) a apreciar una disciplina compleja de la forma más sencilla posible: enamorándonos de los personajes que la practican.
Este interés en la disciplina que Sherman-Palladino desarrolla sin ningún tipo de limitación en Etoile se debe a su propia historia personal atravesada por el hecho de que su madre era bailarina. También estuvo presente en su serie anterior Bunheads (2012), en la que una showgirl de Las vegas se casa y se muda a una pequeña ciudad donde se dedica a dar clases de danza clásica junto a su suegra, o en el personaje de Miss Patty (Liz Torres) en Gilmore Girls quien no solo dirige el estudio de ballet del pueblo sino que también es parte vital de la trama, por su carácter chismoso y exuberante.
Ser una chica del universo Palladino

Salvando absolutamente todas las distancias, los personajes femeninos de Sherman Palladino son determinantes en sus creaciones, a la altura de lo que las mujeres estrafalarias y seguras de sí mismas representan en el universo de Pedro Almodóvar. Lo hacen en el centro de atención, ocupando un lugar determinante. Todas, en menor o mayor medida, responden a una fórmula probada y exitosa que Sherman Palladino utiliza como marca distintiva. Sus mujeres son inteligentes, intrépidas, independientes, rebeldes, creativas, fuertes, vulnerables y capaces de establecer vínculos duraderos y legítimos con otras mujeres.
La marca de todo es la dupla de Rory y Lorelai Gilmore, herederas de las virtudes y defectos de la gran Emily. El carácter y la intransigencia de las mujeres de la familia es determinante para el modo en que eligen vivir la vida y construir el futuro. Saben lo que quieren y eso es lo que las impulsa a cometer todos los errores que, indefectiblemente, las llevarán al éxito, más tarde que temprano. El modo en que se vinculan con su entorno se da siempre desde la inteligencia y una habilidad extrema en el uso del lenguaje, lo que las vuelve tan irritantes como encantadoras. Algo similar ocurre con Cheyenne, bailarina estrella de la compañía francesa, quien combina la fuerza de su temperamento con la genialidad de su arte, en una lucha constante por mantenerse fuerte tanto en el universo de la danza como en el del proteccionismo del medio ambiente. Segura y capaz, transita la vida con una fuerza arrolladora tan indiscutible que, incluso en sus momentos de mayor rabia, la luz de su rebeldía se combina con su inteligencia logrando que el espectador empatice (siempre) con ella.
Las chicas creadas por Palladino, las que ocupan lugares centrales y las que crecen en espacios secundarios, se parecen a chicas reales pero con la diferencia de que todo en ellas está llevado a un nivel de exageración que, como los espacios y las historias, las vuelve únicas. Es en esa excentricidad, en el desparpajo con el que viven la vida, donde el espectador encuentra un espejo en el que reflejarse, una versión de lo que le gustaría ser y la calidez de encontrar lugares seguros donde refugiarse.
En 8 episodios Sherman-Palladino abre la puerta a un pasado que nos impacta de lleno en el amor y la nostalgia, ofreciéndonos incluso la presencia de actores conocidos en otras de sus producciones. El escenario, los personajes y los temas son otros pero si detrás de todo el palabrerío escuchamos con atención, la banda sonora sigue siendo “Where you lead, I will follow, Anywhere that you tell me to…”. Es por eso que haga lo que haga, vamos a estar ahí para meternos de lleno en cada una de sus historias.



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