Oh Capitán! Mi Capitán! : El paso a la inmortalidad en el cine.  

Oh capitán, mi capitán!.

Esta frase pertenece a un famoso poema escrito por Walt Whitman en 1865, en honor al presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln. Pero por fortuna también forma parte de una de las frases más icónicas del cine, recordada por generaciones. El cine, muchas veces, nos regala escenas monumentales que trascienden las pantallas, logran tocar las fibras del alma y se anidan para siempre en nuestro ser. Son momentos capaces de grabarse en la memoria de distintas generaciones por su carga emocional y simbólica. Son además, tan simples que no necesitan grandes efectos especiales; basta con un gesto, una mirada de un personaje o unas palabras pronunciadas en el instante justo para provocar un remezón en el corazón y la mente de quienes estamos observándola .

Uno de esos momentos que quedaron inmortalizados en la historia del cine, y que —a criterio de quien escribe— se encuentra en el olimpo de los más memorables, es la escena final de “La Sociedad De Los Poetas Muertos” (1989), película cuyo guion fue escrito magistralmente por Tom Schulman, inspirado en su propia experiencia de vida con el profesor Samuel Pickering en la Academia Montgomery Bell de Nashville Tennessee.

Esta escena a que hago mención y honor, no es solo un homenaje emocional: es una alusión clara al poema de Whitman. Habla de un guía, un líder que se entrega por completo desafiando al sistema, y que, aun cuando ha caído, recibe el honor y el reconocimiento de aquellos a quienes marcó el camino. El profesor John Keating (interpretado por Robin Williams) es este capitán que logró llevar a sus alumnos al puerto seguro del despertar de sus conciencias. Los enseñó a pensar por sí mismos, a cuestionar las reglas, a escuchar su voz interior; sobre todo, a vivir con libertad, a encontrar y perseguir sus pasiones por encima de lo que está preestablecido o impuesto por la sociedad. Les enseñó a vivir a tiempo, para no descubrir -cuando ya sea tarde- que nunca habían vivido. Keating, como el capitán de Whitman, no teme caer en el camino. Se va, sí, pero con la certeza que logró el objetivo: salvar a su tripulación de la guerra de la vida, del autoritarismo, de una existencia sin propósito, ayudándolos a superar las tempestades del mar representadas por los prejuicios y castigos de la estricta Academia Welton. El gesto de sus alumnos, esa reverencia final al ponerse de pie sobre sus pupitres mientras le dicen “¡Oh capitán! ¡Mi capitán!”, es el verdadero triunfo del maestro. Allí, el cine, la literatura, la historia y la vida misma convergen para honrar el legado del líder que, pareciendo derrotado por el sistema convencional, ha vencido inmortalizándose en la memoria y el corazón de sus pupilos.

En este film, y sobre todo en esta última escena, hay una riqueza literaria fascinante en los paralelismos que Tom Schulman plasma en su guion. En el poema, Whitman habla de Lincoln, quien dirigió a su nación a través de la Guerra Civil, logrando la victoria pero pagando con su vida. En la película, Keating es el capitán que paga el precio siendo expulsado de la Academia Welton antes de ver por completo el impacto de su obra. En el poema, el barco llega al puerto sobre el sacrificio del capitán. En La Sociedad De Los Poetas Muertos, aunque Keating no muere físicamente, su carrera en la academia muere cuando es obligado a marcharse. Sin embargo, sus alumnos han despertado y ya no son los mismos de antes. Él los ha hecho llegar simbólicamente al puerto. Así como en el poema, la tripulación es recibida con vítores y alegría con su capitán muerto; en esta última escena de la película, -en alusión a la muerte moral- Keating recoge sus cosas y sale humillado, pero dicho sabor a derrota cambia radicalmente cuando, como en un último suspiro, ¡el alumno más callado! Todd Anderson (Ethan Hawke) se pone de pie, sube sobre su pupitre y lo llama: “¡Oh capitán! ¡Mi capitán!”, y uno a uno la mayoría de sus compañeros del aula lo siguen, repitiendo una y otra vez tal frase y posándose todos sobre los pupitres como ese ejército de jóvenes que han ganado la batalla contra la resignación. Ese momento de reconocimiento es majestuoso: ellos saben quién los ha guiado y le rinden homenaje de pie y que mejor forma de hacerlo que sobre sus pupitres en franca rebeldía antes las decisiones injustas de la autoridad.

Además, esta escena es grandiosa por su uso impecable y poético de los elementos cinematográficos. Cuando Keating entra al aula lo envuelve un silencio incómodo, un silencio cargado a derrota, bajo la mirada inquisidora del director de la institución, quien representa la autoridad mal ejercida, el verdugo de los sueños juveniles. Como espectadores, sentimos que estamos dentro de ese salón de clase. La intención del director de la obra de poner en plano bajo la cámara, que nos muestra la visual de John Keating observando a sus alumnos erigirse sobre sus pupitres, tiene un significado poderoso: los ve al fin parados - no sobre dichos pupitres-, sino sobre sus propios pies, dueños de su destino, ¡han ganado la batalla de las ideas!. Finalmente, esas últimas miradas entre el “capitán” y Todd, quien ha vencido su inseguridad, y verle ahora liderando este acto de rebeldía, no necesitan palabras: allí hay orgullo, respeto y un silencioso “ganaste, maestro. Gracias por cambiarme la vida”. Y no podemos dejar pasar a los alumnos que permanecen sentados en un segundo plano, cabizbajos, dando la espalda: representan a quienes aún no logran romper el miedo, atrapados por la presión social, a las expectativas ajenas, al miedo de descubrirse y el temor a las consecuencias. Esta división en el aula hace que el gesto de los que sí se levantan sea aún más significativo: no es un acto automático, es una elección valiente, rebelde, solo para quienes se descubrieron a sí mismos y eligieron hacia donde van.

Por último, es deber resaltar que tal escena es una obra de arte completa: desde el guion, la iluminación, las actuaciones, la escenografía, hasta la música y el silencio que luego la acompaña. Luego de verla, todos hemos sentido algo profundo en nuestro interior: inspiración, melancolía, motivación, valentía, satisfacción y justicia. Nos recuerda que, incluso en la vida hay grandes victorias que se esconden en la derrota; que sin importar nuestras circunstancias, si actuamos conforme a nuestras convicciones y principios podemos influir en otros y cambiarles la vida, y al cambiar positivamente la vida de alguien, ¿ya no estamos cambiando al mundo?. Nos lleva también a pensar tal vez en silencio en nuestros propios “Keating”; esas personas que a través de sus enseñanzas y sin importar las consecuencias nos expandieron la mente, nos marcaron el corazón y nos alimentaron el alma alumbrándonos el camino de la vida y nos llevaron a perseguir nuestras pasiones. Y así, finalmente, aprender a vivir.

Carpe diem.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 38
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.