Es inevitable no escribir sobre El Eternauta. A donde uno va, en la ciudad de Buenos Aires, ve algo relacionado con la serie dirigida por Bruno Stagnaro. Desde acciones concretas de Netflix —como la camioneta que llega a la estación de bomberos sobre la calle Maipú, en el barrio de Vicente López— hasta el encuentro entre fanáticos en la glorieta de Belgrano, con un dejo de fiesta pagana cuasi rave. Todo, hoy en día, pasa por la serie: Twitter, diarios, conversaciones banales, noticias, todo. El Eternauta en loop: todos tienen algo para decir, todos tienen la frase lista de “yo no leí la historieta, pero…” o “yo leí la historieta, y…”. Y así.

Confieso que estoy tomado por el tema también. No estoy exento a sus radiaciones. Vi dos veces la serie en pocos días. Antes de verme con un amigo o una amiga, le pregunto si vio la serie para tener temas de conversación al respecto. Y mis apreciaciones fueron modulando con el tiempo. Mientras la miraba, me aferraba con ceguera a las cosas que no me gustaban: la edad de Darín, la edad de Favalli, el personaje de Staltari, los cambios temporales. Conforme avanzaba con los capítulos, todo me parecía maravilloso: la edad de Darín, la edad de Favalli, el personaje de Staltari, los cambios temporales. Pertenezco a la secta de los lectores de Oesterheld que se formaron, en su infancia, leyendo sus historias. No soy de los que lo leyeron de primera mano —es decir, cuando salió por Hora Cero— sino parte de la larga y profusa legión que entró en la historia gracias a esa versión encuadernada de la mítica y misteriosa editorial Record, que tantas regalías supo obtener del autor sin dar un peso a la familia.

Leí El Eternauta a los 13 años y me dio miedo. Pocas cosas me dieron tanto miedo: Cementerio de animales es una, la película It, El resplandor. Y, por supuesto, El Eternauta. Daba miedo el miedo que tenían los personajes; el tiempo que los autores le dedicaban a las decisiones que tomaban entre una acción y otra. La aparición, siempre espeluznante, de algún bicho que lentamente se podía dar vuelta. Yo nací y viví en el conurbano, así que los dibujos de la ciudad de Solano López me resultaban fascinantes: la ciudad de Buenos Aires era, para mí, una ciudad del mundo, lejana y compleja, llena de recovecos y detalles.

Nunca pensé que vería la historieta en pantalla. Me hubiera gustado verla en pantalla grande, pero los espectadores somos así: insatisfechos. Le pedimos demasiado a la cultura, al arte. Le pedimos lo que no tenemos en nuestras vidas, incluso cuando el arte, las películas y las series no tienen plata, o el Instituto de Cine está desfinanciado, o los artistas invierten su vida, su tiempo y sus recursos… igual les pedimos cosas. Siempre recuerdo la muerte de Fabián Bielinsky, solo, en un hotel de Río de Janeiro, mientras trabajaba en una publicidad y pensaba en una nueva película. Pensaba en Bielinsky cuando me llegó el rumor de que, durante el estreno de El Eternauta, le aprobaron a Stagnaro la segunda temporada de la serie y, en lugar de ponerse contento, se quería matar: es demasiado el precio que pagan, y demasiado alto el precio que les hacemos pagar.

Creo que los cambios en El Eternauta que propone esta nueva versión son todos correctos, incluso los que no me gustan o con los que no estoy de acuerdo. Es correcto el mood The Irishman que la serie tiene con personajes tan viejos; es correcto que Stagnaro haya querido laburar con amigos, como Staltari o Jorge Sesán; es correcto que la nevada no mate tanto, para que puedan usar trajes más tumberos, estilo post 2001. El Eternauta no es una historia del futuro: siempre fue una historia del presente. Y siempre, en todas sus versiones, fue una historia que interpretó, en clave de ciencia ficción, lo que pasaba en el presente y lo que les pasaba a sus autores.
Así, la primera versión de 1957 rezuma humanismo en un país que trataba de entenderse luego del '55. Luego, cuando se la agrupó en un libro, fue leída en clave metafórica en relación con la dictadura de Onganía. Después, el propio Oesterheld la reinventó desde cero cuando llamó a Alberto Breccia e hicieron una versión completamente nueva para la revista Gente. Más tarde, otra vez en dupla con Solano López, el guionista reinventó nuevamente su historia, desde cero, para narrarla en clave militante. Incluso esa tercera parte, más cyberpunk y space oddity, publicada en Fierro y guionada por Alberto Ongaro, también se encarga —si bien fallida— de reinventarla desde cero.

Está en la naturaleza de la misma historia creada por Oesterheld la de reinventarse desde cero. El Eternauta, en su viaje circular, nos recuerda una vieja frase de James Joyce: “La historia es una pesadilla de la que tengo que despertar”. Cada nueva entrega propone la historia, no la continúa: la setea. Porque nuestra historia, la historia de Argentina, parece hacer eso: parece un déjà vu, siempre regresando al pasado, siempre volviendo a formas viejas de política económica, siempre volviendo a formas viejas de clausurar el pasado. La militancia de la palabra de Oesterheld es una munición que se lanza hacia el pasado con proyección al futuro: contra el revisionismo de derecha, contra el negacionismo y contra los que solo quieren ver las cosas que les gustan para no sentirse fuera del tiempo.



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