Habrá sangre, tres lecturas filosóficas de Petróleo Sangriento Spoilers

Tres lecturas filosóficas: Weil, Sloterdijk y Cioran

Una fuerza que convierte en cosa, desarraigarse de la gracia

En Petróleo Sangriento (There Will Be Blood, 2007), Paul Thomas Anderson traza el ascenso de Daniel Plainview desde que es un minero solitario hasta que termina por convertirse en un gran magnate petrolero. La película, no obstante, no es simplemente una historia de ambición o codicia cualquiera, sino que se trata del relato de una voluntad que, al desplegarse, destruye todo lo que toca. Vista desde el pensamiento de Simone Weil, filósofa, mística y activista francesa, podemos pensar la cinta como la tragedia de la fuerza triunfante, una parábola sin redención en la que el alma humana es suprimida bajo el peso de la conquista.

En su ensayo La Ilíada o el poema de la fuerza, Simone Weil define la fuerza como "aquello que convierte a quien la sufre -y a menudo también a quien la ejerce- en una cosa". No hay aquí una mirada moralista sobre la violencia como podría parecernos, tan solo es una percepción metafísica: la fuerza no es sólo un medio, sino una potencia que deshumaniza.

Daniel Plainview ejerce esa fuerza desde el comienzo: frente a la tierra, que es violentada y perforada; frente a sus trabajadores, que son medios los cuales puede descartar; frente a su propio hijo, que se convierte en herramienta de promoción emocional para obtener tierras. Esa fuerza, sin embargo, lejos de elevarlo, lo vacía. Como dice Weil, incluso quien la ejerce es reducido; ya no es sujeto de vida, sino agente de destrucción.

Weil también habla del desarraigo (déracinement) como el mayor mal de su tiempo; la pérdida de conexión con el lugar, la tradición, el otro y el sentido. En Petróleo Sangriento, todos los vínculos son rotos progresivamente por Daniel. El personaje va desarraigándose conforme avanza la historia, y solo parece estar atado con su propia ambición desmedida. No hay comunidad que lo contenga, ni la familia, ni la religión, ni la amistad. Él mismo se convierte en una figura desarraigada, flotando entre espacios sin pertenencia: del desierto a la ciudad, de la minería al petróleo, de la compañía al aislamiento.

Ese desarraigo no es accidente, es producto de su proyecto, que la película convierte en un símbolo por demás elocuente. En la industria en la que el personaje se posiciona, la tierra no se cuida, se drena. Daniel tampoco respeta la fe que aparece frente a él, puesto que se trata de un obstáculo para conseguir sus objetivos; entonces decide humillarla. La familia no le resulta algo lo cuál honrar, y por lo tanto la instrumentaliza en la medida en la que le conviene o finalmente la abandona.

Así, esta lógica lógica extractiva es también una lógica espiritual: arranca todo de su sitio hasta dejarlo inerte.

Para Weil, la gracia es la única fuerza contraria a la violencia: una forma de atención, de apertura al otro, que no busca poseer. En Petróleo Sangriento, sin embargo, la gracia está ausente desde el primer plano. Nadie escucha al otro, nadie ama, nadie cuida de nadie. La fe y lo espiritual son otra forma de hacer negocios, sin ninguna relación con nada trascendente.

El hijo adoptado, H.W., podría haber sido un lugar de gracia; un vínculo humano más allá del interés. Pero incluso esa relación es quebrada cuando el niño ya no es redituable para los negocios tras perder la audición. El vínculo religioso, encarnado en Eli Sunday, también fracasa; no solo por la falsedad del profeta, sino porque en ese mundo la religión ya no es vehículo de lo sagrado, sino espectáculo, rivalidad y poder.

La sordera también se constituye como un elemento que exterioriza lo que pasa hacia dentro de cada uno de los protagonistas de esta historia, marcada por la pérdida del diálogo y el imperio de la violencia, la crueldad, la indiferencia y la cosificación.

Weil sostenía que la atención verdadera era una forma de oración silenciosa, una suerte de espera sin apropiación. Nada de eso está presente en la vida de Plainview, quien solo se relaciona con todo lo que lo rodea desde la lógica del dominio.

El final de la película, con Daniel borracho, solo y encerrado en una mansión vacía, no es una clase de victoria sobre nada. Es una imagen casi bíblica de caída. La fuerza ha alcanzado su punto máximo: no hay más enemigos, no hay más tierras por conquistar. Lo único que queda es el sinsentido y el vacío profundo de haber construido un imperio, a fuerza de extraerlo todo hasta la sequedad.

Weil decía que el alma humana necesita límites: el deseo absoluto de poder no es humano, es demoníaco. Por eso, cuando todo se obtiene, ya no queda nadie que lo pueda recibir.

Daniel ha ganado, pero al precio de haberse convertido en una cosa. Un cuerpo lleno de odio, vacío de todo amor, incapaz de redención. Es la figura exacta a la que Weil le temía, el alma destruida por la fuerza, un hombre que ya no puede recibir gracia de ninguna especie porque ha matado todo espacio interior donde esta pudiera alojarse.

Simone Weil sostuvo que el mundo está atravesado por la fuerza, por el sufrimiento, y por la injusticia. Pero creía también en la posibilidad de una rendición interior, de una apertura al bien que no exige victoria. Petróleo Sangriento es, desde su mirada, una tragedia pura: un mundo sin esa rendición, donde la única verdad es la fuerza, y donde lo humano se pierde en su propio afán de conquista.

Plainview no muere en el final que contemplamos, pero está completamente derrotado pese a haber conseguido cuanto quiso. Y no por Eli, ni por Dios, ni por el Estado. Lo vemos derrotado por la lógica que él mismo se propuso encarnar. Y esa es, tal vez, la forma más devastadora de la caída.

Cinismo, esferas y verticalidad

Desde la mirada de Peter Sloterdijk, podemos también pensar la historia que nos convoca como un relato del nacimiento de una forma de la subjetividad moderna: el sujeto inmunológico, aislado, cínico, autogenerado, que busca en la acumulación material un refugio contra toda afectividad y todo lazo humano. Daniel Plainview, su protagonista, encarna con precisión esta mutación del alma moderna que Sloterdijk describe en su vasta obra filosófica.

Peter Sloterdijk, nacido en 1947, es un filósofo y ensayista alemán contemporáneo, conocido por su estilo provocador, una erudición multidisciplinaria y la mirada crítica a muchas ideas centrales de la filosofía occidental moderna. En Crítica de la razón cínica, Sloterdijk distingue entre dos formas de cinismo; por un lado, cínico como el sujeto moderno, desencantado, funcional; el autor propone sin embargo el uso de kínico como el cínico verdaderamente rebelde, corporal, subversivo, al entendimiento antiguo del cinismo.

El cínico moderno sabe que todo es falso, pero actúa como si creyera. Plainview es un ejemplo perfecto de ese cinismo: finge valores que desprecia, manipula afectos que no siente, predica una moral del esfuerzo y la familia mientras se guía por el odio y el deseo de dominio.

Al modo de Daniel, el cínico -según esta mirada- es el sujeto predominante en el mundo contemporáneo. Se caracteriza por un desencanto total, que sabe que las ideologías y discursos están corrompidos, que las estructuras de poder son injustas y que los ideales ya no son creíbles. A pesar de este conocimiento, sigue actuando como si no lo supiera. No se rebela ni abandona el sistema; en lugar de esto se adapta, se protege, se vuelve irónico y descreído. Es una forma de razón cínica, ilustrada y desencantada, pero sin voluntad de transformación.

Sloterdijk recupera esta figura de la filosofía cínica griega, especialmente de Diógenes de Sinope, como una alternativa provocadora y corporalmente comprometida. El kínico se burla del poder desde una desobediencia activa, y no desde el pensamiento desencantado; pone el cuerpo, el gesto, la acción escandalosa al servicio de su protesta pérformática y permanente, desafiando las normas más elementales. No se limita a saber, sino que actúa en consecuencia; no teme el ridículo. Ofrece entonces una crítica radical al sistema desde la vida misma, una lucha encarnada hasta el extremo.

Lo interesante de la historia es que su antagonista, Eli Sunday, no es un kinesista que lo confronta desde la carne, sino su reverso simétrico: otro cínico que usa el discurso religioso como herramienta de poder. Ambos forman una pareja trágica de cinismos cruzados: el industrial y el clerical, el capital y la fe, ambos vaciados, ambos farsantes, ambos conscientes de su juego. No hay en ellos ninguna ingenuidad, sólo estrategia.

En Esferas, Sloterdijk describe la historia humana como la historia de la creación de espacios de inmunidad. Desde el útero materno hasta la nación moderna, los humanos construyen “burbujas” para protegerse del mundo exterior: refugios simbólicos, afectivos, políticos.

Esferas se trata de una trilogía (Burbujas, Globos y Espumas), que desarrolla una historia filosófica del espacio humano. Propone una visión alternativa al sujeto cartesiano, basada en sistemas inmunológicos simbólicos, arquitecturas, vínculos y hábitats.

La gran burbuja de Daniel Plainview es su empresa y, finalmente, su mansión. Todo su movimiento es ascendente y centrípeto: cavar, extraer, acumular, blindarse.

Cada pozo es un ataque al suelo común; y cada galón de petróleo es un paso más hacia el aislamiento. Podemos pensar desde aquí que Plainview en verdad no quiere riqueza por deseo de placer, sino por necesidad de autoencierro. No busca el mundo, muy al contrario de eso, quiere la inmunidad total. Su mansión final, vacía, inmensa, sin otro cuerpo que el suyo, es la esfera última de su proyecto inmunológico. Allí no penetra el hijo, ni el predicador, ni ningún otro, solo el eco -como prolongación- de su violencia.

Sloterdijk ha analizado en El mundo interior del capital cómo el capitalismo implica un cambio topológico: de la horizontalidad comunitaria a la verticalidad competitiva. En este esquema, la riqueza no circula, se acumula; y el éxito no se comparte, se exhibe desde arriba. Plainview cava hacia abajo para luego subir, es decir que extrae de la tierra el combustible de su elevación social, económica y espacial. Su progresión es vertical, nunca lineal, y consiste en subir aunque el precio sea dejar abajo a todos los demás.

Esta lógica vertical lo separa no solo de sus enemigos, sino también de sus semejantes, como dijimos. Subir es una forma de morir a lo común. El otro ya no es colaborador, vecino o hermano, cualquier otro representa un obstáculo. Por eso Plainview no tiene adversarios políticos, tiene enemigos ontológicos, que rivalizan con él incluso desde la naturaleza de su acto de existir.

Sloterdijk sugiere que el hombre moderno no nace, sino que se fabrica a sí mismo a través de prácticas disciplinarias, técnicas y simbólicas: lo llama antropotécnica. Plainview es un sujeto completamente autoformado, su discurso sobre el trabajo, la dureza, la desconfianza en los demás, todo forma parte de una estricta construcción de sí. El personaje no hereda una ninguna identidad, se la impone a sí mismo. No acepta límites, sino que los perfora. Su cuerpo entero está al servicio de una técnica que prescinde de afecto, de descanso y de sentido.

Su forma final es la del sujeto completamente técnico, sin otra moral que la productividad, sin otra emoción que la ira, y sin otro deseo que el dominio.

Al final, solo queda el eco. "He terminado", dice Plainview. Y esto es cierto: ha terminado con todos los vínculos, con todo horizonte común, con toda posibilidad de reciprocidad. En términos sloterdijkianos, ha logrado construir su propia microesfera total, la esfera de la soledad perfecta. Esa esfera, sin embargo, no da calor, no sostiene vida, ni acompaña. Es una tumba sellada donde solo resuena la violencia.

Leído con Sloterdijk, Petróleo Sangriento es el relato de cómo un sujeto moderno cava su propio encierro en nombre de la libertad, el éxito y la inmunidad. En vez de comunidad, construye clausura. En vez de cuerpo compartido, impone violencia.

Plainview es el héroe trágico de un mundo que ha hecho de la autoformación una autodestrucción. Su triunfo no es la cima, sino el cierre hermético de una esfera donde ya no entra el aire, ni la palabra, ni la gracia.

La lucidez como forma de condena

Un acercamiento desde Emil Cioran. Quizás esta historia de pozos, petróleo y poder, funcione como una gran metáfora en la que aquello que se extrae sin restricciones frente a nuestras narices y hasta la sequedad, es en realidad el sentido. Daniel Plainview, su protagonista, no es un hombre en busca de grandeza, sino casi un animal cuya presa final es el aislamiento, un condenado que cava en la tierra como quien cava su propia tumba.

En Cioran, la existencia es caída. No hay redención posible, ni consuelo religioso, ni sentido último. La vida es un accidente, y el pensamiento, una enfermedad. En esa clave, Plainview ya no es un héroe trágico sino un síntoma del mundo: una criatura que ha llevado el absurdo hasta su expresión más violenta y sistemática.

Cioran no admira la inteligencia cuando esta está al servicio del poder, sino solo cuando se convierte en conciencia de la inutilidad. En Plainview vemos lo contrario: una mente afilada como una navaja, pero ciega al sinsentido que la habita. Es lúcido, sí, pero de una lucidez sin piedad, sin temblor, sin vértigo.

No hay en él una duda, una grieta, una pregunta por el porqué. Todo está subordinado a la voluntad.

Sin embargo, su misantropía lo delata, Daniel no odia a los demás por cálculo económico, sino porque le recuerdan algo insoportable: su propia condición de humano. Su desprecio por los otros no es político ni moral, sino metafísico. Quiere extraer el mundo, como si también quisiera extirparse a sí mismo. Busca anular toda forma de comunidad, todo lazo. Como Cioran, parece decir:Cuanto menos semejantes tenga, más tolerable será mi existencia.”

Cioran escribió también "Todo hombre feliz es un traidor al dolor de ser.” Muy en consonancia con esto, Plainview es alguien incapaz de felicidad, incluso cuando lo ha obtenido todo. Su riqueza no lo redime, lo condena. Su poder no lo alivia, lo destruye. Y su soledad final -millonario, borracho, delirante, hundido en el sinsentido- es la coronación perfecta de su empresa, haber convertido la vida en un fracaso.

El de Daniel, sin embargo, no es siquiera un fracaso dramático, lleno de épica o lamento. Resulta un fracaso seco, absoluto, sin poesía. El fracaso como forma pura, como destino. Plainview, casi literalmente, cava su propio foso.

Cioran despreciaba la religión cuando se convertía en consuelo o narcótico. Prefería la mística desnuda, el temblor ante lo inefable, y no el teatro de la fe. Eli Sunday, el joven predicador de la película, es justamente lo que Cioran aborrecía, un farsante del espíritu, un negociante del alma. Su enfrentamiento con Plainview no es la lucha entre lo sagrado y lo profano, sino entre dos versiones del mismo vacío: el poder del dinero contra el poder de la ilusión.

Uno de ellos romantiza lo que ambos buscan, mientras que el otro lo acepta sin eufemismos ni rodeos.

Cuando Daniel lo obliga a arrastrarse, y confesar su falsedad, no necesariamente debemos verlo en términos de una venganza personal, es una demolición del último refugio de sentido. Un gesto cioraniano en estado puro. Como si dijera: No hay Dios. No hay redención. Y si la hay, me encargaré de destruirla.

Cioran creía que el mayor tormento es estar con los otros, aunque el más insoportable es estar sin ellos. Plainview ha elegido lo segundo. Su hijo adoptivo, H.W., es el único que pudo haber sido vínculo, afecto, grieta. Pero incluso destruye también eso. Lo rechaza, lo traiciona, lo abandona porque sabe -aunque no lo diga- que amar es peligroso. Sabe que todo afecto es una debilidad, y que la única manera de ser invulnerable es estar solo, incluso si eso lo aniquila.

En ese sentido, Plainview no es propiamente fuerte, pero es inhabitable. Y no porque sea monstruoso, sino porque ha hecho de sí mismo un agujero negro. Ha quemado todo en su interior para no depender de nadie. En palabras del propio Cioran, “Quien ha renunciado a todo vínculo ha renunciado también a sí mismo.”

Petróleo Sangriento, visto con los ojos de Cioran, no es una crítica al capitalismo, ni a la religión, ni siquiera a la violencia. Es una elegía por el alma humana, un recordatorio sobre lo que queda cuando la voluntad devora todo lo demás. Plainview no es para nada un villano o un mártir, es un nihilista perfecto en sentido puro. Ha triunfado en el mundo, pero ha fracasado en ser.

Cioran dixit “La lucidez es la herida más cercana al sol.” Daniel Plainview brilla, pero no calienta. Brilla como el petróleo: oscuro, inflamable, tóxico. Y en su final, no vemos el fracaso de un hombre, vemos al vacío que triunfó.

Filosofía puchito viejo. Corta.


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