¿Dónde termina el reclamo legítimo, el clamor que nace en la indignación, el “recordar para no repetir” y empieza la revictimización? ¿Cuándo un discurso se convierte en panfleto? ¿Qué tanto bien le hacen los panfletos a las posturas políticas? ¿Qué tanta pose tienen las posturas? Si nos hacemos esas preguntas al acercarnos a un cine negro, tal vez nos encontremos con muchas más preguntas y muy pocas respuestas, pues es un cine nuevo. Y es nuevo en la historia general del cine. Habían pasado más de sesenta años desde el lanzamiento del cinematógrafo y aún no existía la primera película africana; o sea, una película escrita, dirigida, protagonizada… realizada por personas africanas. Cine en África, sin embargo, existió desde la época de los Lumière. La razón: la mayor parte del continente africano estuvo colonizado por Gran Bretaña y Francia hasta hace relativamente poco y todas las películas hechas en África (incluida la obra de los Lumière) fueron de realizadores provenientes de esas zonas. Posteriormente, los primeros realizadores africanos fueron estudiantes de cine en Berlín, Moscú, París y, lógicamente, Estados Unidos. Si uno ve la obra de un director Yousef Chahine (egipcio), puntualmente una película como Alejandría… ¿por qué? es evidente esa influencia estadounidense.

En Estados Unidos, el primer director negro del que tengo rastro es Sidney Poitier que comenzó en 1972. Y el primer director negro en hacer películas sobre negros fue Spike Lee que comenzó a finales de la década de los 80s y alcanzó el máximo reconocimiento en 1989 con Haz lo correcto. Antes, durante y después, las historias de negros también las contaron blancos, como Historias cruzadas, dirigida por Tate Taylor y protagonizada por Emma Stone, Talentos ocultos, dirigida por Theodore Melfi, o recientemente Sing sing, dirigida por Greg Kwedar. Sin embargo, es Spike Lee por quien comencé a hacerme las preguntas del comienzo, específicamente por toda la secuencia inicial de Malcolm X: el discurso grandilocuente de Malcolm sobre las desgracias generadas por el hombre blanco, la música seudopatriótica y el material de archivo de un negro siendo golpeado para fundir a la bandera de Estados Unidos quemándose hasta dejar una X; luego, en la primera escena después de eso, un travelling que parte desde una estación de tren, va a sus profundidades hasta dar con un niño negro lustrando unos zapatos. Y es evidente que lo que más le interesa a Spike Lee (tanto en Malcolm, como en Haz lo correcto) es la segregación y en la tanta diferencia que separa a un hombre blanco de un hombre negro. Tal brecha es tan innegable como la afirmación misma de que ha sido el hombre blanco (con todas las connotaciones que se desprenden del adjetivo) el que ha generado todas las debacles a lo largo de la historia de la humanidad. Sin embargo, ¿resaltar tan insistentemente la diferencia no la acrecienta? Pero, en contraparte, ¿no es importante señalar la diferencia para ser conscientes de ella?
Dos películas del año pasado y antepasado me hacen pensar que hay nuevos realizadores negros que están reescribiendo la historia negra de Estados Unidos, mirándola desde una perspectiva que mantiene el balance perfecto entre la consciencia racial sin caer en un panfleto. La diferencia, no obstante, es estética, no tanto argumental.
A lo largo de la última década, hemos visto toda una ola de directores negros que evidentemente han sido influenciados por Spike Lee, lo que significa que también han sido influenciados por el discurso de políticos como el mismo Malcolm X y, por supuesto, Martin Luther King; pero lejos de quedarse en la influencia, han dado con material nuevo. De esos directores están Ava DuVernay con Selma (película sobre las manifestaciones encabezadas por Martin Luther King en esa ciudad por el derecho al voto para las personas negras) y Steve McQueen, que no es estadounidense ni su obra, en términos generales, ha tenido la vertiente racial como epicentro, pero sí hizo una película (la más conocida) que es estadounidense y tuvo la vertiente racial como epicentro: 12 años de esclavitud. Estas dos películas están fuertemente marcadas por una sensibilidad que deviene en representaciones de una violencia inhumana como la escena en la que golpean a los manifestantes de Selma o en la que flagelan a Lupita Nyong'o en 12 años. Por esa línea siguió Jordan Peele haciendo de la discriminación un relato de horror en ¡Huye! que es un claro eufemismo de las personas negras a las que les impusieron un pensamiento blanco. Y luego vino Moonlight, de Barry Jenkins y (las dos películas que nos atañen en este momento) Todos los caminos de tierra saben a sal, de Raven Jackson (producida por Jenkins) y Los chicos de la Nickel, de RaMell Ross. Además de estos directores, también han surgido actores y actrices negras que nos han descrestado como Denzel Washington, Colman Domingo, Octavia Spencer o Viola Davis.

Este “nuevo mundo” no es indiferente a la segregación, ni pretende hacerse de la vista gorda con ella. Es un mundo en el que las políticas operan sigilosamente alterando la atmósfera. Sin embargo, quién sabe… tal vez estas personas, en medio de tantos maltratos, hubo alguna vez en la que rieron, amaron, bailaron, comieron bien. Eso es lo que ahora importa. La esclavitud es una sombra presente a lo largo de todos los relatos que nos conciernen, pero ahora les interesan las madres, los amigos, los niños. Y eso es lo que le interesa, especialmente, a Raven Jackson en su primer largometraje: Todos los caminos de tierra saben a sal. Esta es una película desestructurada (en el sentido argumental de la palabra) que aprovecha los paisajes para pintar sobre ellos la historia de una mujer negra (desde su infancia hasta su adultez) que tiene madre, llora por su muerte, sale a montar bicicleta con sus amigos, habla con su amiga sobre el primer beso, da el primer beso, se enamora.
Antes, la estética (especialmente la iluminación) estaba planificada para personas blancas en escena. Las personas negras eran simples forasteras que se entrometían en una puesta en escena pensada no para ellas. Ahora el contraste realza con brío esas pieles oscuras, adornadas con bellos vestidos coloridos y desplazándose a lo largo de contextos bucólicos en los que ellos también reciben luz de sol y escuchan el ruido de los pajarillos y las cigarras. La primera vez que vi Todos los caminos fue justamente eso lo que me conmovió: Jackson filma las pieles de sus personajes con tal contraste que realza su negrura. La propuesta estética de este relato está pensada a partir de las pieles de sus personajes: de cuánto combinan con sus vestidos pintorescos, de cómo se funden en la oscuridad de la noche, de cuánto le luce a la madre ese bello labial rojo, de lo bellas que se ven las arrugas de la abuela.

Y, lo dicho anteriormente, Raven Jackson no es indiferente a la segregación, pues se da por hecho una vez en todo el relato no aparece una sola persona blanca. Las personas negras han sido rezagadas a sus propias poblaciones y allí las embellecieron. En ese sentido, puede ser más explícito un relato como Los chicos de la Nickel. Allí se parte de esas mismas poblaciones de Todos los caminos, pero van a dar a un reformatorio donde los superiores son blancos y a los reclusos negros los mantienen alejados de los reclusos blancos. Eso es fundamental y habla sobremanera de la ideología del relato, pues le da la razón a Malcolm al afirmar que los males son producidos por personas blancas. Nótese ese bello plano en el que Elwood, el protagonista, mira a la cámara cubierto de pintura blanca. Y mientras los blancos enterraban a los humanos en la Tierra, soñaban con conquistar la Luna.
Así como en Todos los caminos, Los chicos de la Nickel también hace una exploración formal que no puede ser más arriesgada y satisfactoria. El director decidió hacer todo su relato en una narración a cámara subjetiva, lo que da cierta ilusión de estar jugando un videojuego. Sí, incluso la segunda trama (que se ubica cronológicamente varios años después del paso por el reformatorio) también está narrada a cámara subjetiva: es la perspectiva del pasado que asecha al personaje principal. Y en medio de esa propuesta fotográfica, es que Ross encuentra los más bellos momentos en primera persona: las mujeres negras conversando, reflejadas en el vidrio de una vitrina llena de televisores, por ejemplo. Y esa propuesta, sumada a un montaje evocador, dan con una puesta en escena que está pensada para realzar no solo las sensaciones del protagonista, sino la belleza de sus mundos.

Con la segregación como un trasfondo sobre el que están parados, así como a Jackson lo que más le interesa en su relato son las pieles de sus personajes, a Ross en el suyo lo que más le interesa el bello rostro de la abuela Yaya, la crema de sus postres y, por supuesto, la amistad. La mirada de Turner a Elwood y viceversa es una cándida, tierna, como se mira a alguien que se ama. Los chicos de la Nickel queda en la memoria como un vago recuerdo familiar.
Estos dos relatos me hacen pensar que estamos atravesando un momento verdaderamente importante para la historia del cine. Se están reescribiendo los relatos a partir de la belleza de las poblaciones históricamente marginadas. Quedo ansioso, pues, de ver qué más nos deparan los afroestadounidenses.




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