True Stories (David Byrne, 1986)

David Byrne, músico, productor, fotógrafo, escritor, actor, y -como se ve en este caso- cineasta, es además un apasionado ciclista. Cuando visita distintas ciudades del mundo, el ex frontman de los Talking Heads carga una bicicleta portátil y recorre el lugar. El fruto de esos paseos se llama Diarios de bicicleta, un entretenido libro en donde Byrne compila apuntes sobre calles, nombres, monumentos, comercios, artistas locales y -por supuesto- edificios y comida. El resultado, además de una guía turística sumamente más inspirada que Lonely Planet, es una antropología capaz de conservar la ligereza y el aire de la reflexión sobre dos ruedas.
Un espíritu similar habita el primer largometraje de Byrne. Aunque en lugar de una bicicleta, lo vemos a bordo de un atractivo convertible rojo y con sombrero de cowboy, rumbo a la celebración del sesquicentenario de Texas. Estrenada en 1986, True Stories fue el resultado de un proyecto personal que Byrne venía gestando desde principios de los ochenta. Durante las giras con Talking Heads, comenzó a recopilar recortes de periódicos sensacionalistas como el Weekly World News, fascinado por las historias excéntricas que encontraba. Estas anécdotas reales sirvieron como inspiración para los personajes y situaciones de la película, como el hombre obsesionado con encontrar esposa o la mujer que nunca se levanta de la cama. Byrne originalmente pensó en convertir estas ideas en una serie televisiva o un musical. El proyecto tomó forma cinematográfica cuando se asoció con Stephen Tobolowsky y Beth Henley para escribir el guion. La película se filmó en siete condados del norte de Texas durante el otoño de 1985.
True Stories es un fresco excéntrico sobre “una ‘banda’ de gente de Virgil, Texas”. Byrne practica un estilo de broma no exenta de piedad, por el que desfila una serie de no tan insólitos sujetos entre los que destacan un John Goodman obsesionado con conseguir esposa, una mitómana ex de Burt Reynolds que tiene información importante sobre el asesinato de Kennedy, una mujer que pasa el día viendo televisión sin nunca salir de la cama, una señora que cree que todo en el mundo debe ser “sweet” y “cute”, un reverendo que aprovecha el sermón para denunciar una conspiración corporativa y aclarar que igual “it’s late”. Con esos encuentros se intercalan nueve ingeniosas canciones compuestas por los Talking Heads y orquestadas por Byrne como viñetas satíricas y desopilantes sobre cuestiones más extrañas que la ficción: la moda, la publicidad, la “vida salvaje”, la religión, y el especial momento en que un cantante con parecidos físicos a Leo Mattioli bautiza a una de las bandas más renombradas de la actualidad. True stories muestra una saludable libertad para flotar del retrato en movimiento al musical y a la historia de amor. Y que sin duda el cineasta-ciclista Byrne tiene gracia y talento para observar las personas, la arquitectura y el cielo.
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Juego de escena (Eduardo Coutinho, 2007)

Estrenada en 2007, Juego de escena marca parte de la última etapa de la filmografía de Eduardo Coutinho, donde su enfoque documental se vuelve profundamente autorreflexivo. En Juego de escena Coutinho explora las fronteras entre realidad y ficción mediante un dispositivo que confronta testimonios de mujeres reales con interpretaciones de actrices profesionales, cuestionando así la autenticidad y la representación en el cine documental. El proceso de producción comenzó con una convocatoria pública: Coutinho publicó un anuncio en un periódico invitando a mujeres a contar sus historias de vida. De las 83 que respondieron, 23 fueron seleccionadas y filmadas en el Teatro Glauce Rocha de Río de Janeiro en junio de 2006. Posteriormente, en septiembre del mismo año, actrices como Marília Pêra, Andréa Beltrão y Fernanda Torres interpretaron estas historias, aportando sus propias emociones y perspectivas.
Hay más de un juego en esta película: el de las mujeres contando sus historias, el de las actrices intentando representarlas, el del realizador brasileño Eduardo Coutinho entrevistándolas a todas. Pero el juego último de esta película ocurre precisamente fuera de escena, de este lado de la pantalla, en forma de un divertido pacto con el cual Coutinho hace su propuesta de cine. Si hay cine que pone sus recursos al servicio del mundo que filma, si hay también películas que ponen el mundo como punto de partida para jugar con el potencial del cine, Coutinho está en ambos sitios al mismo tiempo. El juego en el que ingresa el espectador es demasiado parecido al de hacer cine: indagar la verdad de una superficie, sospechar la mentira de otra, distinguir zonas de posible verdad para cada una, mantener esta inseguridad en vilo. Hay la invitación a un enfrentamiento: el de uno mismo con la fe cinematográfica. El placer de oír las historias, de sentarse a la escucha paciente de un puñado de versiones de vida, de disponer una distancia precisa para que esa humildad sea posible, se produce en esta película conjuntamente con la felicidad surgida de la revelación fugaz de un gesto, de una palabra, de una iluminación física, de un orden de acontecimientos posiblemente menores para el mundo pero excitantes, triunfales para el cine. En esta intersección se produce la maestría: Juego de escena explica la necesidad de tener cine para filmar el mundo. Y una última felicidad aparece en encontrar a un realizador capaz de alcanzar esta complejidad con un austero instrumental compuesto de no mucho más que una silla, un grupo de mujeres hermosas, y una cámara de cine.
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El profundo mar azul (Terence Davies, 2011)

Si bien mis conocimientos de pintura son menos que elementales, creo que el cuadro cubista que en un momento de El profundo mar azul miran Rachel Weisz y Tom Hiddleston podría guardar parecidos con la narración construida a su alrededor por Davies. Luego, Hiddleston grita: ¡Me voy a ver los impresionistas! Partiendo de un –hay que decirlo, algo pobre- intento de suicidio de Helster Collie (Weisz), la película avanza sobre un tramo que en principio podría no durar más que el día posterior al acontecimiento, pero que en su recorrido acumula pliegues y despliegues, una estructura de herida abierta al pasado y permeable al opaco romance entre Hess y Freddie Page (Hiddleston). Sin embargo, esta impresión que acabo de dar de la película como un gran logro en arquitectura narrativa –que es posible que lo sea- no me convence tanto como mentar la gran libertad de Davies para ir y venir en el tiempo en un desarrollo que responde más a las emociones puras que a los arcos dramáticos, etc, etc.. Serge Daney hablaba de Garrel en L’enfant secret como alguien que acaricia una piedra preciosa en la palma y se resiste a soltarla. Esta imagen de una emoción concentrada, intensamente encendida resulta bastante apropiada para distinguir el potencial abrasivo de esta película aferrada a la persona mientras la ve derramar un sentimiento sin nombre. También, con su oscuro fondo de educación conservadora, posguerra, nacionalismo e intercambios de clase, tengo la sospecha de que algo un poco más amplio se resquebraja en El profundo mar azul.



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