A la novata, pero talentosa agente del F.B.I. Lee Harker (Maika Monroe) le asignan investigar a un asesino serial apodado Longlegs (Nicolas Cage), quien ha eludido la justicia por 30 años. A medida que transcurre la investigación, Lee descubrirá que el caso es más oscuro de lo que cree y ella tiene una conexión especial con el asesino.
En estos tiempos en los que abundan las producciones tanto cinematográficas, como televisivas sobre asesinos en serie, Longlegs: Coleccionista de almas (Longlegs, 2024) es una rareza bien ejecutada que roza lo experimental y psicodélico, inclusive. Está dirigida por Osgood Perkins, quien ya había hecho otras películas de terror, pero ninguna tan reconocida por el público y la crítica como esta; en cualquier caso, Perkins ha demostrado a lo largo de su breve carrera y, especialmente, con Longlegs, no solo su fijación en este género, sino que lo conoce al detalle. Capaz hay quien diga que, por ser hijo del icónico Anthony Perkins, protagonista de Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960), el terror fluye por sus venas.
En Longlegs son notorias las referencias al cine y la literatura de terror, empezando por los nombres de ciertos personajes, como hizo años antes James Wong en la primera entrega de Destino Final (Final Destination, 2000): el apellido de Lee es una alusión al de Mina Harker, la heroína de Drácula, de Bram Stoker; el de la agente Browning (Michelle Choi-Lee) al de Tod Browning, célebre director de la etapa clásica del antedicho género; y el nombre de la trastornada Carrie Anne Camera (Kiernan Shipka) alude a la no menos trastornada Carrie White creada por Stephen King. También, Perkins esconde algunos sustos bastante buenos e impredecibles que, junto a la sórdida trama, harán espabilar al público.
Más importante que el divertido juego intertextual y los sobresaltos, son los distintos subgéneros propios del cine de terror que le dan forma a la turbia historia. En esta confluyen los psicópatas, el satanismo y las posesiones en una peculiar mezcla que pudo salir bastante mal, pero en realidad funciona muy bien, motivo por el cual la película se siente tan fresca. Y si bien no es la primera vez que los asesinos seriales y el mundo del ocultismo se encuentran, como ya vimos en la también novedosa El Teléfono negro (The Black Phone, Scott Derrickson, 2021), tampoco es algo usual; capaz estamos ante una oleada de híbridos entre psicópatas y demonios.
Puntualmente, gran parte de la trama de Longlegs recuerda a la de El silencio de los inocentes (The Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991). Por un lado, parecida a Clarice Starling (Jodie Foster), Lee es una agente principiante del F.B.I. muy inteligente, intrépida e intuitiva, que arrastra un trauma infantil que se irá develando poco a poco, pero que, en este caso, tendrá absoluta relevancia para la historia. No obstante, a diferencia de Clarice, Lee es casi inmutable, como si estuviese desapegada de la vida, aunque es imposible culparla cuando entendemos el por qué. Por otro lado, Lee debe usar toda su astucia para atrapar a Longlegs, un asesino estrafalario, neurótico y despiadado que ha conseguido escapar de la policía, como el James Gumb/Búfalo Bill (Ted Levine) de la película de Demme.

Pero a diferencia de aquellos, Lee y Longlegs (cuyo verdadero nombre es Dale Ferdinand Cobble) están conectados desde 1974; más adelante, en el tercer capítulo, descubrimos que Lee es la niña que se encuentra con él en el inicio, pero como muchas personas con serios traumas infantiles, oculta este hecho en lo profundo de su psique.
Luego de este aterrador prólogo, se introduce con paciencia, pero firmemente el aspecto sobrenatural de la historia, por medio del satanismo y las posesiones, los otros dos subgéneros relevantes. En este sentido no es casual que la trama se desarrolle principalmente entre mediados de los 70 y, sobre todo, de los 90: a raíz de los crímenes de la Familia Manson en 1969, y unos años después con el estreno de El exorcista (The Exorcist, William Friedkin, 1973), a lo largo de 1970 empezó a ebullir un pánico satánico en la sociedad estadounidense que alcanzaría su cenit en los 80 y culminaría hasta bien entrados los 90. De ahí también se comprende la soterrada insistencia por mostrar las fotos de los expresidentes Richard Nixon y Bill Clinton, como una forma de resaltar el contexto histórico de la diégesis.

La película aprovecha lo anterior para retratar una realidad americana, es decir, aquella en la cual los suburbios y las bonitas urbanizaciones de los Estados Unidos se han convertido en escenarios de historias horrorosas de asesinatos en las que familiares, amigos, vecinos o extraños han sido víctimas o victimarios. Una epidemia que no parece tener fin y es más grande que el mismo miedo colectivo al culto a Satán.
Así pues, Cobble es un satanista fanático que, precisamente, ha llevado su terrible labor entre los setenta y noventa en sitios en aparecía modélicos, y encarna tanto el culto a esta figura como el pavor al satanismo que persiste en la actualidad, aunque con menos intensidad. Incluso, que coleccione almas es una metáfora acerca de cómo los asesinos seriales le “arrebatan” el alma y todo lo pudieron ser a sus víctimas. Y a pesar de que el personaje aparece poco, consigue dominar la historia aun con la sola mención de su nombre, como si se tratara de una fuerza sobrenatural; esto se debe no solo a cómo está plasmado en el guion, sino también en la pantalla por Nicolas Cage, quien se roba la película.
Hasta hace unos años, este conocido actor no estaba atravesando una buena racha profesional, por lo que estuvo relegado mayormente a papeles principales, pero olvidables. No es sino con Mandy (Panos Cosmatos, 2018), Pig (Michael Sarnoski, 2021) y, ahora, Longlegs que Cage ha retornado a los roles principales más elaborados que hacen relucir el talento que siempre ha tenido. De esta forma, la interpretación de Cage es pavorosa e hipnótica ya desde el inicio de la película, hasta el punto que es casi imposible dejar de verlo o no querer verlo. A esto contribuye el maquillaje blanquecino que lo deja irreconocible y le da la apariencia de un espectro fantasmal.

La película parece un cruce entre El silencio de los inocentes y la trilogía de la muñeca Annabelle, puesto que el psicópata usa las muñecas diabólicas que crea como medios para matar; de nuevo, Perkins sabe cómo equilibrar todo y, a su vez, esto resulta bastante original. Una cosa es que un muñeco cobre vida y asesine; otra, que un asesino use muñecos poseídos para cometer sus crímenes y salir impune. El cine da para todo siempre y cuando sea verosímil, no importa cuán descabellado o rebuscado se escuche.
Pero Longlegs da indicios de que no terminará bien y esconde una parte más desoladora e inesperada aún: la mamá de Lee, Ruth (Alicia Witt), es la ayudante de Cobble, y por años ha entregado muñecas a distintas familias que terminan muertas. Pero lo triste no es solo lo que pasa con las víctimas, sino que ella es una víctima a su manera, porque hace esto para salvar a su hija. Que las poquísimas veces que veamos sonreír a Lee sea cuando habla con su mamá es más triste aún, puesto que, al final, solo ríe con la persona que para salvarla se volvió cómplice del mal.



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