"S de Soledad", una historia de Superman 

Las edades han pasado como hojas caídas en otoño. Como viento susurrando al oído sobre el frío que reina en invierno.

Los nacimientos humanos hace mucho han dejado de ocurrir, y tal parece que no volverán a hacerlo. La naturaleza ha encontrado la forma, enraizando las grietas de una sociedad prácticamente extinta.

Especies nuevas aparecen, y la humanidad ya no forma parte de ellas. Los animales, eternos supervivientes, se esconden en sus madrigueras y cuevas, en los restos de lo que alguna vez fueron hogares de familia.

El planeta muerto, irónicamente, se ha llenado de vida: de mariposas del verano y los eternos colores de la primavera. Donde masivas construcciones descansan en fragmentos junto a los mares, ríos y océanos —nuevos y viejos por igual— que lentamente erosionan cada huella de un pasado que solo UNO recuerda.

Allí está ese hombre, el primero de una sociedad de personas que cargaban el peso del mundo en sus hombros. Aquel que peleó toda su vida por la verdad y la justicia. Ahora canoso y con un traje desgastado, moviendo edificios para crear arrecifes, reconstruyendo sobre cenizas y permitiendo a la vida encontrar la forma. Apagando incendios con las palmas de sus manos, deteniendo terremotos con su fuerza imparable y amando la vida con su corazón de oro.

En su juventud, la gente lo confundía con un dios: llegado de las estrellas, de un planeta al borde de la extinción, a uno donde todos lo verían diferente. Podría haberlo conquistado y regido con mano de hierro para evitar que este triste futuro ocurriera. Pero eso no fue lo que le enseñaron sus padres adoptivos, en aquella granja alejada de tanto bullicio.

Creció con valores, con disciplina y, sobre todo, bondad. Siendo muchas veces más humano que la propia humanidad. Hoy, milenios en el futuro, es solo un superviviente. Su descendencia viajó a las estrellas para jamás regresar. Su amor se fue hace tantos años que solo en sueños recuerda su rostro.

Ni él, ni su padre biológico imaginaron alguna vez lo que le ocurriría a su cuerpo con la exposición constante del sol amarillo. Sus poderes y resistencias eran gracias a la energía solar. Pero, a medida que el tiempo avanzaba, comenzó a notar que sus células no envejecían, sino que se reconstruían a pasos agigantados. No se volvió más joven, pero se quedó en sus treintas por casi veinte milenios. Al menos, hasta que el sol comenzó a fallar: fruto de sus centenares de peleas e intentos de destrucción de parte de los nuevos dioses, que de vez en cuando intentan vencerlo, o al menos, llevárselo a que viva en armonía, con gente como él.

Desde que el sol empezó a morir, el hombre observa sus nuevas canas con aprecio, preguntándose qué diría su esposa si lo volviese a ver. Suelta leves risas delante de la familia de ciervos que lo observa sentado sobre una gigantesca esfera dorada oxidada, que antaño se alzaba casi entre las nubes de lo que era su trabajo.

Con el tiempo, y la soledad, el gran hombre exploró y aprendió, volviéndose un erudito de cuanto tema existió. Recibió visitas de iguales de otros mundos, de viejos amigos que compartieron o comparten ciclos de vida similares. Hasta de viajeros del tiempo perdidos, que se sorprenden al saber que su campeón aún sigue con vida.

Una de sus mayores aficiones se volvió el tallado. Pero no en madera ni cerámica: en cristales, gigantescos cuarzos extraídos de lo que alguna vez fue su “Fortaleza de la Soledad”. Los cuales, lentamente, fue convirtiendo y dándoles forma, hasta que se vieron como todas las personas que alguna vez pasaron por su vida. Sus compañeros de todos los grandes grupos heroicos, de las ligas y las sociedades. Sus padres, tanto los adoptivos como los biológicos; a quienes nunca llegó a conocer fuera de los hologramas o viajes dimensionales. Sus amigos del pueblo, y los de la ciudad. Sus fanáticos acérrimos y hasta sus enemigos. Especialmente cierto calvo, que —dentro de todo lo que se puede esperar de un némesis— se volvió aburrida la vida sin sus filosóficas charlas, tanto suyas como de su alter ego, el famoso periodista. Que, curiosamente, él sí era apreciado por el villano.

Su última obra quedó a medias hace siglos, porque no encuentra la forma de su amor, quien, tristemente de su mente marchó. No recuerda cuando fue, aunque quizás, el olvido nació como mecanismo de defensa contra el dolor del corazón. Aquel que, pese a ser extraterrestre, es lo que lo mantuvo junto a la humanidad en tantas ocasiones.

No tiene un hogar como tal, ya que su casa es el planeta. Así que a veces surca los mares, explorando ruinas; otras veces da vueltas por esas cuevas llenas de murciélagos que alguna vez albergaron a cierto malhumorado señor de la noche. Y jamás volvió a encontrar la isla amazona. Quizás porque también se perdió en la inmensidad del olvido.

Últimamente ha comenzado a gustarle caminar por el sol. Siente no más que unas leves cosquillas, pero lo suficiente como para sentirse cálido y a gusto, al menos por un rato.

Sus resistencias no tienen límite, y su fuerza tampoco. De salud está perfecto, y lo sabe por las visitas interestelares que vienen a conocer a la leyenda de la Tierra. Pero su corazón duele. Y cada vez más.

Observa el cristal y trata de imaginar a su amada, pero las facciones no concuerdan, los recuerdos se mezclan y el dolor emerge.


«Quizás es hora de un viaje», se dice hace ya algunos años. Y quizás esté en lo cierto. Afirma para sí mismo, observando el mundo a su alrededor antes de partir.

Hace rato que no depende del oxígeno para vivir, pero por viejas costumbres, da una gran bocanada de aire, y sale disparado como una bala, hacia las estrellas.

Quizás a nuevas aventuras. Tal vez a un final inminente de una historia que no comenzó en la Tierra, y tampoco terminará en ella.

Como polvo en el viento, la Tierra desaparece en la distancia. Y el frío del espacio lo abraza, como si la soledad lo despidiera. Como si parte de él hubiera quedado detrás, observando con orgullo todo lo que aún puede ser, y será.

Cierra los ojos ante los destellos de las estrellas fugaces, y recuerda una vieja frase que alguna vez dijeron al verlo alzar vuelo.

«¡Arriba, arriba y a volar!»

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