
Cuando me enteré hace unos días de que el polifacético Bill Hader, co-creador, director y protagonista de ‘Barry’ (una de mis series favoritas de todos los tiempos de la cual no entiendo cómo no hay más gente hablando de ella, ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?) iba a estar produciendo, dirigiendo y posiblemente protagonizando una serie basada en la famosa masacre de Jonestown en 1978, lo primero que se me vino a la mente fue “todo tiene sentido”. ¿Y por qué lo pensé? La impresionante serie de HBO en la que un tímido sicario se vuelca atropelladamente al mundo de la actuación resultó ser un brutal retrato de las máscaras que nos ponemos todos los días cuando salimos a la calle a convivir con la sociedad.
Nuestra necesidad de reflejarnos inexorablemente equívoca enfrente de otros para SÓLO acaparar aceptación se puede ver en todos los rincones posibles: en el pseudo hipster que va a comprar su latte para susurrarle simbólicamente al barista “soy uno de ellos” haciendo alusión al supuesto estatus que forma parte, en el “masculino” que se le averió el auto y trata de imponer su pobre sentido de machismo en el mecánico (quien de seguro debe ser el doble o triple de machista)…o en la falsa Lady Godiva que quiere imponer presencia cuando la chica que le estaba haciendo las uñas le erró un poquito en el cálculo. Sí, todo esto puede sonar demasiado rencoroso, pero es real. Soy de ese tipo de personas que no le tienen miedo a decir las cosas como son, sin pelos en la lengua. ¿Fanfarronería barata o mucha autoindulgencia? Ustedes deciden.
La cuestión es que Hader supo capturar la “educación de la violencia” en su obra maestra a lo largo de cuatro temporadas que, lamentablemente, se evaporaron fuera del radar. O por lo menos de un radar que yo considero valioso. Definir a Barry es limitarme, pero muchas veces pensé en cómo resumir esta maravilla. Digamos que la serie trata sobre las historias que nos contamos a nosotros mismos y a los demás, sobre aquellas fantasías que utilizamos para tapar problemas monumentalmente mucho más grandes de lo que creemos. Es sobre el contagio de la violencia, sobre las infecciones que podemos generar en nuestros pares (casi) sin darnos cuenta, y sobre los ciclos que nunca cerramos.
El arco de Barry Berkman/Block es sencillamente estupendo. Su personaje se nos muestra inicialmente como un asesino a sueldo en clave zombie, uno manipulado por su mentor Monroe Fuches, un hombre de dudoso pasado que lo atormenta con la idea de que su propósito es ser un arma letal ("Hitler pintaba. John Wayne Gacy también", le dice con una serenidad inquietante) gracias a las sorprendentes habilidades criminales que posee. Pero Barry comienza a verse a sí mismo con un destino mucho más sano: ser actor. Lo que sucede a continuación, es decir, a lo largo de toda la historia, es desconcertante, aparatoso, ridículo, pero sobre todo real. Barry inicia un proceso de catarsis en el que canaliza sus emociones más salvajes y profundas arriba del escenario. La culpa se transforma en el principal elemento de alienación en él, pero sobre todo es la lucha entre el deseo y la esencia. BARRY ES UNA PERSONA VIOLENTA Y NO HAY NADA QUE PUEDA CAMBIARLO.

La masacre ideada por Jim Jones, predicador, líder de secta, pero sobre todo falso ser humano, fue uno de los episodios más perturbadores en nuestra historia contemporánea, pero también es uno que puede ser conectado fácilmente con la visión de Hader. Más de 900 personas —la mayoría afroestadounidenses— murieron envenenados en lo que fue presentado ante las autoridades como un suicidio colectivo en la comunidad agrícola de Jonestown (Guyana), liderada por el célebre pastor adepto al movimiento protestante conocido como “El Templo del Pueblo”.
Este macabro evento, que a simple vista puede parecer el resultado de un culto aislado, también puede ser leído como una manifestación radical de lo que la poeta mexicana Sayak Valencia conceptualiza como capitalismo gore: una forma de capitalismo que se sostiene sobre la espectacularización de la violencia, la necro política y la instrumentalización del cuerpo humano como mercancía. En la serie ideada por el propio Hader y Alec Berg estos conceptos se relucen gracias a la construcción de lo banal como tono principal: Barry se encuentra en un país en donde comprar un arma puede significar lo mismo que comprar un caramelo en otro, es controlado por un don nadie que le obliga a quién debe matar y a quién debe dejar vivir, y camina lentamente por la cornisa mientras se deshace de cuerpos sin remordimiento alguno.
Jones, personaje que se ancla casi como por arte de lo divino a estas ideas extremas, les había prometido a sus habitantes un paraíso comunal, antirracista y autosuficiente, alejado de las injusticias del capitalismo estadounidense. Su Jonestown era, sobre la superficie, una crítica despiadada al sistema; una búsqueda de una vida alternativa basada en el colectivismo y la igualdad. La utopía pronto se convirtió en distopía y los aires de cambio pegaron la vuelta. La vigilancia comenzó a ser constante, junto a los castigos físicos, una satírica propaganda interna y una devoción irracional hacia un líder mesiánico. Lo que se vendió como liberación, rápidamente terminó dándole forma a una brutal burbuja sistémica de control y explotación.

Aquí es donde el concepto de capitalismo gore resulta útil. Y es que esta idea de “renacer” Jonestown no fue simplemente concebida por Jones como parte de una secta aislada; también fue el síntoma más cancerígeno posible de un oscuro sistema camuflado que produce marginalidad y desesperación. Según Valencia este tipo de capitalismo opera en los márgenes del sistema formal que casi todos conocemos, pero nunca deja de ser funcional a él. Jonestown fue LA válvula de escape para muchas personas discriminadas y excluidas del sueño americano, tal como sucede con nuestro querido Barry Berkman en la serie. Pero ese escape jamás fue la alternativa con la que ellos soñaron, sino la extensión más perversa del mismo sistema que los había expulsado.
Hader tranquilamente puede recrear estos escenarios que entrelazan la falsa idea de un porvenir idealizado con el crudo presente que se vive. El detalle que resalta de esta masacre es que no solo fue masiva: fue espectacular. El evento fue cubierto por la prensa sensacionalista, y sus horribles imágenes —filas de cuerpos hinchados envenenados con cianuro— quedaron grabadas para siempre. Esta espectacularización de la muerte encaja con la lógica del capitalismo gore: cuerpos que ya no son útiles para el trabajo se vuelven rentables para el espectáculo. La tragedia se convierte en mercancía mediática y por lo tanto la vida, o mejor dicho la muerte, se traduce en puntos para el rating.
El Templo del Pueblo puede ser visto como la fachada, una referencia no intencionada en 'Barry' que se muestra en una escena del octavo capítulo de la segunda temporada. Mientras NoHo Hank (líder de la mafia chechena) disfruta de su alianza con Cristóbal (líder de la mafia boliviana) y Esther (lider de la mafia birmana) en una tranquila fiesta dentro de un monasterio, Barry decide intervenir violentamente para ir tras Fuches, su mentor que lo acaba de traicionar. La escena en sí es sumamente sangrienta y se da dentro de una institución donde se predican valores, en apariencia, positivos.
Esto no es más que una crítica despiadada de Hader a esta especie de capitalismo, que funciona como un microcosmos en sus formas más extremas: jerarquías rígidas, vigilancia, explotación emocional y física, sacrificio del individuo por el bien de una causa superior —en el caso de la serie, el dinero; en el de Jonestown, la aniquilación absoluta.
Este evento representó la fusión macabra entre la utopía y el horror, entre la resistencia y reproducción del sistema en su formato más inhumano. En el marco del capitalismo gore, su historia es una advertencia que sigue más intacta que nunca. Hader tiene los instrumentos y herramientas para, una vez más, crear algo único y fuera de serie, pero también para formar conciencia. Larga vida a Bill Hader.
POR JERÓNIMO CASCO
Publicado el 14 de MAYO del 2025 | 00.55 AM | UTC-GMT -3
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