Akira significó un antes y un después en la animación de los años 80, pues, para nadie es un secreto que la película presenta una atmósfera, personajes, temas y narrativa adulta, algo que el mundo de la cultura pop no estaba preparado para ver, o mejor dicho, nunca había visto en una película animada, y mucho menos en el anime que era considerado de “gueto", puesto que en occidente no era muy conocido.

No vengo a hablar de la mítica escena de Kaneda con la motocicleta, yo vengo a hablar de uno de los tantos momentos míticos que conserva Akira en su repertorio de escenas tan fuertes socialmente hablando o perturbadoras por lo gráfico de la animación.

El momento final en donde Tetsuo en el gigante estadio, lleno de un poder descontrolado, comienza su transformación metamórfica es, para mí, uno de los momentos más icónicos en el cine, puesto que en él florecen todas las críticas y simbolismos envueltos en una narrativa y personajes igual de simbólicos e importantes. Que una escena, un momento y que una batalla logre eso es de aplaudirse y que, además, todavía sea recordado con esmero a pesar de los años, lo hace aún más increíble.

Tetsuo está escapando de los militares y del gobierno cuando llega a ese estadio olímpico en ruinas, representación literaria de una gran estructura (el poder de Tetsuo) sumida en escombros (la incapacidad de manejar su poder). No puede controlar a su cuerpo. Kaneda llega e intenta ayudarlo, en sus ojos no hay miedo, sino preocupación. Intenta razonar con él, pero la mente de Tetsuo está tan fragmentada que no responde a su nombre y, entre la presencia de Kei y el Coronel Shikishima es donde comienza la transformación dolorosa de humano a masa metálica y piel metamórfica.

Este momento no solo es icónico por su fenomenal, perturbadora y gráfica animación, sino porque responde a una temática tan realista como gráfica, responde a la ansiedad de la sociedad japonesa de la época pots-Hiroshima. Para entender lo icónico de este momento, tenemos que entender la atmosfera cyberpunk, caótica, autoritaria y rebelde que se presenta en este “Neo-Tokio”. El miedo latente de una nueva amenaza después de la explosión nuclear en 1988 yace durante años hasta la actualidad en donde se desarrolla la película, el “Neo-Tokio” del 2019. Durante todos estos años, la sociedad de este Japón ficticio se ha visto envuelta en disputas políticas y en opiniones ambiguas con respecto a la seguridad de la humanidad.

Este mundo representa todos los miedos de la sociedad de Japón de la época, mostrando un mundo superviviente ante una catástrofe como lo fue la bomba de Hiroshima, mostrando el miedo y la amenaza latente a una nueva o peor catástrofe y mostrando la parte rebelde de la juventud que, aunque no fuera tan tajante como lo fue en Akira, habían opiniones “revoltosas” sobre las estructuras sociales y tecnológicas ante lo metódico y corrupto de la sociedad japonesa.

Todos estos temas están fundamentalmente entrelazados a lo largo de toda la trama y narrativa, pero, regresando a la transformación de Tetsuo, es en donde todos estos temas desembocan en una representación gráfica y perturbadora. La monstruosa masa en la que se convierte Tetsuo no representa más que el miedo de la sociedad ante una nueva arma igual o más poderosa que la bomba, esa transformación encuentra en la mente fragmentada de Tetsuo una metáfora a la perdida de la identidad ante un arma y una tecnología que la humanidad apenas puede controlar. Puesto que, con la bomba de Hiroshima y Nagasaki, las certezas del pasado se habían perdido y solo quedaba la resiliencia ante un futuro totalmente incierto. La humanidad es representada con Kaneda, esa humanidad que mira con temor a lo que no termina por entender, pero que entiende lo suficiente para saber que es un peligro inminente.

Cuando comienza la mutación Tetsuo grita del dolor, grita de la desesperación, grita por miedo, grita porque se está convirtiendo en lo que tanto temió, en Akira. Kaneda, con arma en mano y montado en su motocicleta solo le queda observar cómo su amigo pasa de humano a una amalgama de piel con metal y arterias, pasa de humano a un arma psico-biológica que devora todo, ya sea humano, ya sea cemento, ya sea metal. Consume todo.

No hay persona que no haya visto Akira y que no recuerda vívidamente tal momento, no solo por la animación tan grotesca, sino porque los temas tratados llegan a una álgida conclusión. Y tampoco importa si no has visto Akira, al menos una vez en tu vida has escuchado o visto tal momento sin saber de donde proviene y, para mí, es parte de lo que hace épica e inolvidable una escena.



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