Luego de leer algunos de los posteos en la página, y de revisar con leve atención, noté la ausencia de varios momentos icónicos, los cuales, quizás, luego sumaré en otros apartados. Pero no podía dejar pasar la oportunidad de hablar de una película cautivadora, encantadora y, sobre todo, llena de amor.
"Notting Hill" (1999) nos trae una de las últimas joyas del siglo pasado. La historia de amor protagonizada por Hugh Grant y Julia Roberts: él, interpretando a un tímido dueño de una librería turística, y ella, a la actriz mejor pagada del mundo, famosa y hermosa por igual. Curiosamente, luego del éxito de “Pretty Woman” (1991), su personaje no fue algo tan alejado de la realidad.
La frase, en su idioma original, dicha en el clímax de la película, es sencilla, pero cargada de emoción. Y hay un giro casi final que tranquilamente podría habernos dejado con un final correcto, pero no acertado al sentimiento:
“I'm also just a girl, standing in front of a boy, asking him to love her.”
“También solo soy una chica, de pie frente a un chico, pidiéndole que la ame.”

Esta frase nace del personaje de Anna (Roberts), luego de más de un año de idas y vueltas románticas con Will (Grant). Ella, una millonaria actriz famosa en todas partes, que por causa del destino se cruza tres veces con ese hombre calmado, tímido y descuidado. Durante el mismo día.
La primera, siendo cotidiana, podría haber quedado allí: con ella entrando a la librería, sin ser apenas reconocida por el dueño, quien charla con un ladrón de poca monta antes de que este último le pidiera un autógrafo y una cita a la hermosa mujer. Luego de una leve charla, de pocas palabras y extensas miradas, se despiden y la puerta se cierra.
La segunda, porque el café era poco…(¿o sería té? Ya no recuerdo tanto, y tampoco veré la película para cerciorarme de una nimiedad)… Y Will choca a la muchacha, arrojándole todo el jugo de naranja de su amigo en la ropa. Suplicando clemencia antes de pedir disculpas, e invitándola a su casa a limpiarse, con la ventaja de que están justo al otro lado de la calle. Es gracioso, porque es algo que no ocurriría en la vida real, a nadie. Pero los románticos aceptamos ese porcentaje ínfimo de que todo pasa por algo.
Allí están, ambos, en la rara casa del hombre, y Anna observa el desastre de un par de solteros a los que el orden se les escapa. Ya todo está arreglado: es hora de partir. La dupla se vuelve a observar, más de cerca y con los corazones alterados. Él tiene tanto que decir, y por respeto no lo hace. Ella ha perdido la cercanía a lo cotidiano y, por miedo, no da ni deja que se dé ningún paso. La puerta se cierra, y el hombre se ha dado cuenta de que ha perdido su chance. Dos veces en el mismo día.
Encerrado en la posibilidad, se sobresalta al oír la puerta. Es ella otra vez, y sus palabras brotan como sentimientos atorados en la boca. Pero de la emoción del impulso no hay nada que llegue a decir, porque ella aclara que se ha olvidado sus compras y lo espera nerviosa en la puerta. En un momento de vulnerabilidad, donde sabe que solo es humana. Que está pensando lo mismo que él. Que tres veces se lo ha cruzado. Que eso no es normal, y que nada es casualidad.
El atontado hombre llega a la puerta, aún sorprendido y sin mucho que decir, para entregarle las bolsas a la chica y decir algo que le resulte interesante. Llamar su atención, cortejarla, o al menos decirle lo hermosa que es. Pero no es necesario. Ella da el paso y se lanza sin miedo a sus labios. Un beso rápido, locuaz y, sobre todo, épico. Finalizando con un saludo y cerrando la puerta por tercera vez. Aunque, en esta oportunidad, los dos saben que habrá más.

No pienso contar toda la película, porque la mayoría ya la hemos visto. Pero en el proceso de que ella baje de su nube de cristal, y de que él suba de su sótano de emociones, ese fue el inicio.
También podemos hablar de los datos que se omiten, como en todo inicio de relación. De los mundos diferentes, y del sufrimiento que justifica la decisión del hombre de rechazar a su amor, luego de sufrir durante un año su partida. De las estaciones que pasan, arrugando el corazón y estrujándolo con personas que solo estarán allí un rato, intentando llenar un hueco con piezas incorrectas. Con llaves de un lugar que ha perdido sus puertas.

A lo largo de la película, vemos al tímido Will adentrarse al maquiavélico mundo de la fama. No porque lo busque o lo desee, sino por su propia soledad. Porque él busca su final feliz, y sabe que lo ha encontrado —y perdido—, ya que solo lo tendrá con ella. Con la famosa actriz que le teme a lo desconocido, y que ha sufrido tanto que no se anima a abrirse. Tratando todo como un juego, aunque de a ratos se le pierda la actuación, asustándose por la profundidad de sus emociones. Porque de eso va la película: de alguien que decide soltarse y ver qué pasa. Y de otro que decide atraparla y dejarse llevar.
Es gracioso, porque a lo largo de la película vemos a los personajes secundarios ser, en su mayoría, amigos o familia de Will. Dándonos cuenta de que, aunque el hombre se haga ver como un solitario, está rodeado de gente que lo ama todo el tiempo. Aceptando o no sus consejos, sean ínfimos o importantes, siendo su conciencia a lo largo de toda la película. Él hace las preguntas, y ellos dan las respuestas. Él da una respuesta, y ellos lo atormentan con las preguntas importantes. Pero, en contraste, ella, Anna, la actriz rodeada de gente —directores, actores, agentes, periodistas o asistentes—, siempre está sola. Hasta su propio "novio" la ignora y la trata como trofeo, cuando Will solo la observa como si fuera lo más importante de su vida.

Estos contrastes son lo que hacen de esta historia un clásico. Porque siempre habrá diez, veinte o cincuenta películas románticas estrenadas al año. Pero pocas, como Notting Hill, logran impactar al espectador, alentándonos a preguntarnos... ¿Qué pasaría si…?
Volviendo a la frase, para terminar de una vez y no seguir desglosando la película: Anna es solo una chica, pidiéndole a Will que la ame. Porque, al fin y al cabo, ella sabe que es algo que él puede hacer. Que ese chico es un abrazo al dormir, un beso al despertar, y un amor con el que nunca se aburrirá.
Y sí, Will la rechaza. Eso es lo tragicómico de la escena. Ella, siempre seria, de pocas palabras y de menos sentimientos, decide abrirse ante el chico cuyo romance y buenas intenciones se sienten en el aire. Para encontrarse con una pared, una que le dice —muy amablemente— que amarla solo le hace daño. Porque él está disponible para hacerlo. Pero ya la ha perdido en varias ocasiones, y siempre porque ella no se ha quedado a hablar y hacer las paces. Y vive con eso: la ve todos los días al salir a la calle. En los diarios, revistas, televisión, radio... y hasta sus amigos y vecinos no paran de hablar de ella. Es cómico, porque en esos tiempos el internet no era tan popular, así que se salvó de stalkearla en redes sociales.
Ante esta frase, creo que más de uno querría golpear al muchacho por rechazar semejante amor y mujer. Pero no está mal. Ya que la historia podría haber quedado ahí, y la moraleja sería superar y seguir. Algo real y humano, que es tan habitual como el aire que respiramos. Pero esto, por suerte, es ficción. Y sus amigos lo escuchan. Detectan el dolor de sus palabras y aquella resignación, afirmando que, si de verdad hizo lo correcto… ¿Por qué no deja de pensarlo?
Clic.
¿Hay decisiones correctas cuando se trata del amor?
En lo personal, yo creo que no. La vida es una, y hay que vivirla.
Y de eso trata Notting Hill.
Ella es solo una chica.
De pie frente a un chico.
Pidiéndole que la ame.
Y él, es un chico dispuesto a aceptar que ese tren rara vez pasará dos veces por la misma estación.
Y allí comienza la carrera: contra el tiempo, contra la vida, contra ella, que se va, junto al amor que no debe partir.



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