Suelo citar de memoria a Pauline Kael. No digo que acierte en cada palabra, sino que la cito de memoria, y estoy convencido de no faltar demasiado a la verdad en lo que cito a la pionera Kael. De todos modos, después del papelón del segundo trailer de Megalópolis con respecto a Kael y a otros, uno siente que todo posible o probable error siempre será menor que esa catástrofe. Una de mis citas o menciones recurrentes a Kael proviene de un artículo en el que ella se preguntaba por qué seguíamos yendo al cine si las películas eran tan malas. Y se respondía (creo, cito de memoria): “porque queremos ir al cine”. Y esta vez, para este artículo, quería citar a Kael nuevamente. Pero en esta ocasión fui a buscar el libro en cuestión: For Keeps, de casi 1.300 páginas.
Por suerte, recordaba en qué artículo estaba este asunto. Y sabía que tenía marcado el fragmento. El título del artículo es “Why are movies so bad? or, the numbers” (“¿Por qué las películas son tan malas? O, los números”). Y dice así: “The movies have been so rank the last couple of years that when I see people lining up to buy tickets I sometimes think that the movies aren’t drawing an audience—they’re inheriting an audience. People just want to go to a movie.” Si uno pone esto en el traductor de Google empieza así: “El cine ha estado tan malo que…”. Pero Kael usaba terminología como “rank”, su uso del slang era uno de sus fuertes y uno no puede -o no debería- poner sencillamente “malo”. Decido entonces hacer mi propia traducción: “Las películas han sido tan chotas estos últimos años que, cuando veo a la gente haciendo cola para comprar entradas, pienso a veces que las películas no están atrayendo al público sino que lo están heredando. La gente, simplemente, quiere ir a ver algo al cine.” Sí, la última oración sería más “correcta” con la traducción de Google, que dice así: “La gente solo quiere ir al cine”. Pero mi traducción, decimos el espíritu de Pauline y yo, es definitivamente más kaeliana.
Kael publicó ese largo artículo -del que hemos citado mucho menos del uno por ciento- el 23 de junio de 1980 en The New Yorker (y lo puede encontrar muy fácilmente en Internet, no necesitan conseguir un libro de 1.300 páginas). 23 de junio de 1980: uno repite la fecha y piensa que en ese momento la cartelera cinematográfica seguramente era mejor que la de ahora. Pero ese es otro asunto. El asunto del que quería hablar hoy -del que ya estoy hablando, o mejor dicho escribiendo- es que no pocas veces me ha ocurrido eso de “querer ir a ver algo al cine”. Y me pasó hace poco, el 2 de mayo, un día que quería ir al cine con mi hija de cinco años. Ya habíamos visto Looney Tunes: el día que la tierra explotó, entonces las opciones se reducían, en el cine al que teníamos pensado ir, a dos. Una era Blanca Nieves y los siete enanos y la otra era algo llamado Sneaks, una animada que parecía prometer básquet. Para que la niña decidiera y que no cayera sobre mis hombros tamaña decisión, le mostré los trailers. Primero el de Sneaks, que nos dejó bien claro que no era una película sobre básquet sino sobre zapatillas, protagonizada por zapatillas. ¿Era su trailer uno que me podría haber convencido de salir corriendo al cine? No, para nada.
Ambos, la niña y yo, ya habíamos visto el trailer de esta nueva Blanca Nieves -¿la Blancanieves de 1937 se escribía todo junto y esta nueva separado?- en el cine. Pero ni ella ni yo lo recordábamos, o habíamos hecho todo lo posible para olvidarlo. Al minuto -es decir, antes de llegar a la mitad- del trailer de Blanca Nieves empecé a rezar para que la niña eligiera las zapatillas, que parecía mala pero inofensiva. Y, felizmente, no quiso ver Blanca Nieves y eligió “la de las zapatillas”. Y así fue que fuimos a ver Sneaks, la de las zapatillas, que acá se estrenó como Sneaks: un par con suerte, una película en la que las zapatillas son como los juguetes de Toy Story, es decir, objetos que en la realidad son inanimados pero ahora son animados, y con más y más características humanas. De hecho, más que los muñecos de Toy Story las zapatillas en cuestión parecían los autos de Cars, otra de las marcas de Pixar. Zapatillas cuyo aspecto, gestualidad y movimientos hacían pensar en los autos y los camiones y camionetas de las motorizadas de Pixar, con expresiones y hasta “caras” parecidas. Una película protagonizada por zapatillas (con otra conexión con las Toy Story, con la dos, por el asunto del dilema del uso frente al coleccionismo), con las voces -en el original- de Anthony Mackie, Martin Lawrence, Macy Gray, Chris Paul y Laurence Fishburne y otros. Fishburne, además, fue uno de los productores.
La mayoría de las críticas fueron negativas, y probablemente tengan razón, aunque no las leí, simplemente vi los números o los metanúmeros de Metacritic. Y más allá de la tendencia negativa, está además el hecho de que hay pocas críticas disponibles, como si a nadie o casi nadie le hubiera interesado esta película, tampoco los culpo. Esta es una de esas películas que más bien pasan bajo casi todo radar. Y tampoco es que vaya a ser redescubierta en el futuro o algo así. No es buena, claro, ni memorable (o sí porque ¡está protagonizada por zapatillas!). Tampoco es contundentemente mala. Es más bien adocenada, obvia, irrelevante, por momentos casi que parece escrita, pensada y ejecutada por alguna inteligencia artificial. Tampoco el público, o al menos el público que se toma el trabajo de calificar en IMDb, la ha elogiado: de hecho, el promedio de puntajes es aún menor al de los críticos. Me queda la pregunta ¿por qué se habrá estrenado esta película en los cines argentinos? Claro, fue un fracaso, por lo menos eso dicen los números. Quizás se haya estrenado para que mi hija de cinco años y yo evitáramos Blanca Nieves en este asunto de querer ir al cine, de querer ir en el sentido kaeliano del término. Es decir, cuando uno decide ir al cine porque simplemente quiere ir al cine, o solo quiere ver una película en el cine o como quieran traducir y adaptar el “People just want to go to a movie”.
Además de hacerme pensar en y citar a Pauline Kael, esta película Sneaks me hizo pensar en Horacio Quiroga. Sí, el escritor de Cuentos de la selva y Cuentos de amor, de locura y de muerte. Quiroga fue uno de los primeros críticos de cine, y en enero de 1920 publicó un artículo en la revista Caras y Caretas, titulado “La muerte del drama cinematográfico”, que comenzaba así: “La producción de filmes está a punto de sucumbir por escasez de asuntos. El clamor es muy vivo en los centros manufactureros. En trece o catorce años de producción febril, no hay tema ni escenario que no haya sido utilizado en 100 cintas. ¿Estará, pues, agotada la creación artística en el cine?”. Claro, Quiroga seguramente se preguntaba esto porque no podía avizorar la llegada de una película protagonizada por zapatillas.



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