“Escape de Sobibor”: donde cabe la palabra “epopeya” Spoilers

Se trató a la postre de la mayor fuga de prisioneros de un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta ese momento, era el escape más grande de prisioneros judíos de un campo de concentración o de exterminio. Sucedió el 14 de octubre de 1943. Esto derivó en el cierre definitivo de Sobibor, el centro de exterminio ubicado en el distrito de Lublin, en Polonia. Había estado en funcionamiento durante aproximadamente un año y medio. En él se había asesinado a unos 250.000 seres humanos. Los líderes del levantamiento fueron León Feldhendler y Alexander “Sasha” Pechersky. Escape de Sobibor intenta homenajear esa gesta.

Sobibor, nombre homónimo al pueblo cercano, era una especie de rectángulo de 400 metros de ancho por 600 metros de largo. Poseía un área administrativa, un área de recepción y el sector de exterminio, su finalidad. El campo estaba oculto en el bosque. El proceso de exterminio no llevaba más de tres horas: llegaban los trenes, se separaba a los hombres de las mujeres y niños, se los “invitaba” a pasar a las duchas para evitar cualquier enfermedad -mientras tanto, “sus ropas serían desinfectadas”- y se les decía que luego se dirigirían a trabajar. Ya dentro de las falsas duchas, eran envenenados con gas; en este caso, monóxido de carbono.


Luego de separados de acuerdo al sexo, se seleccionaba a algunos prisioneros para realizar diversos trabajos dentro del campo. Algunos poseían realmente los oficios requeridos: sastres, joyeros, zapateros, costureras..., otros decían que los ejercían únicamente para permanecer con vida, alertados de su situación por algunos de los judíos que los esperaban en el andén para ayudarlos a bajar, tomar su equipaje, organizarlos y, en la mayoría de los casos, mentirles sobre su futuro. Ese era su trabajo para los nazis si pretendían sobrevivir un día más. Estos judíos formaban parte de lo que se denominó sonderkommandos (comandos especiales; en algunos lugares se los denominó arbeitsjuden: “judíos para trabajar”), grupos de trabajo a los que se obligaba a cortar el cabello a las mujeres, a recoger las ropas de quienes serían gaseados para clasificarlas al igual que al resto de sus pertenencias, a recoger los cuerpos, enterrarlos o incinerarlos, etcétera. Llegaron a ser unos 900 en Sobibor, en determinado momento. Para la fecha del levantamiento, eran unos 600 los prisioneros en esas condiciones.


Estas gentes, además de conservar la vida un tiempo más (la inmensa mayoría eran eliminados y reemplazados al cabo de algunas semanas, al enfermarse o debilitarse o simplemente porque sabían demasiado del proceso de exterminio), poseían ciertos “beneficios”: acceso a mejor comida y condiciones de descanso, posibilidad de usar algunos objetos de cuidado e higiene, participación de momentos de “diversión” en sus barracas, y en este campo -algo excepcional- también tuvieron la posibilidad de vincularse entre hombres y mujeres, mujeres y hombres.

Sobre toda esta cotidianidad dará buena cuenta Escape de Sobibor. La reconstrucción de la vida en el campo, de su funcionamiento, sus procedimientos, de las tareas diarias, de la mecánica que conducía a la muerte, del acontecer de estos prisioneros y de sus captores será uno de los aciertos de Jack Gold -el director- y su equipo. Es uno de los puntos altos de este filme hecho para televisión. La recreación será precisa, seria, históricamente fiable. También funcional a su historia. Las condiciones de existencia de estos seres sometidos, maltratados, humillados explicarán el deseo y la necesidad de la fuga, amén del deseo de libertad que todo apresado lleva consigo. La idea crecerá acompañada por el abuso, los castigos, la inhumanidad. Del mismo modo crecerá la noción de venganza: ya no bastará el sobrevivir como venganza, se instalará la idea de sobrevivir para vengarse.


Que sea una huida común, una huida de todos y no de algunos, se cristalizará al sufrir las represalias de cada intento fallido de los pocos lanzados que se atreven, de los pocos jugados que se arriesgan. Los castigos, que intentan ser ejemplarizantes, amedrentadores de todo nuevo ensayo, se realizan sin miramientos y sin reparar en quiénes están detrás de esos intentos de fuga; se cargan las vidas de muchos de los que simplemente desean estirar su agonía un día más tanto como las de aquellos audaces que planifican una salida noche a noche en la clandestinidad. Por lo tanto, decidirán que serán todos o ninguno.


León Feldhendler (un Alan Arkin en plenitud) verá la llegada de soldados rusos como la oportunidad de concretar el sueño (son soviéticos, pero el filme parece no querer mencionarlos en esos términos, ni siquiera poseen insignias en sus uniformes). Más allá de posibles roces y prejuicios -unos son rusos, otros polacos, unos son militares, otros civiles, dice León-, ellos poseen la fuerza y formación para matar, así como las habilidades organizativas que su condición de soldados les otorga. Por otra parte, si llegan a ese campo, no un campo de prisioneros de guerra convencional, es porque son judíos, y ello puede ser fundamental para lograr su apoyo.


A la cabeza de ese grupo de soldados estará Alexander “Sasha” Pechersky (un Rutger Hauer muy en rol), un hombre fuerte, decidido, experimentado, que desafía a los oficiales nazis desde su ingreso mismo al campo. Su deseo de escapar se pondrá a la par del de León y sus más allegados. También desconfiado, verá en ellos el terreno ganado que significa conocer el lugar, sus instalaciones y sus movimientos cotidianos. Su asociación puede ser muy provechosa para ambos. Posteriormente, el filme enfatizará la condición de judío de Sacha a la hora de cerrar filas junto a sus compañeros de encierro (la idea de soldado soviético se desvanecerá casi completamente; no olvidemos que hablamos de una realización anglosajona de 1987).

A partir de allí, el plan elaborado con sumo cuidado comenzará su ejecución. Varios oficiales de las SS serán eliminados, para llegar a otros habrá contratiempos, no podía ser de otra manera. De todos modos, ya nada lo detendrá. El filme tomará un tinte del género acción y aventuras y el crescendo dramático llevará a la épica.


Escape de Sobibor presenta una formulación convencional en términos dramáticos, incluso habrá lugar para cierta dosis de melodrama: Sacha conocerá a Luka (Joanna Pacula) y existirá el atisbo de un breve vínculo (algo que también se sustentaría en hechos históricos). De todos modos, al arrojo de esta, él responderá que afuera lo esperan su esposa y sus hijos, lo que redundará en nuestra visión de héroe íntegro de Sacha. Sin embargo, ello no será óbice para que el vínculo crezca y las dudas de los pasos a seguir se instalen ciertamente. No habrá nada que no podamos prever en materia de formulación de las relaciones interpersonales en Escape de Sobibor, ni en términos de amistad, ni en términos de relaciones amorosas, de solidaridad, o de complicidad, mezquindad, saña o malicia. Por otra parte, algunas actuaciones -vistas hoy- no logran la verosimilitud que la historia requería: asoman teatrales por exageradas o demasiado declamadas. Asimismo, tampoco colaboran los subrayados o editorializaciones que el guion obliga a formular a los actores, por otra parte innecesarios por redundantes en función del horror al que nos enfrentamos. A esto podríamos agregar la exacerbada autoconciencia que presentan algunos de los protagonistas.


Del mismo modo, la versomilitud también se ve resentida por el cuidado en el manejo de la violencia que presenta el filme, probablemente pensado para tener un alcance masivo entre distintos públicos (no olvidar que fue hecho para televisión y fue transmitido, en primera instancia, por cadenas públicas de Gran Bretaña y Estados Unidos). Cuando el entorno en el que se desarrolla y las circunstancias de la propia fuga son particularmente violentas, la casi inexistencia de sangre se torna algo demasiado forzado. Tal vez más comprensible pueda ser la opción por sugerir el horror más que mostrarlo o la elección por “suavizar” las muertes y torturas. Igualmente, esto lleva a que algunos asesinatos sean muy poco convincentes y ello le resta fuerza y dramatismo a su tramo final.


En su haber quedará la reconstrucción histórica del funcionamiento del campo y los engranajes nazis del asesinato industrial que formularon; también, el rescate de la humanidad y dignidad de algunos gestos acometidos aun en las peores condiciones de sometimiento y horror, en las que los valores a los que solemos aferrarnos parecen perder todo sentido. Asimismo, hay algo de complejidad en el planteo acerca de seres humanos puestos al servicio del régimen perpetrador que, ya dispuestos a sobrevivir realizando labores moralmente reprochables, demuestran el egoísmo que implica el aferrarse a la vida (algo, por cierto, que no todos pueden sostener). Es así que, enfrentados a las peores circunstancias, podrán volver a reír, a ejecutar música, a bailar, a hacer el amor, incluso en la más absoluta consciencia de que sus familiares más cercanos, amigos, conocidos, han sido asesinados allí mismo, junto a ellos, pocos días atrás. Tal vez por aquello de que la vida puede más. Las discusiones en torno a esto serán eternas.

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Ficha técnica


Título original: Escape from Sobibor

Reino Unido, 1987, 143 min.


Dirección: Jack Gold

Producción: Dennis E. Doty

Guion: Reginald Rose

Fotografía: Ernest Vincze

Música: Georges Delerue

Edición: Keith Palmer


Elenco: Alan Arkin (Leon Feldhendler), Rutger Hauer (Alexander “Sasha” Pechersky), Joanna Pacula (Luka), Emil Wolk (Samuel), Hartmut Becker (sargento Gustav Wagner), Jack Shepherd (Itzhak Lichtman), Simon Gregor (Shlomo Szmajzner), Eli Nathenson (Moses Szmajzner), Linal Haft (kapo Porchek), Jason Norman (Toivi Blatt), Robert Gwilym (Chaim Engel), Patti Love (Eda), Judith Sharp (Bajle)

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