Los documentales sobre crímenes reales son un formato que está a punto de “pegar la vuelta”. Constantemente las plataformas de contenido a demanda llenan sus catálogos de historias impactantes y dramáticas pero la velocidad con la que salen cada semana nuevos títulos muchas veces nos adormecen como espectadores.
Cada una de estas películas o series cuentan sobre gente real que fue víctima de injusticias que abren muchas preguntas. A través de estos relatos podemos reflexionar sobre los distintos sistemas de juicios alrededor del mundo, el rol de la prensa y cómo, muchas veces, los años que pasan habilitan nuevas lecturas de los hechos.
Uno de los casos más representativos de esto es el documental Los hermanos Menéndez, dirigido por el argentino Alejandro Hartmann, que ayudó a que un público masivo se abriera a una nueva mirada sobre el crimen de los hermanos hacia sus padres y hoy están cerca de poder pedir una libertad condicional por primera vez después de treinta años de vivir en prisión.
En este artículo comparto cuatro documentales que nos invitan a pensar sobre la relación entre la violencia contra las mujeres y los distintos actores sociales que forman parte de un ecosistema que colabora con que estas situaciones se reiteren en el tiempo.
De rockstar a asesino: El caso Cantat (Netflix)
Recientemente se estrenó en Netflix este documental que consta de tres episodios de aproximadamente cuarenta minutos cada uno. En él nos cuentan sobre una joven pareja entre un cantante y una actriz franceses que, un día, conmocionan a todo a su alrededor. Bertrand Cantat hace un llamado de urgencia porque golpeó a su novia, Marie Trintignant y ella quedó inconsciente.
Lo que ocurre después es lo que hoy conocemos como un caso claro de violencia de género, en ese momento no fue tan así. El caso sucedió en 2003 y, si bien parece estar cercano en el tiempo, podemos observar cómo se sostienen discursos como el del “crimen pasional” o la premisa de que un arranque de amor extremo es el que llevó al desenlace fatal.
La narración se da a partir de entrevistas de quienes cubrieron el caso en su momento. El cruce entre el material de archivo con los testimonios recientes dan cuenta de una contradicción que genera el contraste y lo incómodo de enfrentarse al pasado.
American Murder: Gabby Petito (Netflix)
Otro documental de tres episodios y de la misma duración que el anteriormente mencionado. En este caso conocemos a una joven pareja. Gabby tenía la aspiración de transformarse en una blogger que pudiera hacer videos sobre su vida de viaje en una casa rodante. Esta característica le brinda al documental un material singular y son los videos en crudo de esta experiencia en donde a veces podemos construir una porción de vida que, usualmente, no vemos por temas de edición. El mismo recurso del corte que constituye a cualquier audiovisual se pone en juego aquí. Si nos permitimos reflexionar sobre este punto que parece meramente formal, nos podemos detener a pensar en la construcción de una narrativa por parte de la edición audiovisual y cómo los recursos de este lenguaje pueden condicionar nuestra mirada de las cosas. En otras palabras: la vida de Gabby parecía feliz por cómo editaba los videos que hacía junto a su novio Brian. Pero esos mismos videos en este documental cuentan otra historia.
En términos de su impacto en temas de violencia de género, nos permite observar protocolos policiales en concreto y refleja la lucha de una familia por seguir cambiando los mecanismos de las instituciones para proteger a las mujeres antes de que la violencia sea irremediable. Y también podemos detenernos en el dato de que este crimen sucedió en el 2021, para seguir puntualizando en la cercanía temporal.
Gone girls: the Long Island serial killer (Netflix)
También en Netflix y con tres episodios, este documental recoge una investigación policial que tuvo muchas vueltas a lo largo de los años. En el 2010, a partir de la búsqueda de una mujer desaparecida, se da el hallazgo de múltiples víctimas sin identificar pero con muchos elementos en común, además del espacio en el que las abandonaron. ¿Qué nos invita a pensar este audiovisual?
Aquí tenemos el formato clásico del policial donde hay un misterio a resolver y una serie de pistas para unir los puntos. Pero que los mecanismos narrativos no nos hagan despistar del eje temático que expone: Gone girls: the Long Island serial killer muestra cómo la voluntad política puede ser determinante para la resolución de un caso. Para los relatos de ficción, siempre que haya un detective y una pista, el caso se tiene que poder resolver. A veces sólo parece depender de la inteligencia justa para dilucidar las piezas. Pero en la realidad, lo que se muestra es cómo el prejuicio y la discriminación son clave para que el Estado disponga o no de los recursos necesarios para detener a un responsable.
Otros documentales también trabajan sobre este tema, El destripador de Yorkshire es otro ejemplo. Cuando la población atacada es la que se considera indeseable o problemática, se destinan menos recursos. Muchas de las personas que habían desaparecido tenían un entorno que las buscaba y que había ofrecido información a las autoridades. Pero los esfuerzos fueron pocos, siempre prevalecía el creer que como se encontraban en la calle, era esperable que les pasaran cosas malas y que lo más probable es que ellas solas se hubieran ido. La sensibilidad de nuevas autoridades permitió grandes avances.
La síntesis de un problema
Los documentales tienen un gran potencial para generar una ventana al mundo. Las plataformas de streaming, y en especial Netflix, estrenan constantemente contenido en este formato. Pero hay que preguntarse si la sobreexplotación del formato está generando un adormecimiento frente a los acontecimientos que relatan.
Dieron en la tecla y lograron derribar en parte el prejuicio de que los documentales son esencialmente aburridos y solemnes, pero también están provocando un consumo poco reflexivo y exclusivamente apoyado en “que siempre haya un documental para ver” motivado por la curiosidad y el morbo, ¿pero invitan verdaderamente a una reflexión?
Es entendible que el asombro nos invada como espectadores, algo de esas historias increíbles (y algunas espantosas) nos convocan a ver lo desconocido de la esencia humana. Pero es importante promover una mirada profunda del documental y un compromiso mayor con el mundo que reflejan.
La mirada cinéfila de la ficción interpela al espectador a interiorizarse en los detalles de la realización, conocer cómo se hizo y ahondar en las búsquedas estéticas y formales de cada obra. Una película o una serie de de pronto genera un público masivo que se especializa en aquello que ve. Pero el documental en estos formatos parecen hechos y promocionados para ser descartables. Es posible revertir este efecto en cadena de ver uno detrás de otro sin digerirlos, justamente mediante la mirada activa que se detiene a pensar en los puntos clave que reflejan sobre nuestro contexto.
Unir puntos entre todo lo que vemos también es una forma de ejercitar al espectador comprometido. Así como se suelen asociar búsquedas narrativas y expresivas en la ficción, también se puede agrupar a distintos documentales según esas mismas intenciones y jerarquizarlos por su aporte a una mirada del mundo y a una mirada del cine documental. No solamente por si la historia es atrapante o no.



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