Elías. un superheroe retirado. 

El café humeaba en la taza de porcelana, empañando ligeramente las gafas de montura gruesa de Elías. Fuera de la ventana de su pequeña librería de segunda mano, la lluvia fina de Ciudad Gótica (o lo que quedaba de ella, ya sin el constante zumbido de los jets supersónicos o el estruendo de los combates) caía con una melancolía que solo los años pueden traer. Elías, antes conocido como "El Centinela", el hombre capaz de detener un tren con sus propias manos, ahora solo detenía las páginas de los libros al pasar.@Su compañera, que ahora respondía al nombre de Marta, pero que en sus días de gloria era "La Quimera", la maestra del camuflaje y la voz que podía calmar a una bestia o inducir el pánico más absoluto, clasificaba novelas románticas con una eficiencia casi robótica. Sus ojos, antes capaces de detectar un alfiler en un pajar, ahora buscaban erratas en las portadas.@"Otro día de paz", murmuró Elías, más para sí mismo que para Marta.@Marta suspiró, el sonido arrastrando el peso de décadas de batallas, sacrificios y, finalmente, la quietud. "La paz es aburrida, Elías. Recuerda lo que decían: 'un superhéroe sin un villano es solo un hombre en mallas'".@Elías soltó una risa seca. "Prefería las mallas a esta camisa de franela. Pero, ¿quién iba a pensar que el mayor villano sería la burocracia? O la edad".@La Liga de la Justicia, o lo que quedaba de ella tras la disolución formal, había sido un experimento fascinante. Héroes de todo el mundo, con poderes que desafiaban la lógica, se habían unido para proteger un planeta que, irónicamente, parecía esforzarse en autodestruirse por sí solo. Hubo glorias innegables: la aniquilación de la Armada K'tharr, la detención del General Caos, la desviación del meteorito de Apophis. Pero también hubo pérdidas, cicatrices invisibles y el cansancio acumulado de vivir siempre al borde del abismo.@La decisión de retirarse no fue unánime, pero fue inevitable. Las amenazas globales disminuyeron, la humanidad desarrolló defensas propias, y el costo de mantener a tantos individuos con habilidades extraordinarias, que no siempre encajaban en la vida civil, se hizo insostenible. Algunos se reinventaron, como Elías y Marta. Otros, como "El Relámpago", el hombre más rápido del mundo, abrieron una empresa de mensajería exprés. "La Sombra", la maestra del sigilo, ahora era una detective privada de éxito, aunque sus métodos a veces rozaban lo ilegal.@Pero no todos tuvieron la misma suerte. "El Coloso", el indestructible, cayó en una depresión profunda, incapaz de encontrar un propósito cuando no había nada que destruir o proteger a puño limpio. "La Hechicera", cuya magia había salvado reinos, ahora trabajaba como adivina en un circo itinerante, su poder verdadero reducido a trucos de salón para turistas. Elías había intentado ayudarlos, pero era difícil cuando las heridas eran internas, no el resultado de un puñetazo de un megalómano.@De repente, un estruendo metálico los sacó de su letargo. Un camión de reparto, al parecer, había chocado contra un poste de luz justo afuera de la librería. Marta se irguió instintivamente, sus músculos tensos, sus ojos escaneando la situación. Elías apretó los puños bajo el mostrador, sintiendo el viejo instinto de correr hacia el peligro, de levantar el camión, de...@"Espera", dijo Marta, su voz más suave de lo que había sido hace un momento. "Hay una ambulancia en camino. Y la policía".@Elías asintió lentamente, relajando sus manos. El impulso se desvaneció tan rápido como llegó. Era la nueva realidad. Eran solo Elías y Marta, los dueños de una librería. La gente común ya se encargaba de las cosas, y a menudo, lo hacían bastante bien.@"Sabes", dijo Elías, mirando el caos menor afuera, "extraño los días en que un camión chocando con un poste era lo de menos. Lo de menos en una semana donde salvábamos la galaxia dos veces y deteníamos una invasión alienígena antes del almuerzo".@Marta esbozó una pequeña sonrisa. "Sí, esos días eran algo. Pero, ¿sabes qué? No extraño la constante amenaza de muerte, la responsabilidad de millones de vidas en nuestras manos, la falta de sueño, la ropa interior de spandex que se encajaba en los lugares más incómodos..."@Elías rio de nuevo, esta vez con más genuinidad. "No te vayas por ese camino. Además, la ropa interior de spandex era una cuestión de comodidad funcional. Te daba libertad de movimiento".@Marta resopló. "Sí, claro. Y esa capa tuya que se enganchaba en todo era 'funcional' para que parecieras una cortina gigante".@La broma, tan antigua como su sociedad, trajo una ligereza a la librería. Los recuerdos de sus pasados heroicos se mezclaban con las pequeñas frustraciones y alegrías de su vida actual. Ya no salvaban el mundo, pero sí salvaban historias, las de otros, en los estantes polvorientos de su librería. Y tal vez, solo tal vez, eso era una forma de heroísmo también.@La lluvia afuera se hizo más fuerte, y el tintineo de la campana de la puerta anunció la llegada de un nuevo cliente. Un niño pequeño, con los ojos muy abiertos, entró, sosteniendo un cómic de superhéroes gastado.@"Disculpe", dijo el niño, su voz apenas un susurro. "¿Tiene alguna historia sobre 'El Centinela'?"@Elías y Marta se miraron. En sus ojos, no había ni un rastro de la fatiga del retiro, solo un brillo fugaz de la gloria pasada.@"Claro que sí, chico", dijo Elías, su voz sorprendentemente firme. "Tenemos muchas historias. Pero las mejores... las mejores aún están por escribirse."@Y mientras el niño se perdía entre los estantes, Elías y Marta volvieron a sus tareas, sabiendo que, aunque los días de las capas y las batallas épicas habían terminado, el espíritu de la aventura y la protección de lo bueno nunca realmente se retiraba. Simplemente encontraba nuevas formas de manifestarse.

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