Serendipia 

Era viernes. Llovía como llueven las penas cuando el alma se resquebraja sin consuelo,
como si el cielo mismo llorara por Buenos Aires, bañando a la eterna avenida Rivadavia con una pasión empapada de nostalgia.

Mis borcegos, fieles soldados de mil batallas urbanas, rebalsaban de agua, una marea sucia y fría que ascendía desde el asfalto hacia mi pecho. Ni siquiera mis lágrimas, acumuladas en silencios que nadie escuchó, podrían competir con la magnitud de esa tormenta.

Debo ser sincero, me hallaba atrapado en la tempestad de mi propia mente, en la espiral de decisiones tan torcidas como el reflejo de los faroles en los charcos. Un caos de pensamientos deshilachados, una danza de tiempos rotos que ya no sabía cómo ordenar. Y entonces, el destino, ese director sin guion, decidió hacer su entrada.

Ahí, en la antesala del Cine Gaumont, una multitud de rostros sonrientes se abrigaba bajo paraguas invisibles:
eran de esos que no temen mojarse si la lluvia los encuentra soñando. Gente de aura culta, como si cada mirada contuviera el guion de una vida aún no filmada.


Me detuve. Dije, ¿Qué más podía perder si ya me sentía vacío? ¿Lanzarme al mar de lo incierto no era ya mi estado natural?

Entonces, me quité el barro de los borcegos, como quien deja el pasado en la vereda, y avancé.

Fue entonces cuando él apareció, con el pelo ondulado por el viento y los ojos cubiertos por unos anteojos que en su reflejo veía futuro. Una versión futura de mí mismo, tal vez. Un espectro del "yo" que aún no me atrevía a ser.

—Hola, ¿estás bien? ¿Querés pasar hasta que pare un poco la lluvia?
Y ya que estamos… ¿te gusta el cine? Este es mi festival. Podés venir si querés — dijo con una voz que abría puertas sin llaves.

—Me llamo Franco, pero podés decirme Pepe.

No era una invitación. Era una rendija abierta al universo.

Entré. Y el mundo cambió.

Cortos que eran sueños comprimidos. Historias que dolían como verdades y sanaban como abrazos. Risas compartidas con desconocidos que, por un instante, se volvieron familia. Presencias estelares, sí, pero lo verdaderamente brillante era la entrega.
La pasión. La comunión de almas bajo un mismo techo que no juzgaba, sino que mostraba.

En un momento, entre el final de un corto y el inicio de algo más grande, le pregunté a Pepe por qué hacía todo eso. Para mi sorpresa, me respondió con la serenidad de quien ya encontró su propósito:

—Porque amo ver lo que produzco. Pero más amor me produce el esfuerzo por resaltar el contenido de los demás.

Fue entonces cuando entendí. No estaba en un cine. Estaba dentro de algo trascendentalmente épico. Un capítulo inesperado de mi propia novela. Y mientras afuera la lluvia persistía, adentro se encendía la luz de un proyector, marcando el comienzo de un nuevo acto.

Porque a veces, cuando todo parece perdido, el arte nos rescata. Y nosotros, sin saberlo, también lo salvamos a él.

Así fue como, en medio de la tormenta, con los pies empapados y el alma en carne viva, me convertí en protagonista. Y Buenos Aires… Buenos Aires fue la pantalla. La lluvia, la banda sonora. Y el cine, el destino al que siempre estuve yendo sin saberlo.

— Hasta la próxima “ENERC se proyecta” — me susurró. Y yo, con una mano en el corazón y con mis sentimientos en flor, supe que tenía la respuesta antes de su invitación.

Para: ENERC

Atte.

Tomás Soto

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