Vuelve el espia definitivo | Saga Mision imposible | MI7 | Migue Calabria | Sentido Critico 

En un mundo donde las franquicias de acción se retuercen sobre sí mismas hasta desfigurar su ADN original, donde el exceso no tiene freno y la lógica suele ser la primera víctima en el altar del entretenimiento, Misión Imposible sigue siendo una anomalía fascinante. No por moderada, claro está. Si algo no es esta séptima entrega es moderada Aun así, Sentencia Mortal (parte 1) es la confirmación de que se puede coquetear con el absurdo sin abrazarlo por completo, mantener la adrenalina por las nubes sin despegar los pies del todo del suelo.

Acá no hay autos en el espacio ni viajes en el tiempo por agujeros cuánticos. Hay trenes, motos, paracaídas, cuchillos, trajes, bombas, sobre todo hay una certeza: nadie ama más su franquicia que Tom Cruise. Nadie.

Desde el primer frame, la película “huele” a clímax. Aunque sabemos que este es sólo el “primer capítulo” del gran final, todo está tratado con solemnidad cinematográfica, como si se tratara de una ópera de acción. Acá no se improvisa, todo es coreografiado, cronometrado a la medida y esa es quizás su mayor virtud: lograr que una sucesión demencial de acrobacias imposibles parezca orgánica, incluso necesaria.

La trama, aunque más densa que en entregas anteriores, se sostiene con firmeza. Un algoritmo inteligente, llamado "La Entidad", amenaza con volverse autónomo y desestabilizar el orden mundial, dispara una serie de persecuciones, traiciones y alianzas frágiles que hacen recordar al mejor cine de espionaje clásico, adaptado al vértigo digital de nuestra era. Lo que en los sesenta era una amenaza soviética, hoy es una IA desbocada. El enemigo cambia de rostro, pero la esencia permanece: paranoia global, desconfianza institucional, el bien y el mal diseminándose en zonas grises. Pero ahí está Ethan Hunt, como siempre, haciendo equilibrio sobre ese abismo moral con una determinación casi suicida.

Pero ojo, que nadie se confunda: si bien el guión tiene capas y el subtexto habla de temas inquietantes (la manipulación de la información, la fragilidad de las democracias, el fin de la privacidad), la cinta jamás olvida lo que vino a hacer: Esto es acción de la buena, de la vieja escuela, stunts reales, tomas amplias, montajes limpios, no hay corte cada tres segundos para ocultar la falta de destreza, acá se ve todo y no solo eso, Tom Cruise lo hace todo: Corre como si tuviera veinte años, salta desde un acantilado con moto incluida, pelea en un pasillo angosto con una violencia cruda, muy física, y la cámara lo sigue con devoción, como quien filma a un mártir en pleno sacrificio.

El trabajo de Christopher McQuarrie desde la dirección es, curiosamente, tan invisible como eficaz: No hay ego en sus planos, no hay capricho estético, todo está al servicio del ritmo y del suspense. Hay decisiones de puesta en escena que podrían analizarse plano por plano: la escena del tren es un prodigio de tensión sostenida. El montaje paralelo en la secuencia del aeropuerto, donde convergen múltiples líneas narrativas con exactitud de relojero, merece aplausos. Incluso el manejo del fuera de campo, especialmente cuando se insinúa el poder intangible de “la Entidad”, es sutil y efectivo. Nada está colocado o hecho al azar.

El elenco secundario cumple su rol con profesionalismo y entrega. Rebecca Ferguson vuelve a imponer presencia con su Ilsa, aunque su participación sabe a poco. Hayley Atwell se roba varias escenas con un personaje ambiguo, que suma frescura y dinamismo a la dinámica grupal. Simon Pegg y Ving Rhames siguen siendo los fieles escuderos, y Shea Whigham –siempre solvente– aporta esa cuota de burocracia estatal con rostro humano. Nadie sobresale porque nadie lo necesita: esta es la película de Tom y todos lo saben.

La música de Lorne Balfe refuerza la épica sin caer en grandilocuencias vacías. El leitmotiv de la saga suena justo cuando tiene que sonar, como una señal de que la misión sigue vigente, que todavía hay esperanza en el caos. La fotografía, a cargo de Fraser Taggart, alterna postales europeas (Venecia, Roma, los Alpes) con interiores claustrofóbicos que realzan la sensación de encierro y desorientación. Se nota el presupuesto, pero también se nota el criterio. No hay CGI desmedido ni fondos generados por inteligencia artificial, acá se filmó en locaciones reales, con cámaras reales, con viento, con polvo y con peligro.

Ahora bien, ¿es perfecta? No. Hay momentos donde el metraje se estira un poco más de lo necesario, los que me conocen saben que no hay nada que aprecie más que la habilidad de resumir producciones cuando es necesario. Ciertas exposiciones podrían haberse resuelto con menos diálogo y más imagen, algunos personajes entran y salen sin demasiada explicación, lo cual hace que el drama emocional no siempre tenga el peso que debería. Al tratarse de una “Parte 1”, hay una inevitable sensación de incompletud, de historia suspendida en el aire, que quizás se compense recién en la próxima entrega pero nada de eso empaña el resultado general.

Lo más destacable de la película es que, a pesar de la escala monumental de su producción, nunca pierde el foco. La franquicia entendió dónde trazar la línea: No se fue a la estratósfera, no cruzó portales ni se convirtió en caricatura. Si, te estoy hablando a vos Rápido y Furioso, que terminaste mutando en una parodia de vos misma. La franquicia de Misión Imposible logró mantenerse fiel a sus principios: acción práctica, narrativa clara, personajes coherentes, riesgos reales y eso, en estos tiempos de saturación visual y narrativa, es casi revolucionario.

Tom Cruise no es un actor más, es una institución dentro del genero, una figura que, guste o no, se convirtió en el último héroe de acción clásico que aún queda en pie. Uno que no necesita trajes con CGI ni dobles de riesgo en cada plano. Su entrega a la saga es tan extrema que por momentos roza la locura pero es una locura noble, contagiosa, una que nace del amor al cine como espectáculo.

Esta cinta, más que una acumulación, es una destilación, una especie de greatest hits que no vive del pasado, sino que lo resignifica y lo eleva. Un prólogo glorioso para el final que se viene prontamente. Si esta es la antesala del cierre, no quiero ni imaginar lo que se viene aunque, en el fondo, sé exactamente lo que quiero: que Tom vuelva a correr, que corra hasta que no quede mundo por salvar.

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