Un hombre dispara desde una trinchera a un enemigo al que no ve. La escena transcurre en 1982, durante la guerra de Malvinas, en alguna de las islas en disputa en el sur del Mar Argentino. Estamos ante el cortometraje Guarisove, los olvidados, que Bruno Stagnaro filmó en 1995 y marcó el comienzo de su carrera como realizador.
Un hombre dispara desde una trinchera a un enemigo al que no ve. Esta otra escena transcurre en un futuro próximo y es parte de El Eternauta, la producción que Netflix estrenó en 2025 y marca el punto más alto en términos de repercusión nacional e internacional en la carrera de Stagnaro, esa que comenzó hace exactamente 30 años.

Tres décadas pasaron entre unos y otros tiros, entre unos y otros héroes más o menos anónimos. Uno al sur del sur, el otro en el conurbano bonaerense, en los bordes de la Ciudad de Buenos Aires.
Es un buen cuento de Malvinas el corto debut de Stagnaro, que eligió a los losers de los losers como protagonistas. A los pibes que pelearon con armas de poca monta, con pólvora gastada, pero ni siquiera se enteraron de que la guerra estaba terminada. Como la patrulla perdida que retrató Werner Herzog en su libro En el crepúsculo del mundo, aquel en el que retrató al soldado japonés Hiroo Onoda, quien continuó atrincherado en una isla durante 20 años tras el fin de la II Guerra Mundial, porque nadie le avisó que había finalizado.
Entre otros aciertos, el cortometraje de Stagnaro exhibe la voluntad de retratar marcas de fábrica de la argentinidad. Y lo hace bien, en forma de grajeas de lo que vendría a lo largo de su filmografía.
—War is over —les dice un aldeano malvinense a los soldados con delay que insisten en que el conflicto continúa.
—Guarisove las pelotas, viejo. ¿Quién te creés que sos, John Lennon? —le responde el militar a cargo del pequeño pelotón perdido, a cargo de un joven y certero Claudio Rissi.
Desde los márgenes de una guerra en el culo del mundo, Stagnaro pasó, dos años después, a darle a la internacional cinéfila la película que representa el primer disparo del denominado nuevo cine argentino. Junto a Israel Adrián Caetano crearon una representación fiel de un país que empezaba a descomponerse en todos los órdenes y tenía a las calles de Buenos Aires como la postal del lado B de la Argentina que en ese entonces vivía la ensoñación de dialogar de igual a igual con las grandes potencias del mundo.
Pizza, birra, faso (1997) fue la consagración de la dupla de realizadores (guion y dirección por cuenta de ambos), al tiempo que el debut de ambos en largometrajes. Además del reconocimiento en la Argentina, que fue unánime entre la crítica (se quedó con cuatro premios Cóndor de Plata otorgados por la Asociación de Cronistas Cinematográficos), el film obtuvo el Gran Prix y el Premio FIPRESCI en el Festival Internacional de Cine de Friburgo (Suiza), además del Kikito de Oro a la mejor película, mejor director y mejor guion en el Festival de Cine de Gramado (Brasil).

En este y en todos los trabajos siguientes por parte de Bruno Stagnaro, el vértigo en las secuencias de acción, el humor callejero en los diálogos y cierto subrayado de la argentinidad (si es que existiera tal cosa de forma no romantizada, pero permitámonos el término) en el trazo de los personajes, fueron marca de fábrica del cine del realizador. El tipo estableció de este modo su propia transversalidad, su ética de director.
Si los personajes de Pizza, birra, faso hubieran tenido otra oportunidad, muy probablemente habrían recalado en los amplios ambientes de la casa que fue excluyente en el audiovisual del nuevo siglo. Hablamos de Okupas (2000). Ricardo (Rodrigo de la Serna), El Pollo (Diego Alonso), Walter (Ariel Staltari) y El Chiqui (Franco Tirri) nos dieron un baldazo de atorrantismo porteño cruzado con lo mejor de la empatía que suele (o solía) ser parte de la estructura genética de los seres que habitan la pampa húmeda y aledaños.

La radicalización de la decadencia en la Argentina de fines del siglo XX (pobreza en crecimiento, desocupación, salarios enterrados en el fondo del mar, corrupción estructural en el poder) tuvo en Okupas una postal audiovisual con enclave en lo que sucedía por debajo de la línea de flotación de la clase media. Los barrios bajos, el margen, la marihuana como estatus en un contexto en el que el “paco” (versión argentina del crack) empezaba a ser protagonista de la realidad de miles de pobres e indigentes. Okupas fue una historia de aventuras en la ciudad de la furia, una caravana narrativa del lumpen proletariado-sin-empleo en clave juvenil.
Por esta serie, Bruno Stagnaro fue galardonado con el premio Martín Fierro (el favorito del star system de los medios) al mejor director de televisión. Pero no, no se lo dieron.
En 2021 Netflix reestrenó la serie en formato remasterizado. Fue un éxito y, en paralelo, habilitó el aterrizaje de su creador en el proyecto Eternauta, producido por la misma plataforma.
Historias de Argentina en vivo (2001). Bruno Stagnaro dirigió uno de los 13 cortos que formaron parte de este documental coral (que contó con nombres detrás de cámara como Israel Adrián Caetano, Jorge Polaco, Albertina Carri, Andrés Di Tella, Gustavo Postiglione, entre otros) en torno a músicas y músicos en vivo. Sin embargo, el trabajo de BS fue, como ninguno del tándem, un ensayo ficcionalizado sobre el fantasma del fan killer. De John Lennon (otra vez Lennon) al Bahiano, el entonces cantante de Los Pericos.
—Vine nada más que para cogérmelo.
—¿A quién?
—Al Bahiano, a quién va a ser? Siempre me lo quise coger y me lo voy a coger. Me lo cojo o lo mato.
Stagnaro cuenta en diez minutos una historia en la que la música es excusa para la ficción. El ritual de la banana y las pupilas lejanas como columna vertebral de un tiro del final mezclado de polvo, ruta y pulsiones al margen, otra vez al margen.
Al especial televisivo Hoy me desperté (2006) para la Fundación Huésped (que lucha contra el SIDA en Argentina desde hace décadas), Stagnaro sumó ese mismo año, entre encargos publicitarios y otros menesteres, dos episodios de la elogiada miniserie argentino-española Vientos de agua, creada y mayormente realizada por Juan José Campanella.

En 2009 volvió a la televisión con un proyecto del que se encargó en su totalidad, aunque no fuera propio. Se trató de la miniserie Impostores, que tenía un elenco con pesos pesados de la pantalla grande argentina: Leonardo Sbaraglia, Federico Luppi y Leticia Brédice. Sin embargo, el proyecto en torno a un grupo de estafadores liderados por un reo en celda VIP, producido por la señal de cable FX, fracasó de forma estrepitosa.
“La serie pasó sin pena ni gloria, fue una mala experiencia. Por primera vez en mi vida sufrí por el hecho de no estar en igualdad de condiciones: los productores me pasaban por arriba y desde ahí decidí que nunca más iba a trabajar en ese tipo de relación de dependencia. De todos modos rescato algo positivo: esa serie fue bastante imperceptible y eso para mí fue bueno. Después del éxito de Okupas y esa presión que me había generado, hacer algo intrascendente me alivió, me hizo bien.”
(Bruno Stagnaro a revista La Vaca, 2017)

El canal estatal de cable Encuentro fue base de operaciones de Stagnaro durante un tiempo en el que realizó series y producciones especiales, entre ellas una dedicada al sistema educativo del país (Escuelas argentinas, 2009) y una sobre las islas del sur (Un viaje a Malvinas, 2016).
En 2017 apareció un nueva parada de éxito en la biografía de Bruno Stagnaro: Un gallo para Esculapio, serie que contó con una primera temporada extraordinaria y una gran continuación. La historia estaba centrada en el derrotero de un chico humilde, del interior profundo de la Argentina, que viaja hasta la provincia de Buenos Aires con un gallo de riña para su hermano. Las cosas se salen de control y entra en juego el jefe de una banda de delincuentes dedicada al robo en las rutas (“piratas del asfalto” es la denominación poética con la que se los conoce en Argentina) y un zoológico de pendencieros y criminales de toda laya.

El elenco de Un gallo para Esculapio cuenta con nombres como Luis Brandoni (el capo de la mafia rutera, una de sus mejores interpretaciones), Julieta Ortega, Luis Luque y el protagonista, Peter Lanzani, también descollante.
La serie recibió 27 premios y 51 nominaciones en Argentina y el resto del mundo.
Pasó casi una década desde el gallo y su universo humano hasta la bomba nuclear viral que es El Eternauta (2025). Vaya que valió la pena la espera.
Pese a la posición inclaudicable de los puristas (perdónalos, Lumiere, no saben lo que hacen) la adaptación televisiva de la historieta de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López firmada en 1957 es todo lo que los lectores de cómics argentinos y los espectadores militantes de la producción audiovisual del país podían desear.
Y, otra vez, como en la fosa de Guarisove, como en las ranchadas de Pizza, birra, faso, como en la casa de Okupas, como en los escondites de Un gallo para Esculapio, en la ficción ambientada en una Buenos Aires posapocalíptica también hay trincheras, grandes, con forma de shopping o de departamento, pero las hay. El cine tiene sus trincheras y Stagnaro encontró la suya en el relato de quienes las ocupan de forma momentánea.
Financiada, producida y estrenada en todo el mundo por Netflix, El Eternauta se filmó en locaciones de la Argentina y estudios locales de alta tecnología en los que la Inteligencia Artificial ocupó un lugar técnico excluyente.
Todo lo que se ha escrito sobre la versión Stagnaro de El Eternauta es solo una parte de la cosmogonía que se construyó en torno a su personaje central, Juan Salvo, y sus compañeros de relato a lo largo de décadas en la cultura argentina. Historieta por entregas devenida en novela gráfica de culto, proyecto cinematográfico que quedó en el camino varias veces (con nombres como Lucrecia Martel, Adolfo Aristarin o Adrián Caetano que quedaron en el camino) y, finalmente, serie de streaming que saltó a la gloria el mismo día de su estreno. Stagnaro, con su currículum previo, con su exitoso recorrido, con su nube de ideas atravesadas por el perfil narrativo de una Argentina omnipresente, es parte de la leyenda viva del personaje y su contexto político. Lo mejor de todo es que, con 51 años encima, todavía le falta un buen camino por recorrer a Bruno Stagnaro, y no solo la secuela de esta serie.



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