Crítica en retrospectiva: Chicago (Rob Marshall, 2002) Spoilers

En Chicago (Rob Marshall, 2002), Roxie Hart (Renée Zellweger), una ama de casa aburrida, pero con aspiraciones de estrella, asesina a su amante Fred (Dominic West). De la noche a la mañana, Roxie se vuelve una cara conocida que deberá disputarse la atención del momento con la también asesina notoria Velma Kelly (Catherine Zeta-Jones), mientras intenta salir de prisión con el apoyo del sórdido abogado Billy Flynn (Richard Gere).

¿Quién dijo que el crimen no paga? En el Chicago de los años veinte ciertamente sí: La Ley Seca no solo no logró controlar el consumo de alcohol, sino que disparó su lucrativo contrabando ilegal; el asesinato, secuestro, robo de bancos y un sinfón de delitos aumentaron tanto en cantidad, como las arcas del crimen organizado; y la mafia, cuya cabeza más notoria fue Al Capone, hacía correr el dinero en las calles hasta los bolsillos de abogados, jueces, políticos, criminales y policías. El otro lado de Chicago, el más luminoso, pero que iba igual de la mano con el oscuro, era aquel de los teatros, y los clubes de jazz y vodevil. Y el legendario Teatro Chicago fue el nirvana de los artistas de la época; todos querían presentarse allá, pero no cualquiera podía.

Parada en el medio de esta orgía de celebridades, música y crímenes está la fantasiosa Roxie, quien busca como sea un chance para demostrar su talento. La noche en que ve a la infame Velma cantar All That Jazz, poco después de que esta haya asesinado a su esposo y hermana, sueña con ser como ella. Un mes más tarde, en un giro irónico del destino, Roxie también asesinará por rencor a su mentiroso amante y se convertirá en una celebridad similar a su futura némesis. Así inicia el meteórico ascenso de Roxie, que asimismo pasa de ser una ingenua a una mujer fatal.

No obstante, la trama de Roxie tiene un deje de patetismo innegable, puesto que se hace famosa en la cárcel por un crimen pasional, mas no por su talento en el mundo exterior; es una celebridad, pero no una estrella. Su paso por los tabloides solo se mantiene mientras le da algo a su público o se acaba cuando alguien más comete un crimen igual o peor. Una visión retorcida del mundo del espectáculo, pero certera, encarnada también por Velma.

Cuando vemos por primera vez a Velma, no hay dudas de que ya tiene un recorrido nada despreciable en el mundo del espectáculo musical; hasta el asesinato parece sentarle bien o, al menos, se siente cómoda con él; y la atención de los medios y el público lo es todo para ella. No solo conoce qué juego está jugando, sino que disfruta con él; entiende los entresijos de la fama; y sabe cómo usar a los demás. Más adelante, Roxie aprenderá de ella con rapidez y a las malas. Una curiosidad: para la célebre obra homónima de 1926 en que se basa la película, la dramaturga Maurine Dallas Watkins se inspiró en las asesinas reales Belulah Annan y Belva Gaetner para crear a Roxie y Velma, respectivamente.

Así pues, en la línea del género musical cinematográfico, Chicago trata acerca de dos personajes opuestos que no se llevan bien, pero deberán aprender a trabajar juntos para salir adelante: Roxie es rubia; Velma, morena. La primera tiene una mirada angelical; la segunda, diabólica. Roxie tiene un estilo más clásico; Velma, más desenfrenado. Una es soñadora; la otra tiene los pies más sobre la tierra. Aunque ninguna de las dos se soporta, cuando se trata del dinero, la fama y la música, el odio no debe ser ningún inconveniente, como dice Velma casi al final. En otras palabras, si bien esta no es una típica historia de amor propia de los musicales, sí es la de una pareja improbable de asesinas con una meta en común, por lo cual es un musical revisionista del mismo género.

Pero Chicago también es una historia sobre mujeres afligidas, vejadas y, sobre todo, vengativas, aquellas que no se escuchan mucho en las noticias, pero sin lugar a dudas siempre han existido. Unas son víctimas de engaños; otras engañan igualmente. Los problemas alcanzan a algunas; las demás más bien los buscan. Y todas (o casi, por lo menos) ―como las del Cell Block Tango, una de las mejores canciones de la película― se abren a paso en la vida a punta de balas, cuchillos o venenos, por lo cual son asesinas despiadadas sin importar qué tanto se declaren inocentes; eso sí, la película ni busca condenarlas como tal ni tampoco justificarlas. Y Roxie y Velma las representan a todas a su estilo.

Parecidas a sus personajes, Zellweger y Zeta-Jones brillan a su manera. La primera es encantadora y su voz es melodiosa; la mayoría de sus números son lentos, pero sensuales, y queda claro que es una actriz que se adapta a cualquier género, ya sea comedia, musical o drama. La segunda tiene una presencia magnética y perversa, y sus portentosos movimientos corporales y fuerte voz hacen pensar que ha sido cantante y bailarina desde siempre.

El resto del elenco también es sobresaliente: Queen Latifah como Mamá Morton es imponente y seductora; Richard Gere hace de Billy un abogado convincentemente corrupto y atractivo; y John C. Reilly logra que el público sienta verdadera compasión por el desafortunado e ingenuo esposo de Roxie, Amos Hart. El reparto lo cierran Christine Baranski, como la reportera amarillista Mary Sunshine, y Lucy Liu, en el breve papel de la asesina Kitty Baxter, quienes sin importar que estén en roles protagónicos, de reparto o apariciones especiales, siempre consiguen elevar un poco más a sus compañeros de actuación.

Incluso, todos los personajes ―principales o secundarios― son unos desgraciados, hipócritas y corrompidos. Roxie y Velma no se arrepienten de haber asesinado; Mamá Morton solo ayuda a las prisioneras por dinero; Billy es un “tiburón”, un descarado, que manipula a la prensa y la corte a su antojo; Mary solo le preocupa tener la primicia; y Kitty es aún más salvaje que las dos primeras en los pocos minutos que sale. Solo se salva Amos, el único personaje realmente bueno del conjunto, aunque su ingenuidad haga de él un pobre diablo lastimero.

En cualquier caso, los personajes y sus intérpretes brillan en distintos números espectaculares, entre los que destacan el antedicho Cell Block Tango, When You´re Good To Mama, Razzle Dazzle y Nowadays, que convierten a Chicago en uno de sus raros musicales que no tienen ni una canción mala o aburrida y, además, es una obra de arte auténtica. Dicho sea de paso, la música es obra de John Kander, quien había compuesto los temas de Cabaret (Bob Fosse, 1966) y Funny Lady (Herbert Ross, 1975), y con Chicago demostró una vez más su maestría para este género del cine.

Pero las canciones no solo son buenas por el ritmo, sino también por el contenido de las letras que están en completa armonía con el guion de Bill Condon. Ambos, letras y diálogos, son mordaces, críticos con la sociedad que adora a ciertas celebridades y están cargados de un humor negro delicioso; por ejemplo, cuando Billy llama al mundo un circo o Mama Morton dice “En esta ciudad, los asesinatos son parte del entretenimiento”, dan en el clavo al señalar que el crimen vende y mucho. En retrospectiva, Rob Marshall tradujo toda esta decadencia en un espectáculo grandioso difícilmente superable, con ecos de los musicales de antaño, pero con un ímpetu propio del siglo XXI.

Al final, Roxie y Velma salen de la cárcel por una treta de Billy. Pero en el mundo real se encuentran con lo inevitable: nadie quiere saber nada de ellas porque su tiempo expiró. En un giro que, a juzgar por varios detalles, se puede interpretar como uno de los números imaginarios de Roxie, las dos salen cantando con ímpetu en el Teatro Chicago, mientras se escuchan los aplausos efusivos de los espectadores. Si este momento es real o no es lo de menos, porque el mensaje es claro: en el mundo del espectáculo siempre habrá alguien dispuesto a vender su alma por ser famoso. Y el público siempre querrá comprar un pedazo de ella.

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