En Busca del Diablo 

I went down to the crossroads, fell down on my knees…

Robert Johnson (1911-1938) es considerado el padre del blues. A pesar de que toda su carrera duró apenas siete meses, de que solo grabó aproximadamente 29 canciones y en solo dos sesiones de grabación, hoy por hoy se ha convertido en una leyenda, figura clave de todo un género musical que incluye a figuras como Howlin’ Wolf (1910-1976), Muddy Waters (1913-1983), Son House (1902-1988), B.B. King (1925-2015), y a otros más contemporáneos como Taj Mahal, Eric Clapton, Joe Bonamassa, Kenny Wayne Shepard o Jonny Lang; todos, de alguna forma u otra, le deben algo al misterioso Johnson.

Parte del mito de este virtuoso de la guitarra también se debe a las leyendas urbanas que se han tejido alrededor suyo. Vivió una vida errante recorriendo el Mississippi y no hay muchos registros de él; es más, solo han sobrevivido dos fotografías. Una de las leyendas más repetidas es la que cuenta que para ser uno de los mejores guitarristas de la historia, Johnson se reunió con el diablo en un cruce de carreteras y le vendió su alma a cambio de talento. Al escuchar sus canciones, con su voz lastimera y resquebrajada, es fácil creer que Robert Johnson vivía atormentado por su Fáustico pacto con Satanás, siempre atemorizado pensando que esa nube negra lo perseguía; su temprana y abrupta muerte no ha hecho más que alimentar la historia.

El mito del pacto con el diablo se ha vuelto ya parte de la cultura popular, especifícamente del folclor y cultura del sur de Estados Unidos. Un relato que va de la mano con una región que vio nacer a los blues y donde la gente suele ser muy religiosa y espiritual. La leyenda dio pie a la genial Crossroads (1986) de Walter Hill, con Ralph “Daniel-san” Macchio enfrentado en un duelo de guitarras con Steve Vai, el enviado de Satanás (Macchio solo gana ese duelo porque el guión dice que debe hacerlo); al cortometraje The Hire: Beat The Devil (2002) de Tony Scott, con Clive Owen en una carrera contra el diablo de Gary Oldman para recuperar el alma de James Brown; y a buena parte de la producción de blues del último siglo. Y ahora, la tradición sigue viva con The Devil And The Daylong Brothers de Brandon McCormick, que de nuevo nos lleva a ese fatídico cruce de carretera.

Las almas en este caso pertenecen a los tres hermanos del título, recorriendo caminos a bordo de un Chrysler Imperial del 58 llamado afectuosamente Gracie, recolectando almas condenadas para Satanás para poder recuperar las suyas y al mismo tiempo dar con el desnaturalizado padre que las vendió cuando eran bebés y cobrar venganza. Una historia inmersa en un subgénero que se conoce como Southern Gothic: personajes fallidos en situaciones de pobreza espiritual y económica, condenados por un pasado de esclavitud, racismo y un temor infundado hacia lo foráneo; el blues es un género nacido de la comunidad afroamericana, fue en un principio una manera de comunicar sus penurias tras su emancipación luego de años de esclavitud y el que acá sea un hombre blanco el que está dispuesto a apropiarse de esa música (y sacrificar a sus propios hijos para hacer un trato con el diablo) ya dice mucho.

Siendo este folclor tan intímamente ligado al blues, lo que más resalta de The Devil And The Daylong Brothers es que se trata de un musical; los tres hermanos cantan en medio de balaceras y justo antes de ejecutar a un desafortunado pecador. Dado el tibio recibimiento que (inexplicablemente) tienen los musicales en esta parte del mundo, muchos cerrarán esta ventana sin mirar atrás. Pero aquí no hay números musicales fastuosos y sobreproducidos tipo las grandes producciones de la MGM; son canciones del blues en su forma más pura, solo guitarras y voces lastimeras expresando los sentimientos propios de su entorno; una de esas bandas sonoras pegajosas que tienen a uno marcando ritmo. Esto apropiadamente le da a esta película un aire de fábula, de mitos, de folclor; si no echa mano de elementos más fantásticos, eso tal vez pueda explicarse por un presupuesto limitado.

Más de un diálogo revuelve alrededor de los conceptos del perdón y la redención; el sur de EE.UU siempre ha sido mostrado en cine como un lugar altamente espiritual, donde predicadores sueltan sermones al ritmo de los coros de gospel mientras los feligreses siguen los preceptos de la Biblia al pie de la letra; muy alejado del típico retrato de rednecks con camisas de leñador, gorras Caterpillar y camionetas con tolva, tipo Cletus de Los Simpson. Estos no son personajes precisamente realistas; en su sed de venganza, los hermanos se asemejan a veces a figuras de novela gráfica, de comic y todo tiene la energía de una fantasía, pero se nota que Brandon McCormick y su equipo están familiarizados con esta realidad y la han vivido, con su folclor y mitos y leyendas intactos. Esta es una película que nos sumerge en esta nueva cultura, todo al ritmo del blues. Es una de las cintas más originales del año y que definitivamente, todos deberían ver, o por lo menos, los que disfrutan de un buen y aguardientoso riff de blues y rock.

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