Cuando Joaquín Phoenix protagonizó El Joker, causó una revolución no sólo en las películas del género de superhéroes y de supervillanos, sino que lo hizo también, sobre las maneras que había hasta entonces, de darle vida a los conflictos internos de esto personajes. Phoenix humanizó de una forma tan creíble y convincente, tan formidable y embriagante, a este legendario enemigo de Batman, transportándolo kafkianamente hacia la conversión en una nueva categoría de lo que entendemos por héroe. Sí, con sus particularidades y desequilibrios mentales; un héroe que disfruta del caos precisamente porque entiende que él mismo es producto del ruido y de la confusión que genera el caótico ambiente. El joker es el hijo bastardo de las sociedades modernas, corruptas casi por imposición e hipócritas hasta el patetismo de siempre desear deshacernos de lo que no nos gusta, de lo que no comprendemos, o de todo lo que se nos hace extraño. Phoenix entendió el verdadero origen del villano que encarnaba y que así, como asesinó a Flanklin Murray interpretado por Robert De Niro, bien pudo haber puesto una bomba en cualquier calle de Nueva York, o haber ido a clases armado hasta los dientes a su escuela y disparar contra todo lo que se moviera, o bien, pudo también haber conformado una banda delincuencial de alcance trasnacional dedicada al narcotráfico, a la trata personas o a la explotación sexual de menores. Lo que quiero decir, es que el Guasón pudo haber encontrado refugio en cualquiera de las partes y en cualquiera de las formas en la que la marginalidad suele transformarse para recibir a sus resignados adeptos en nuestras sociedades contemporáneas, y lo mejor, que cualquiera de nosotros podría ser el mismísimo Arthur Fleck. ¿Pero, cómo diablos Joaquín Phoenix entendió la forma de darle vida a tan humano personaje?
Parece complejo hacer que un villano termine convirtiéndose en un ser querido, comprendido y en ocasiones, hasta justificado en sus acciones por gran parte del público, pero aquella complejitud se desenreda por sí sola al observar con detenimiento la trayectoria actoral de Phoenix. Trayectoria que, en mi juicio, resulta no solamente extensa y sinuosa, sino con un marcado aumento de esfuerzo dramático por parte del actor. No tengo manera de comprobar que Joaquín Phoenix haya sido totalmente consciente en la elección de los personajes que ha interpretado desde que era un niño en la pantalla chica, pero dicha elección, consciente o no tanto, refleja claramente una evolución de las complejidades de los personajes y, por ende, de las capacidades actorales de Phoenix. Desde Space camp (1986), pasando con sutiles retos actorales, To die for (1995) Inventing the Abbotts (1997) Return to paradise (1998) en la que, con unos pocos minutos bajo el lente, bastó para conmovernos con la desdicha vivida por su personaje. Desde entonces, sus actuaciones comienzan a inclinarse hacia personajes más oscuros, aunque de muy mala suerte, como Max California a quien interpretó junto a Nicolas Cage en la película 8mm (1999). Sin embargo, fue el nuevo siglo el que le trajo a Phoenix las verdaderas oportunidades para ir dejando atrás los papeles de reparto. Cómodo, aquel último emperador romano de la familia Antonina encarnado por Phoenix en la película Gladiator (2000), resultó ser una enorme catapulta que lo impulsó en retos actorales de mayor envergadura, y no hablemos de las nominaciones y de los premios que empezó a obtener por su trabajo en la pantalla, que como era de esperarse, aparecieron abriéndole poco a poco, la posibilidad de protagonizar un largometraje en el futuro próximo. Con Quills (2000) o bajo el nombre de Letras prohibidas: La leyenda del Marqués de Sade. Phoenix demostró un gran interés por los personajes históricos o de época, haciéndolos creíbles y de alguna manera mística, presentándolos como seres vigentes y atemporales: Walk the line (2005), The Master (2012), Don´t worry, He won´t get far on foot (2018), María Magdalena (2018), Napoleón (2023) son ejemplos de su fantástica cualidad de viajar en el tiempo. De viajar intercalando sin aparentes complicaciones, los papeles escogidos. Transitando, entre siglos y personajes trastornados o conflictuados internamente de múltiples formas; deambulando entre santos como cuando hizo de Jesús de Nazareth, y entre bélicos generales que hacen el amor de la misma manera en la que hacen la guerra.
En el Filme: You were never really here (2017), Joaquín Phoenix estuvo cerca de su primer premio Oscar, pero todavía faltaba que evolucionará un poco más en el entendimiento de los dolores humanos, en la comprensión de la melancolía como forma de vida, y en la capacidad de ser un existencialista sin en realidad serlo. Todo esto lo logró en el 2019 con Joker. Su galardón a mejor actor no sólo es merecido, sino que también resultaba ser justo para consagrar una evolución constante; labrada por los años de trabajo sin descanso, y, sobre todo, una evolución elaborada desde la selecta escogencia de los retos actorales a los que Joaquín Phoenix se sometió.
No es casualidad que el Oscar no le haya llegado demasiado pronto como les ha ocurrido a muchos actores, pero tampoco le llegó demasiado tarde como también les ha llegado a muchos otros. Al parecer, tal como ocurre con sus personajes escogidos, llegó en el justo momento.
Después del premio y de recuperar los Kilos que Arthur Fleck le hizo perder, Phoenix protagonizó: C'mon C´mon en 2021. Filme maravilloso en donde Jhonny, su personaje, cautiva y hace de la película una obra de culto que, sin lugar a dudas, recibirá el puesto que realmente merece en la historia del cine dentro de unas décadas. De igual manera ocurrirá con Beau tiene miedo (2023), película en la que el dramatismo y la tragicomedia de Arthur Fleck se ve superada por Beau, un personaje mucho más vulnerable, trastornado y surrealista que, como es su oficio, Phoenix lo convierte en tan sólo un chico bueno.
Hay procesos evolutivos que se estancan, otros que cambian tan parsimoniosamente, que se hacen imperceptibles, y otros, como los de Joaquín Phoenix, que no solo parecen no tener fin, sino en los que los avances, en las complejidades escogidas, son abismales, como pasos de gigante.


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