¿Y si la verdadera inmoralidad fue fingir que todo estaba bien? 

Hay algo perversamente encantador y a su vez perturbador en ver a dos personas fingir que todo está bien cuando en realidad nada lo está. Eso es, en esencia, La vida inmormal de la pareja ideal; una tragicomedia romántica que se burla con ternura del mito de la pareja perfecta, mientras nos hace reír y doler con una verdad que a todos nos ha rozado; el amor, a veces, es más una puesta en escena que un sentimiento genuino.

Esta película no solo juega con el amor juvenil, el reencuentro y las falsas apariencias; también se adentra en algo mucho más profundo; la memoria romántica y su capacidad para idealizar lo que en su momento no supimos manejar.

Todo empieza con la historia de Martina y Lucio, que se reencuentran después de veinte años y deciden fingir una vida juntos ante sus antiguos compañeros, es tan absurda como emocionalmente precisa. Porque ¿quién no ha fantaseado alguna vez con demostrarle a ese pasado tormentoso que todo salió bien? ¿Con maquillar el fracaso con una dosis de éxito ficticio?

Lo brillante de esta comedia romántica, que nunca termina de ser ni completamente comedia ni enteramente romántica, es que juega con esa ilusión que creemos tener todos en una relación, o la perspectiva quizás de esta y es la de una pareja perfecta que en realidad está hecha de mentiras, secretos, traumas no resueltos y silencios incómodos. Y es ahí, entre la risa nerviosa y la nostalgia, donde la película encuentra su fuerza y nos da una dosis de realidad.Porque nadie habla de las relaciones reales, en el mundo del hoy, y lo queremos disfrazar con el discurso de las relaciones sanas ( la mala para las redes sociales), y creemos que el amor sano, es hablar, no faltarle el respeto al otro, amor y besitos y ya. Pero a diferencia de las relaciones sanas, las reales están hechas de conversaciones incómodas, de silencios que pesan, de sentimientos que no siempre sabemos cómo nombrar, relaciones donde amar no significa estar siempre bien, sino atreverse a seguir ahí, incluso cuando todo se desordena.

La vida inmoral de la pareja ideal le pone cara a eso, a lo no resuelto, a lo que duele y se calla; a ese tipo de amor que no cabe en la idea romántica de lo sano pero que igual fue (o sigue siendo) importante.

Martina y Lucio son eso, una historia que no se terminó de escribir, pero que tampoco se borró ( algo inconcluso y confuso la verdad) una relación marcada por el tiempo, la distancia, y esa versión idealizada que todos, en algún momento, guardamos del otro, y sí, duele, porque volver a encontrarse no siempre significa reencontrarse de verdad.

Y es que a veces no se trata de recuperar lo que se fue, sino de entender por qué no funcionó, y este filme, no romantiza el pasado, lo cuestiona, les explicare el porque y es que en algún punto de la película nos pone frente al espejo y nos pregunta ¿cuánto de lo que recordamos es real y cuánto es puro deseo de que hubiera sido diferente? (exacto idealización)

Eso es lo que vuelve poderosa a esta historia( mas o menos) que no habla de el amor perfecto, sino de ese amor incómodo, imperfecto, atravesado por decisiones difíciles, por despedidas no cerradas y por verdades que nunca se dijeron en voz alta.

Porque el amor real, ese que no se ve en las comedias románticas, también está hecho de eso de incomodidad, de dudas, de silencios, de cicatrices. Y aún así o quizás por eso mismo, sigue teniendo valor; al final, lo inmoral no es haber amado mal, sino seguir fingiendo que el amor siempre tiene que verse bien.

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