La filmografía de Jorge Polaco es breve pero robusta, quizá por el tamaño de su discurso, por el poder de sus imágenes, por la decadencia explícita de su estética. O quizá porque había demasiado para expresar en la cabeza del director que primero fue poeta, después profesor de letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y luego realizador, artista conceptual, genio mal visto, “loco” odiado, ciudadano perseguido por la censura, el bienpensantismo y la Justicia. Una épica de la incomprensión.
Que la única película argentina prohibida en democracia haya sido filmada por Polaco indica sin chance de contraste que ahí había un distinto. Por la forma en la que él veía el cine, desde ya, pero sobre todo por la forma en que veía a la sociedad argentina, a la humanidad (y deshumanidad) que lo rodeaba.

Desde su primer trabajo, el mediometraje Margotita (1983), en el que retrató a quien luego fuera su actriz fetiche, Margot Moreyra, hasta su último film, Príncipe azul (2013), Polaco hizo de su oficio un libro abierto sobre su vida interior, sobre sus miedos y obsesiones. Un catálogo de miradas incorrectas (de verdad) y de discursos e interpretaciones sobre el alma humana que nadie quería ver ni escuchar. Por eso Jorge Polaco es, parafraseando a John William Cooke, un hecho maldito del cine nacional.
Ese hecho maldito que se hizo carne en cada film de su factoría lo retrata la realizadora María Onis en su documental Jorge Polaco (2024), que acaba de estrenarse en Argentina y que ofrece un recorrido tan fructífero entre los cinéfilos de la patria como el que viene teniendo en festivales.
Polaco fue un distinto y sus testimonios ante la cámara de Onis así lo demuestran. Desde el primer minuto de film, cuando el director entiende mal una pregunta de la realizadora y le confiesa que escuchó
—Por qué me doy asco.
La respuesta a la pregunta que Polaco se formuló ante cámara se encuentra en los recovecos de los 90 minutos de duración del documental. Fragmentos de la brillosa oscuridad de Diapasón (1986), La dama regresa (1996) o la todavía (casi*) inédita Kindergarten (1989), entre otros títulos, representan una cosmogonía intransitable para todx aquel que no haya sido el propio artista. Lo rupturista de su estilo como creador lo hizo insoportable. La crítica lo demolió en cada uno de sus intentos por conquistar la pantalla, el público le dio la espalda por raro.

“Es una comedia reidera” dijo alguna vez Jorge Polaco al referirse a La dama regresa (el film en el que dirigió a Isabel Sarli) ante Antonio Gasalla en una charla televisiva. Lo impenetrable del mundo cerebral de Polaco está un poco en esa frase, en esa forma de suponer al publico que iría a ver su película. Él suponía que la gente iba a reírse a carcajadas (“se van a descomponer”, aventuraba) ante el derrotero del tótem sexual septuagenario que recorre una ciudad decadente, barroca en el sentido más peyorativo en que pueda entenderse el término.
Además del hecho extraño que supone la imagen de una descompostura como cierre de su descripción de “comedia reidera”, el punto explosivo en la declaración de Polaco es que entiende que La dama regresa es un trabajo que se encuadra en el subgénero en el que lo coloca. El público no recepcionó a la película como Polaco y Sarli (y Víctor Bo, hijo de Armando Bo, como productor) llegaron a suponer. Es un film que atraviesa no solo el estilo que el director había transitado en sus trabajos previos, sino que además abreva más que nunca en mini corrientes estilísticas como el trash de John Waters (Pink Flamingos, Female Trouble, Multiple Maniacs, Polyester) y en las señales más border de Federico Fellini o, más aún, Pier Paolo Pasolini. Demasiado para el público que añoraba ver algo similar al imaginario de Bo. Demasiado también para el público irónico, que toleraba a lo sumo una o dos referencias pero no un largo entero con iconografía kitsch hardcore.
En aquel momento se debatió en los medios sobre los límites del “buen gusto” (no alcanza el tamaño de las comillas para subrayar semejante tropelía conceptual) y, en ese sentido, los señalamientos contra el cine de Polaco fueron furibundos, con proliferación de proclamas morales, dedos levantados por la indignación, en muchos casos de críticos alistados al sentido común más paupérrimo, en otros, con señalamientos estéticos atados a criterios de un cine al que podríamos definir como “mainstream” (con perdón del noventismo). Y es precisamente la mirada del mainstream la que operó contra el director durante toda su existencia.

El choque entre Polaco y el resto del mundo lo deja muy claro el documental de Onis y algunxs de quienes prestan testimonio lo ratifican con conceptos que tienen como denominador común que la pelea más profunda que llevó adelante Jorge Polaco en su carrera no fue solo con la pacatería de la opinión publicada, de las plumas envejecidas, sino con la mirada que el mainstream, la industria del cine, instaló y mueve la marca del termómetro del espectador promedio.
¿Qué tipo de cine le da espacio a la vejez como lo hacía Polaco? Ninguno, En un cine, a lo largo de todo el mundo, focalizado en la juventud y que jubila a muchas de sus más grandes estrellas cuando ya hicieron dos o tres veces papeles de abuelxs, Polaco apuntó las lentes a las arrugas, las pieles porosas, a cuerpos con olores que atravesaban la pantalla. Decadentismo puro y duro. Feísmo militante, de guerrillas.

El documental presenta testimonios de Graciela Borges, Esther Díaz, Ricardo Manetti, Fernando Noy, del propio Polaco en sus últimos tiempos (con la salud muy afectada por el Parkinson) entre otrxs,, y cuenta con imágenes de archivo del realizador y, como extra paroxístico, de Federico Klemm. El divulgador de arte por excelencia de los años ´90 en Argentina, a bordo de su programa de cable El banquete telemático, formó cabezas posmodernas que fueron del consumo irónico a la veneración. Él sí vio lo que Polaco decía con sus desventuras a caballito de un kitsch que al buenismo estético de la intelligentzia le causaba más impresión que placer.

Esa revulsión que Polaco trabajaba con obsesión de científico loco es explicada en el documental de María Onis, sin didactismo, solo con el desarrollo de la persona/personaje en foco. Los momentos del film que más dialogan con la Argentina de hoy -en la que sería imposible que Polaco filmara siquiera un cortometraje sin caer en el pozo ciego de la cancelación- son los que refieren al affair Kindergarten. Sin embargo, por afuera del escándalo y los titulares, aparece también el Polaco que salió del clóset en el último tiempo de su vida, en una Argentina que le permitió estrenar (casi) todas sus películas pero no quería saber nada sobre su sexualidad.
Luego de los jueces, las denuncias por corrupción de menores contra Polaco, los productores de Kindergarten y sus protagonistas, Graciela Borges y Arturo Puig, el realizador se tomó un tiempo para respirar y en 2001 filmó un cortometraje con Julio Bocca para el largo coral Historias de la Argentina en vivo, que tiene como protagonistas a artistas que recorren los escenarios del país, pero en un entorno de relatos de ficción. En un film del que participó gente como Adrián Caetano, Bruno Stagnaro, Albertina Carri y otrxs, el caso de Polaco-Bocca es el más experimental.La postal del corto: “¡Yo bailé con Julio Bocca!”, grita una señora en calamitoso estado neurológico mientras el bailarín le arroja rosas desde una ventana en el ambiente donde acaba de bailar con una muñeca vestida de novia.

Los últimos momentos de la película sobre Jorge Polaco son algo más fugaces que lo previo, algo que sucedió también con la vida del realizador, cuya estela se fue apagando al son de la censura y el Parkinson que terminó con él en 2014, a los 67 años.
Poco antes, en una función especial del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, en el año 2010, unos pocos pudieron (pudimos) ver Kindergarten en pantalla grande. Fue la única vez que se exhibió de forma oficial. El film lucía avejentado por el paso del tiempo en el celuloide y también por las huellas del escándalo judicial que, en los hechos, hirió para siempre a su autor. Polaco ya estaba muy débil por su enfermedad y el haber podido ver proyectado su largo en una sala de cine resultó un hecho desangelado, tardío.

Queda la obra de un autor que apostó por la diferencia como norma y que, una década después de su muerte, llega nuevamente al cine a través de un recorrido que funciona, a su vez, como merecido homenaje.
*Kindergarten puede encontrarse en plataformas de video.

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