"Quemo mi vida para crear un amanecer
que sé que nunca veré"
Luthen.

Estoy hecho un impresentable. Me dejaron babeando, con un léxico poco correspondiente para este espacio, con la objetividad derrumbada. Qué decir. A la vez, me repienso como autor de estas notas con aroma a crónica, y descreo un poco de mí. Me pregunto: “¿Acaso soy capaz de ser una suerte de crítico profesional? ¿De trasladarme del lugar de espectador hacia ese otro lado que no sé como llamar pero puede jactarse de tener una opinión valiosa y objetiva?” Creo que la respuesta es negativa. No. No puedo salir de ese lugar de niño. Soy simplemente un niño sentado en un sillón mullido, siendo testigo de algo. De una fábula, de una ficción. No quiero dejar de ser ese niño. Entiendo que cuando dejo de serlo, es porque lo que vi no me gustó, me amargó, me envejeció, me llevo a mis actuales casi cuarenta años de edad, me hizo revisar y desempolvar los solemnes conocimientos teóricos aprendidos en instituciones, trasladó mi pensamiento a los pasillos de lo racional, de lo técnico, de lo finito y aburrido. Detesto volverme un espectador adulto. Decía que me preguntaba si soy capaz de arrimarme a la objetividad, porque últimamente aquello que ví, o al menos aquello de lo que elegí hablar en este espacio, me despabiló como un buen viento helado a la mañana. Parecerá que soy un espectador fácil y un “crítico” predecible, y quizás lo sea. El Eternauta, Dope Thief, The Studio. Y junto a ellas, a mi living, llega la segunda temporada de una serie de Disney+. Por algún motivo que desconozco, no elegí en su momento hablar de la primer temporada. Desde el comienzo allí por el año 2022, me cautivó. Me gustó tanto, que antes del estreno de la segunda, me di el enorme gusto de rever la primera. Un relato dentro de aquel mundo infinito que es Star Wars, llevado con un ritmo voraz, adictivo. Haré el único spoiler que me permito hacer, que es el de la nota sobre la propia nota: la mejor serie del universo de Star Wars y, probablemente, el mejor contenido de dicho mundo que se ha estrenado luego de la trilogía original, es Andor.
Si ya viste Rogue One, película del año 2016, sabrás el futuro que le depara a Cassian Andor y sin embargo no afectará el disfrute de la historia. Cassian Andor, interpretado por el actor mexicano Diego Luna, es un aguerrido piloto con habilidades muy particulares que le dio la vida. Todo aquello que lo trajo desde su infancia hasta el presente, lo ha vuelto tan capaz que, las casuales causalidades del universo, lo convertirán en el soldado idóneo que la Rebelión orquestada por Luthen Rael (representado por el camaleónico espectacular Stellan Skarsgard) necesitaba. Ambas temporadas se concentran entre el punto de giro que acerca a Andor a la fuerza de la Rebelión, y el inevitable momento donde la misma, aún fragmentada, caótica y débil, tendrá que hacerle frente a la evidente dictadura del Imperio.
Como casi todas las series de la enorme industria, la serie tiene un showrunner (una suerte de director y productor general) que mantiene el estilo narrativo con todo lo que ello conlleva, y tiene diferentes directores y directoras que se hacen cargo de cada episodio. Por supuesto que el enjambre humano y los responsables artísticos son los que mantiene firme la estructura, pero me atrevo a decir que el mejor valuarte de Andor es su guion. El ofrecimiento solapado y paciente de la información, el tejido constante y delicado que convive a lo largo de las dos temporadas con espectaculares escenas de acción y una tensión creciente a medida que avanzan los capítulos, explota en el rostro del espectador cuando no lo estaba esperando. Quienes no conocemos o retenemos tantos datos acerca del colosal universo de Star Wars, atraídos como un grupo de niños por el acto de ilusionismo sostenido por los cliffhungers junto a la adrenalina del thriller y un relato de espionaje, no vemos venir la presentación de un conflicto central e icónico para el enorme mundo de Star Wars. Quizás esté volviendo universal mi propia impresión, pero absorto por la magia, comprendí recién a la mitad de la segunda temporada que estaba viendo nada más y nada menos que la conformación del famoso Imperio que años después tendrá como ícono a Darth Vader. Cuando parecía que estábamos viendo las aventuras de un atractivo personaje satélite que circulaba por la periferia del conflicto central de la historia de Star Wars, terminamos como testigos de la gestación de algo enorme. Por supuesto que podría importarles poco esta observación y la creación de algo tan mítico, pero igualmente habrán de disfrutar la orquesta salvaje de escenas hipnóticas y la progresiva aceleración del ritmo de su narración. Como todo gran relato cargado de acción y contado con las cualidades que corresponde, en este caso además circunscripto a un contexto de ciencia ficción, altera la percepción del tiempo y, en sus momentos álgidos, 40 minutos se sentirán a la vez como cinco o como una tensa eternidad.

A favor del adulto que habla a través de las emociones del niño, deseo decir que la serie tiene (creo) fallas. Algunos actores o actrices que entran a hacer personajes de una sola escena, parecieran estar abandonados a su propio criterio y quedan desentonados con la dirección de actores general. En general, los trazos más imperfectos tienen que ver concretamente con excesos de teatralidad. A su vez, hay aún más casos de pinceladas acertadísimas y preciosas en personajes de una sola escena, que de deslices. Dentro de los personajes más centrales, la Dedra Meero de Denise Gough, si bien está claramente defendida por una actriz talentosa, está también excesivamente aferrada a una suerte de máscara seria y malvada. Se sirve de un adjetivo y un rol de su personaje, y vuelve toda su composición a favor del mismo. La naturalidad con la que muchos intérpretes anteponen correctamente el estado emocional de las escenas a la idea lógica de la descripción de sus personajes, no se ve en Meero hasta los útimos capítulos de la segunda temporada.
Otro rasgo algo desacertado y de casi mal gusto, es la estética elegida para narrar la subtrama de los políticos y sus fiestas en la segunda temporada (la podrán identificar fácilmente como la subtrama del casamiento). Por momentos parecieran estar en las antípodas de la paleta de colores que caracterizó toda la serie, y podemos llegar a sentirnos de a momentos y sin previo aviso, adentro de una telenovela (en un mal sentido, ya que la telenovela puede ser algo excelente).
Ahora, voy a admitirles algo. Elegí ofrecer mis pruebas acerca de lo que no funciona en la serie, para pertenecer. Para sonar más adulto. Para callar un poco al niño al que le hubiera bastado con escribir en esta nota “¡Es increíble! ¡Es una fiesta! Veanla ya”. No me gusta el adulto. Él, en todo caso, debería aparecer para defender al niño de todos aquellos que no cumplieron con su pacto como artistas de contarle una historia a otro. Para defenderlo de los intelectuales, o para defenderlo de los que innecesariamente tranzaron con el sistema más superficial y poco comprometido de la industria del arte. La verdad es que para lo bueno, debería alcanzar con el niño. Con el que aplaude y le pide a la madre, si es que su brazo no alcanza al control remoto, “¡Ponelo otra vez! ¡Otra vez!”. Que la fuerza esté con ustedes, y Andor también.
Chesi




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