Desde el momento en que vi Rojo, blanco y sangre azul, supe que no era solo otra historia de amor. Fue un golpe directo al corazón, una mezcla de ternura, deseo y libertad. Y sí, lo admito sin vergüenza: los momentos más cursis de esta película me hicieron suspirar, reír con nervios y llorar con una sonrisa en la cara. No sé cómo explicarlo, pero esta historia me hizo sentir visto, amado y hasta un poquito más valiente.
Uno de los primeros momentos que me dejó con mariposas en el estómago fue cuando Alex y Henry se escriben mensajes de texto largos y profundos. Esos correos electrónicos donde se citan a poetas, donde hablan del significado del amor, de lo que es sentirse atrapado en un rol que no eligieron… Dios. Esas palabras no eran solo lindas, eran íntimas, como si me dejaran espiar el corazón de dos personas que se están enamorando de verdad. Y no cualquier enamoramiento, sino uno que lo cambia todo.
Después está esa escena en el museo, cuando Alex y Henry tienen esa conversación tan delicada sobre lo que están viviendo, rodeados de historia, arte y belleza. Se miran con una mezcla de miedo y deseo, sabiendo que el mundo no está del todo listo para ellos… pero ellos sí están listos el uno para el otro. Fue un momento tan vulnerable y real, que sentí que el tiempo se detenía.
Y cómo olvidar la escena bajo la lluvia. Sí, ya sé, suena como cliché. ¡Pero qué cliché tan perfecto! Cuando Henry se escapa del palacio y llega empapado a buscar a Alex, sin importar nada ni nadie, fue un momento que grité por dentro: ¡Así se ama, carajo! Esa entrega, ese "me da igual el protocolo, quiero estar contigo", me tocó el alma. Es como si el amor, de repente, pudiera ser más fuerte que todo lo que nos limita.
Pero si hay un momento que me destruyó (en el mejor sentido) fue cuando se hace pública su relación y, en lugar de esconderse, ellos deciden decir: sí, es real, y no vamos a pedir perdón por amar así. Fue valiente. Fue hermoso. Fue inspirador. Vi a dos personas defendiendo su historia como si estuvieran diciéndole al mundo entero: el amor no es algo que se esconde, es algo que se celebra. Y ahí fue cuando mis lágrimas ya no se aguantaron.
Lo cursi de Rojo, blanco y sangre azul no es exagerado ni empalagoso. Es el tipo de cursilería que se siente real, necesaria, como un susurro al corazón que te dice: esto también puede ser tuyo algún día. Y como fan, como alguien que ama ver el amor en todas sus formas, solo puedo decir: gracias. Gracias por darnos una historia que nos abraza, que nos emociona y que nos recuerda que ser cursi es otra forma de ser valiente. sin duda alguna ah sido una de mis peliculas que contienen para mi momentos iconicos eh irrepetibles el simplemente echo de pensar que algun dia amare y sere amado como esos dos ….


¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.