¿Será otro signo del estancamiento de la comedia estadounidense que últimamente haya tantos documentales, biopics o ficciones basadas en hechos reales sobre los personajes y momentos que la atravesaron en el siglo XX? En algo que excede a la comedia, es casi como si a la par de la celebración de películas cultoras de un desprecio por su propia vida imaginaria (La sustancia, Anora), los estadounidenses miraran hacia atrás en busca de algo que ya le pertenece al documental como biografía e historia. ¿Será que estos documentales son parte de lo mismo, en tanto parecen cultivar una cierta ansiedad por la determinación de sus héroes de la ficción a partir de sus biografías, psicologías, contextos culturales?
Y así es como aparezco muy sorprendido viendo la primera parte de un documental para HBO sobre el comediante Paul Reubens y su criatura más famosa, Pee-wee Herman, que ya desde su título Pee-wee as himself especula con la relación entre la persona y el personaje. Se trata de una miniserie de dos capítulos dirigida por un tal Matt Wolf, que se beneficia mucho, por lo que veo en esta primera parte, de esa extensión más larga (serán unas 3 horas y media cuando llegue al final), con otro tiempo para recorrer la vida de Reubens. No sabía nada de este personaje, nunca vi la película de Tim Burton por la que debe ser más conocido entre los cinéfilos, y asistí con curiosidad a todo lo que cuenta, con una incógnita por el singular estilo cómico que Reubens llegó a pulir luego de muchos años y encarnaciones (según lo cuenta el documental) hasta desembocar en Pee-wee.
En el principio, una placa nos cuenta que la base del documental son 40 horas de conversación registradas con Reubens, que murió al poco tiempo sin ver este montaje para HBO, afligido por un cáncer que ocultó hasta el final. Una ventaja de la extensión del documental es su paciencia para ser cronológico, y así es como hacemos guiados por la voz de Reubens en sus primeros años de vida y aquellas cosas que en esos años de formación iban deslumbrando su curiosidad. Su famila vivió primero en Oneonta, una de esas ciudades frías y perdidas en el interior del estado de Nueva York, y se mudaron cuando él era chico a Sarasota, Florida. La primera influencia reconocida por Reubens fueron sus propios padres, “tenían algo de vodevil”, luego estuvieron los artistas de circo que se cruzaba a la vuelta de su casa en Sarasota (y el exotismo que representaban sus excentricidades en contraste con los años en Nueva York). Otro elemento de ese potlach cultural pop estadounidense que se absorbe y nunca se sabe a dónde va a ir a parar azarosamente fueron las películas y shows de televisión de niños, como Pollyanna o los Little Rascals, esas ficciones para toda la familia que vistas de cerca tienen la rareza de su costumbrismo exagerado y teatralidad sin pudores; también era fanático de I Love Lucy, la histórica sitcom de Lucille Ball y Desi Arnaz.
Mientras crecía, y se preguntaba qué podría ser de la vida de alguien como él con sus inquietudes artísticas en Saratoga, Reubens fue admitido para estudiar teatro en CalArts, la universidad del campus ubicado al norte de Los Angeles, en Santa Clarita, de cuyas nóminas de egresados podríamos extraer un plantel tan ecléctico como David Hassellhoff (Reubens se jacta de dejar caer este dato mientras cuenta su vida en CalArts), James Benning, James Franco, Betzy Bromberg, Alison Brie, una buena cantidad de los animadores de Pixar y otro estudiante que será importante en la historia posterior de Reubens/Pee-wee: Tim Burton. Estamos a fines de los 60, principios de los 70. Antes Reubens también nos contó cómo le habían impactado de adolescente las películas de Andy Warhol y Paul Morrissey, esas personalidades que le mostraban las películas y que lo deslumbraban por lo excéntricos a la vez que parecían estarse representando a sí mismos, como si desde allí le llegaran las texturas de una vida vivida en el arte (y que era lo que le encantaba encontrar homologado en los alrededores del campus de CalArts). Por lo que no se puede pensar el cóctel pre-Pee-wee sin cómo este rocío post-Warhol, de autoconciencia post-sesentista deliró aquellas referencias más populares del vodevil y el circo, y el vodevil y el circo según los vieorn el cine y la televisión que consumía Reubens. Con CalArts florecen en él las inquietudes por el conceptualismo, el arte performático, la vida vuelta arte y viceversa. Las imágenes de archivo nos permiten contemplar algunos hitos del paso por la universidad: la exorbitante decoración de su cuarto, sus incursiones como drag, los besos ofrecidos al estudiante que lo quisiera como una performance de San Valentín. Y sobre todo el amor por un pintor negro con el que luego se mudaría a Echo Park, acaso su única relación de noviazgo extendido, una dedicación a la vida de pareja que al final de su vida recuerda con cariño pero también como un suspenso de su dedicación al arte, salpicado por breves apariciones en películas independientes de bajo presupuesto de los que podemos apreciar algunos destellos, raros de hacer coincidir con la comedia por la que luego pasaría a la historia (el archivo del documental es suculento y poder darlo a ver es otra ventaja que le da el tiempo).
Con el fin de la relación, Reubens decidió volver a dedicarse full time a perseguir sus anhelos de consagración y éxito artístico, regresando a formas de comedia en las que se sentía más a gusto para darle rienda a su delirio y su singularidad. Apariciones en The Gong Show, a dúo con Charlotte McGinnis haciendo de Los Hilarantes Bettie and Eddye, un personaje de un nativoamericano cantante de lounge del que hoy se avergüenza (“realmente ni me pasaba por la cabeza en ese momento que estaba siendo completamente racista”; y tal vez lo era, pero también hay que reconocer que este personaje por los fragmentos que nos muestra el archivo tenía su gracia). Un punto de giro lo marca su ingreso al grupo de teatro cómico improvisacional The Groundlings (pensemos que estamos en los primeros años de la revolución de Saturday Night Live, para el que Reubens audicionó sin suerte), donde Reubens parece haberse encontrado finalmente en su elemento, con él y sus compañeros sacando una población de personajes de la galera de la nada (un cajón de pelucas en condición desastrosa les alcanzaba). De estas fiebres creativas de The Groundlings nace en 1978 el personaje de un aspirante a cómico evidentemente inepto para sus anhelos, pelo engominado y vestuario muy a contratiempo de traje claro y corbata a cuadros, como si un tipo vestido para vodevil apareciera decidido a hacer reír con las formas y el público del stand up de aquellos años (esta descripción que hago no basta y parece pretender darle lógica a uno de esos fenómenos que parecen más un estallido de creación pura, no agotable por los contextos).
El éxito del personaje de Pee-wee en las noches de The Groundlings, y la angustia producida tras ser rechazado por SNL motivaron a Reubens a idear toda una producción basada en este personaje que estuvo desarrollando por tres años. No terminé todavía de hablar de esta primera parte del documental de Matt Wolf, pero este parece un buen momento para frenar, justo antes de hablar del Pee-wee Herman Show, que luego del éxito en la sala habitual de The Groundlings se mudó a un teatro más grande, el Roxy, en el Sunset Strip, y fue registrado por HBO en una película de 1981 que quisiera ver antes de seguir.



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