Estoy bastante animado, dado que ayer pude ver la última película del gran David Cronenberg en pantalla. No creo que necesite presentaciones este director canadiense que cimentó las bases de lo que hoy en día se conoce como “body horror”. Desde que, hace más de cincuenta años, estrenase su ópera prima Stereo (1969) —una película a reivindicar en su filmografía—, el cineasta de la “nueva carne” no ha parado de sacar películas sorprendentes, genuinas y adelantadas a su tiempo. Recientemente escribí de la que probablemente sea su mayor obra maestra, Videodrome (1983), y hoy toca hablar de The Shrouds (2024).
Traíler de The Shrouds (2024), de David Cronenberg
Vilipendiada hasta la saciedad, la última película de Cronenberg tuvo su estreno mundial durante el Festival de Cannes del año pasado. Era uno de los grandes que se unía a los de maestros como Coppola, Schrader o Sorrentino. Incluso con más dureza se cebó la crítica con la película de Cronenberg que con el despropósito que hizo Coppola con Megalópolis (2024). Ya de primeras me gustaría decir que, pese a tratarse de una obra menor de Cronenberg, es una cinta que explora ideas tremendamente interesantes, demostrando que Cronenberg sigue estando en forma y sigue siendo un autor total.
Partiendo de una premisa muy potente, The Shrouds (2024) ahonda en las complejidades del duelo desde una visión contemporánea, donde la tecnología juega un papel fundamental en nuestra forma de sobrellevar las situaciones vitales. Sigue la estela de sus más recientes predecesoras, en cuanto al hecho de que exhibe un estilo y una formalidad mucho más depurada de lo que pudo haber hecho en la década de los ochenta, donde todo era mucho más salvaje y desenfadado. Pese a no estar a la altura de la anterior, Crimes of the Future (2024), Cronenberg sigue una senda en la que reflexiona sobre el devenir de la especie desde sus obsesiones como autor, arraigadas en la relación del ego con el cuerpo; esa trasmutación de la que tanto nos ha hablado en su filosofía de la “nueva carne”.
La película está protagonizada por Vincent Cassel, Diane Kruger, Guy Pearce, Sandrine Holt, Elizabeth Saunders o Jeff Yung, entre otros. The Shrouds (2024) no va a estrenarse en las salas de cine españolas, siendo algo alarmante dado el cineasta del que se trata. Irá directamente al catálogo de la plataforma de streaming Filmin en otoño de este año. No obstante, en muchos países del mundo, incluida Argentina, la película de David Cronenberg se llegó a estrenar este pasado mes de abril en cines.
Una premisa brutal
Es de destacar la premisa de la que parte The Shrouds (2024), que, aparte de ser de una originalidad bestial, conecta muy bien con las problemáticas de hoy en día. Cronenberg ha sido siempre un visionario, y en esta ocasión explora los peligros, a un nivel más íntimo, de la inteligencia artificial. Creo que nunca hemos visto algo tal y como se expone en The Shrouds (2024), que, sin entrar en spoilers, nos habla de un hombre que hace pocos años enviudó y que decidió montar una especie de cementerio de tecnología avanzada, donde el familiar podría ver desde una pantalla de móvil los restos de su ser querido en tiempo real.

Fotograma de The Shrouds (2024), de David Cronenberg
Esto lo desarrolla con una serie de actos vandálicos que ocurren, haciéndonos ver la relación que el personaje protagonista (Vincent Cassel) tenía con su mujer (Diane Kruger), al mismo tiempo que nos introduce a la hermana y a la expareja (Guy Pearce) de esta.
Cierto es que es una película en la que no se centran todas las ideas que explora de la mejor manera posible, sintiéndose algo desconcertante y confusa. La trompicada construcción narrativa que maneja hace mella en el disfrute del espectador y en su capacidad para conectar con la historia. Películas anteriores de él —sin ir más lejos Crimes of the Future (2024)— tenían un ritmo pausado, pero en donde todo estaba situado con precisión; algo que creo que no pasa con esta última y que hace que se sienta pesada durante muchos tramos.
En su primer acto mantiene un corte más solemne y contenido, a mi parecer, cosa que va desbocando en un Cronenberg más reconocible y desenfrenado. Esto lo vemos especialmente en cómo el montaje pasa de una narración lineal a algo más dado a lo pesadillesco y a la ensoñación. Es siempre destacable la valentía de Cronenberg al tratar ciertos temas delicados, en este caso metiendo cierto erotismo por la muerte que la hace bastante perturbadora.
Gran pareja protagonista
Me ha sorprendido gratamente la pareja conformada por Vincent Cassel y Diane Kruger, que tienen una química en pantalla bestial por partida triple. No sé si es una moda actual del cine contemporáneo, pero últimamente veo más que nunca a actores interpretando tres papeles en la misma película. Aquí lo vemos de igual manera con Diane Kruger, interpretando a la difunta esposa del personaje de Cassel, al personaje de la hermana y al avatar de inteligencia artificial que le sirve como su asistenta personal.

Diane Kruger y Vincent Cassel en The Shrouds (2024), de David Cronenberg
Kruger es mucho más que una actriz bellísima: demuestra tener una capacidad para cambiar de registro brutal, entendiendo a la perfección lo que pide la escena en cada momento. Cassel, que es otro gran actor del cine europeo, está de notable haciendo de Karsh, pero la que acapara todas las miradas y la que más importancia tiene a todos los niveles narrativos es Kruger. También tenemos a Guy Pearce haciendo del exnovio despechado de la hermana, que le da un toque bastante desquiciado a la película, que resuena con los tiempos de hoy en día y, sobre todo, con el tipo de personajes que llenan los noticiarios. No se le había visto a Pearce en un personaje de estas características anteriormente, y la verdad es que lo borda. Hay una escena que tiene lugar en un paraje natural que es oro puro.
La eternidad de Cronenberg
En su tercer acto, pese a ser algo irregular y sentirse descompensado con lo anterior, The Shrouds (2024) logra plasmar todas esas obsesiones del propio Cronenberg. Es como si el director canadiense estuviera en busca de ese único plano que diera sentido a la película. La potencia visual que tiene el plano que protagonizan Cassel y Kruger en el clímax final de la película es de un impacto mayúsculo.
Lo etéreo de la nueva carne se vuelve en algo sumamente poético, y las imágenes de la película son de una plasticidad enorme. Hay un gran grado de mezquindad en las motivaciones de los personajes, llevando al límite sus pasiones consumidas. Desde luego que, pese a entremezclar muchas cosas entremedias, como conspiraciones geopolíticas y demás, encuentro en esta nueva cinta de Cronenberg a un autor muy autoconsciente de la edad en la que está creando y de los frentes a los que nos enfrentamos como seres humanos. Sigue siendo ese autor total que exprimía sin miramientos sus ideas, y eso es un motivo de celebración para todo aquel que ame el cine, y especialmente el cine de David Cronenberg.
Y es muy triste que en mi país no llegue ni a exhibirse en cines, algo que nos da una aproximación a la delicada situación en la que vivimos actualmente con el cine. No quiero copias de las copias, no quiero formar parte de un algoritmo absurdo que decida por mí el qué o no ver. Quiero ver artistas que me sorprendan y que me ofrezcan una experiencia única; es por ello que me alegra tanto el haber podido ver la última película de Cronenberg en una sala de cine.




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