A lo largo de la historia del cine, la fórmula Once Upon a Time… ha funcionado como una especie de contraseña mitológica. La usó Leone para reescribir la leyenda del oeste con acento italiano; la retomó Sergio Leone otra vez para hacer el retrato más sombrío y elegíaco de América; la versionó Tarantino como ejercicio de nostalgia violenta y corrección histórica. Pero todas esas películas, con sus balazos estilizados y sus atmósferas barrocas, tenían algo en común: miraban hacia atrás desde la comodidad del presente. En cambio, Once Upon a Time in Gaza, de los hermanos palestinos Tarzan y Arab Nasser, utiliza esa misma fórmula para hacer exactamente lo contrario: reconstruye el pasado reciente como un campo de ruinas cuya violencia aún está caliente, todavía humeante, todavía no resuelta. Y lo hace desde la urgencia de una herida abierta, no desde el fetichismo retro ni la melancolía pop.
La película, estrenada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2025, se propone audpiciar de artefacto cinematográfico incómodo, eléctrico, atravesado por capas de cine de género —thriller, sátira, drama criminal— pero siempre con los pies en el barro de la historia. Aunque su acción se sitúa entre 2007 y 2009, en plena consolidación del bloqueo israelí sobre la Franja de Gaza, el filme dialoga de manera directa, por momentos brutal, con el presente. La actualidad política está allí, apenas en los márgenes: en un titular envuelto en un pan de falafel, en el archivo de un discurso megalómano de Donald Trump hablando de Gaza como “la Riviera del Medio Oriente”, en los rostros gastados de los personajes que transitan una ciudad sin horizonte. Pero también está en el propio gesto de filmar: en la insistencia de contar una historia que nace de un territorio asediado y que se filma desde la diáspora, en medio del exilio.
Once Upon a Time in Gaza sigue los pasos de Yahya (Nader Abd Alhay), un joven flaco, tímido, casi invisible, que trabaja como asistente en la modesta tienda de falafel de Osama (Majd Eid), un tipo de físico imponente, carismático y áspero, que además de vender comida trafica analgésicos de forma clandestina. Entre ellos se establece un vínculo desigual, más cercano a la supervivencia compartida que a la amistad. Pero el verdadero antagonista de este microcosmos es Abou Sami (Ramzi Maqdisi), un policía corrupto, grotesco, con la ley de su lado y el cinismo a flor de piel, que extorsiona a Osama para que se convierta en su informante.
La historia se parte en dos cuando, tras una brutal represalia, Yahya queda solo y herido. Dos años después, un director lo recluta para actuar en una película propagandística financiada por el Ministerio de Cultura de Gaza, interpretando —por su parecido físico— a un militante muerto en combate. La paradoja es tan filosa como irónica: alguien que nunca quiso estar en el centro de nada, ahora debe encarnar a un héroe de ficción para la narrativa oficial. El rodaje, por momentos ridículo y precario, se convierte en un espejo deformante del propio relato que estamos viendo, y ese juego metacinematográfico se carga de espesor político y simbólico.
La puesta en escena que proponen los hermanos Nasser oscila entre la sequedad realista y el artificio autoconsciente. En algunos pasajes, la cámara se sumerge en la penumbra de la ciudad nocturna con una textura casi documental, mientras que en otros la ficción irrumpe con guiños estilizados, como en el falso tráiler que se proyecta dentro del filme o en el montaje de entrenamiento del protagonista. Este vaivén formal no es gratuito: funciona como comentario sobre la tensión entre representación y realidad, entre la imagen de Gaza que circula en el mundo —la del horror, el bombardeo, la desesperanza— y la vida cotidiana, atravesada también por la resistencia íntima, la ironía, el absurdo.
Una de las escenas más potentes en ese sentido ocurre en un bar sombrío, medio escondido, donde dos personajes se encuentran frente a frente. Es un momento de pura densidad simbólica. En esa conversación tensa, disfrazada de charla trivial, los dos encarnan fuerzas opuestas: Osama , que representa a una Gaza agotada pero no vencida, contra el policía, símbolo de una autoridad podrida que, aunque se proclama protectora, opera como brazo indirecto del ocupante. La mesa del bar se transforma en un campo de batalla simbólico, y las palabras —más que los tiros— son las que delinean la lógica de dominación y resistencia que recorre toda la película.

El estreno en Cannes no fue casual ni decorativo. La selección de la película en Un Certain Regard coincidió con uno de los momentos más crudos del conflicto actual entre Israel y Palestina, lo cual le dio al filme una dimensión urgente y política que excede lo estético. Pero Cannes también fue un lugar de consagración: los hermanos Nasser recibieron el premio a Mejor Dirección, en reconocimiento a una obra valiente, técnicamente sólida y narrativamente audaz. Fue también un acto de legitimación para un cine que históricamente ha sido marginado, invisibilizado o reducido a su condición de testimonio.
Lo más interesante de Once Upon a Time in Gaza es cómo logra mantener en equilibrio la violencia estructural del contexto con los matices del relato personal. No se trata de una película “sobre el conflicto” en sentido clásico, sino de una historia de personajes atrapados en un sistema opresivo, que buscan escapar —aunque sea por unas horas— de la lógica binaria del mártir y el traidor. Yahya no es un héroe al uso, y su transformación a lo largo del filme tiene algo de trágico y algo de liberador. Hay, en su mirada cada vez más endurecida, una conciencia creciente de su rol como sujeto político, incluso si ese rol le es impuesto desde afuera.
La película también introduce una crítica feroz —y muy lúcida— a los mecanismos de propaganda cultural. La ficción dentro de la ficción, con sus actores improvisados, sus armas reales y su director sumiso al aparato estatal, revela hasta qué punto el cine puede ser cooptado por el poder. Pero al mismo tiempo, los Nasser demuestran que el cine también puede funcionar como espacio de resistencia, como forma de reescribir la narrativa oficial desde dentro, con recursos propios y desde una sensibilidad local.

A nivel técnico, la película está cuidada al detalle. La fotografía de Christophe Graillot —ya colaborador en Gaza Mon Amour— juega con una paleta sombría que refuerza la atmósfera opresiva sin caer en la miserabilización. Los interiores asfixiantes, los callejones vacíos, los planos cerrados sobre los rostros tensos: todo contribuye a construir una sensación de encierro que es tanto física como simbólica. La música de Amine Bouhafa, con ecos de Morricone y acentos árabes, subraya esa dualidad entre tragedia y farsa, entre melodrama y épica popular.
El elenco está impecable, con Nader Abd Alhay como revelación. Su evolución actoral acompaña el arco dramático del personaje: pasa de la fragilidad inicial a una suerte de dignidad estoica, sin perder nunca la humanidad. Majd Eid, por su parte, construye un Osama lleno de matices: duro pero entrañable, pragmático pero idealista, un hombre partido por dentro. Y Ramzi Maqdisi borda el rol del policía con una mezcla perfecta de ridiculez y amenaza, como si fuera una versión árabe del villano de Fargo reconfigurado para el caos gazatí.

Once Upon a Time in Gaza no es una película complaciente ni busca dar respuestas fáciles. Es una fábula política envuelta en un thriller sombrío, con humor negro, violencia latente y ternura a cuentagotas. Lo que hacen los hermanos Nasser es recuperar la imaginación gazatí, no como herramienta de evasión, sino como espacio de crítica, memoria y subversión. Frente al bombardeo constante de imágenes de destrucción, ellos proponen un cine que narra desde adentro, con sus contradicciones, sus duelos, su ironía feroz.
Como toda buena historia que empieza con “Érase una vez…”, esta también habla de un mundo que ya no existe —o que tal vez nunca existió como lo imaginamos—, pero lo hace con la fuerza de quienes todavía creen en el poder de contarla. En este caso, desde un territorio cercado, asediado y muchas veces silenciado. Y justamente por eso, tan necesario.




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