Cuando los Monstruos Lloran 

Todo comenzó una noche en la que la tormenta parecía desgarrar el cielo. Los relámpagos iluminaban mi habitación como si el mundo estuviera a punto de romperse en dos. Estaba solo en casa. Mis padres no volverían hasta la mañana siguiente. Me senté en el sofá con una manta, viendo cómo la lluvia golpeaba los cristales, cuando escuché un crujido en el ático. Uno largo, lento... como si algo —o alguien— se moviera allá arriba.

Tomé una linterna, aún con el corazón latiendo como un tambor, y subí las escaleras con pasos temblorosos. Cada escalón crujía como si quisiera delatarme. Empujé la puerta del ático y... lo vi.

No era un monstruo de los cuentos ni de pesadillas. Era real. Enorme, cubierto de un pelaje oscuro como la noche misma. Tenía ojos verdes, profundos y brillantes, que no reflejaban maldad, sino miedo. Su presencia me paralizó, pero cuando habló, su voz no fue un rugido… fue un susurro suave, lleno de dolor.

—No tengas miedo —me dijo—. No vine a hacer daño. Estoy perdido.

Se llamaba Nok. Venía de un mundo oculto entre sombras, donde las emociones estaban prohibidas. Me explicó que su especie había olvidado lo que significaba sentir, amar, llorar. Y él… él había roto las reglas.

Con el paso de los días, Nok y yo nos volvimos inseparables. Nos escondíamos en el bosque después de la escuela. Él imitaba formas de los árboles, se disfrazaba de sombra para no ser visto. Me contaba leyendas de su mundo, historias de monstruos que solían tener alma… hasta que la olvidaron.

Nok me defendía de los bravucones, me escuchaba cuando nadie más lo hacía. Se convirtió en mi secreto, mi refugio, mi amigo.

Pero nada dura para siempre.

Empezó a cambiar. Se mostraba ausente, miraba al cielo con nostalgia. Sus ojos perdieron brillo. Una noche, en medio de otra tormenta, me llevó al claro del bosque donde solíamos jugar. Estaba llorando. Lágrimas negras, densas como tinta, caían de su rostro.

—No estoy aquí por accidente —confesó—. Me desterraron. Por encariñarme… contigo.

Me contó que su especie había detectado su lazo conmigo. Que lo estaban rastreando. Y que pronto vendrían por él… y por mí.

—Si me quedo, debes olvidarlo todo. Mis historias, mi rostro, mi voz. Todo. Borraré tu memoria. Solo así estaré a salvo.
—¿Y si no quiero olvidarte? —pregunté, con un nudo en la garganta.
—Entonces… me perderás. Para siempre. Yo también te olvidaré.

La lluvia no dejaba de caer. El cielo lloraba con nosotros.

Tuve que elegir. Olvidar a mi único amigo verdadero o dejarlo ir sabiendo que lo recordaría… aunque me doliera el resto de mi vida.

Cerré los ojos. Y elegí recordar.

Y él se desvaneció. Como humo bajo la lluvia.

Desde aquel día, nunca más volví a verlo. La gente decía que mi imaginación era fuerte, que “inventar” un amigo era normal. Pero yo sé la verdad.

A veces, cuando llueve fuerte y la tormenta ruge en el cielo, siento una brisa suave, familiar. Cierro los ojos y susurro su nombre.

Porque aunque ya no esté, sé que mi amigo el monstruo nunca me olvidó.

Y a veces… cuando nadie me ve… también lloro.

Porque ahora sé con certeza algo que nunca imaginé:

Hasta los monstruos tienen corazón.
Y sí… los monstruos también lloran.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 1
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.