Mi amigo e monstruo 

Cuando tenía ocho años, descubrí que había un monstruo debajo de mi cama. No como los de las películas de terror, ni los que salen en los cuentos para asustar a los niños. Este era distinto: tímido, torpe, y bastante amable.

La primera vez que lo vi fue una noche de tormenta. El viento golpeaba las ventanas, y los truenos no me dejaban dormir. Me escondí bajo la cama con una linterna, temblando, y ahí lo encontré. Sus grandes ojos brillaban en la oscuridad, y su cuerpo estaba cubierto de un pelaje azul oscuro, como el cielo antes de una lluvia.

—¿Vas a gritar? —me preguntó, apenas audible.

—¿Debería? —le respondí.

—Preferiría que no —dijo, encogiéndose.

Se llamaba Grumbol, y venía de un lugar al que llamaba el “Mundo Bajo”. Era un sitio secreto donde vivían criaturas que cuidaban de los niños, pero sin que nadie se diera cuenta. No todos los monstruos eran buenos, me dijo, pero él sí. Era su misión protegerme, aunque reconocía que no era muy bueno en su trabajo. Le daban miedo los truenos, los ruidos fuertes y… la oscuridad profunda.

Con el tiempo, Grumbol se convirtió en mi mejor amigo. Cada noche, cuando la casa dormía, salía de debajo de la cama y hablábamos. A veces me contaba historias increíbles de otros monstruos y mundos ocultos. Otras veces solo me escuchaba.

Yo tenía problemas en la escuela. No encajaba. Me gustaban cosas que otros consideraban raras: dibujar criaturas extrañas, leer libros de fantasía, escribir historias en mis cuadernos. Algunos compañeros se burlaban de mí por eso, por no ser "normal", por no seguir lo que todos hacían.

—No necesitas ser como ellos —me decía Grumbol—. Lo diferente no es un defecto. A veces, es lo único real.

Me hacía sentir seguro, como si tuviera un lugar al que pertenecer. Incluso cuando estaba solo, sabía que él estaba ahí.

Pero los años pasaron. Crecí. Dejé de esconderme debajo de la cama. Empecé a dormir más tarde, a ocuparme de tareas, a cargar con preocupaciones nuevas. Poco a poco, Grumbol dejó de aparecer. No porque él se hubiera ido… sino porque dejé de mirar.

Hasta que un día, ya con diecisiete años, regresé a mi antigua habitación. Mis padres querían remodelarla y me pidieron que recogiera mis cosas. Entre una pila de cuadernos encontré uno lleno de dibujos y anotaciones sobre el “Mundo Bajo”. Me reí con nostalgia. Al agacharme para guardar algo debajo de la cama, me detuve un momento. No sé por qué, pero encendí la linterna.

No vi nada al principio. Solo oscuridad. Pero antes de apagar la luz, escuché un pequeño susurro:

—¿Sigues ahí?

Mi corazón se aceleró. No respondí en voz alta. Solo dejé la linterna encendida al lado de la cama, como antes. Me acosté, mirando al techo, sin saber si todo había sido real o solo una invención de mi infancia. Pero sentí algo cálido, familiar. Como si alguien estuviera otra vez cuidándome.

Y entendí que a veces, los monstruos buenos no se van. Solo esperan a que recordemos cómo era creer.


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