La tarde transcurría con su habitual ajetreo en las afueras del bosque. El murmullo del viento entre los árboles se mezclaba con el canto de los pájaros y el lejano eco de la vida en la pequeña ciudad. Yo me dirigía a mi lugar favorito, un claro escondido donde solía sentarme a leer y a veces, simplemente a pensar. Estaba a punto de cruzar el último grupo de pinos cuando sentí un suave temblor en el suelo, familiar, casi como un latido.
Levanté la vista, y ahí estaba. Era una masa imponente de pelaje verde oscuro, con ojos grandes y amables que reflejaban la luz del sol poniente. Sus garras, tan grandes como mi torso, reposaban suavemente en el musgo, y una cola larga y poderosa se movía con gracia detrás de él. Era él, Pete's Dragon, o como yo le llamaba, Elliot. No el Elliot de las viejas películas de dibujos animados, sino el de esa película entrañable donde era un gigante peludo e invisible para casi todos.
A diferencia de la mayoría de la gente, yo podía verlo. Lo descubrí por casualidad hace unos años, cuando era niño y me perdí en este mismo bosque. En lugar de asustarme, Elliot me guio a casa, y desde entonces, nuestra amistad ha sido un secreto compartido, un lazo inquebrantable que nadie más podría comprender. Para el mundo, era una leyenda, un mito. Para mí, era mi mejor amigo.
"¡Elliot!", exclamé con una sonrisa, corriendo los últimos metros. Él emitió un sonido profundo y suave, un ronroneo que vibraba en el aire y que siempre me hacía sentir seguro. Inclinó su enorme cabeza, y con su hocico rozó mi cabello, un gesto que para él era un abrazo.
"He tenido un día complicado", le confesé, sentándome en el suelo y apoyándome en una de sus patas, sintiendo la calidez de su pelaje. "El trabajo, los deberes... a veces el mundo de los humanos es demasiado ruidoso".
Elliot resopló suavemente, y un vapor tibio y dulce salió de su nariz, oliendo a tierra y a algo indefinidamente mágico. Con una de sus garras, que parecía la rama de un árbol, empujó una pequeña rama caída hacia mí, con una hoja seca. Era su forma de escuchar, de ofrecerme su presencia silenciosa y reconfortante.
Le hablé durante un largo rato, contándole mis pequeñas frustraciones y mis esperanzas. Él, simplemente, permanecía allí, una montaña viviente de apoyo y comprensión. A veces, inclinaba su cabeza en un gesto que indicaba que me entendía, y otras, un suave parpadeo de sus ojos era suficiente para decirme que todo estaría bien.
Cuando el sol comenzó a teñir el cielo de naranjas y púrpuras, sabía que era hora de irme. La magia del atardecer siempre era más intensa con él a mi lado.
"Gracias, Elliot", le dije, levantándome y acariciando su pata una última vez. "Siempre me haces sentir mejor".
Él respondió con otro suave ronroneo, y luego, para mi asombro, se levantó con un movimiento tan fluido como el agua. Abrió sus gigantescas alas, que se desplegaron con un silbido apenas audible, y el viento que crearon revolvió mi cabello. Por un instante, pensé que iba a volar, pero en lugar de eso, su cuerpo comenzó a temblar ligeramente, y poco a poco, su forma se hizo translúcida.
Se estaba haciendo invisible. Era su forma de desaparecer sin asustar a nadie, de preservar el secreto de nuestra amistad. En cuestión de segundos, solo quedó un leve brillo en el aire, y luego, nada. El claro volvió a estar vacío, solo con el sonido del viento y el aroma del bosque.
Me quedé allí un momento, sonriendo. Para el resto del mundo, él era solo una historia de película, un sueño infantil. Pero para mí, él era real. Era mi amigo, el monstruo que me enseñó la verdadera magia de la amistad y la tranquilidad en el mundo. Y mientras me dirigía de vuelta a casa, sabía que, sin importar lo ruidoso que fuera el mundo de los humanos, Elliot siempre estaría allí, un secreto guardado en el corazón del bosque, y de mi propio corazón
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