Idiocracy, la sátira hecha crónica 

La película Idiocracy (2006), dirigida por Mike Judge, parecía en su momento una comedia absurda. Un experimento militar sale mal, Joe Bauers (interpretado por Luke Wilson), un bibliotecario del ejército elegido específicamente por su mediocridad, y Rita (Maya Rudolph), una prostituta reclutada por accidente, son congelados y despiertan quinientos años después despiertan en un mundo donde la estupidez ha alcanzado niveles históricos.

La humanidad, según la lógica del guión, se volvió cada vez más tonta porque las personas con mayor educación dejaron de reproducirse, mientras que quienes menos preparación tenían se multiplicaron sin freno. El resultado es una civilización tan estúpida que riega sus cultivos con bebidas energéticas y el presidente es una mezcla bizarra entre estrella porno, luchador de lucha libre y youtuber: el inigualable Presidente Dwayne Elizondo Mountain Dew Herbert Camacho, uno de los mejores personajes.

En 2006 esto podía parecer una gran sátira distópica, el humor es la base de la película, pues jamás hubieran creído realmente que eso sucedería. Hoy, cuesta no pensar que Idiocracy más bien como una profecía. O, peor aún, una crónica anunciada de lo que ya estaba en marcha. La banalidad se ha instalado como forma dominante. Las fake news compiten con teorías conspirativas cada vez más ridículas, y los debates públicos han sido reemplazados por peleas estúpidas sobre si la tierra es plana o si juntar dinero para hacer un puente lo debe hacer un Estado o quinientas personas que decidan unirse y poner plata.

Algunos gobiernos se entregan por completo al espectáculo. Los slogans de marketing copan el ágora con chicanas que parecen escritas por malos guionistas de stand-up. En Estados Unidos, Donald Trump convirtió la Casa Blanca en un reality show de cuatro temporadas, con la aparición de un Elon Musk, que entre cohetes y ketamina, parece más preocupado por reproducir su esperma que por el bien de sus propios hijos. En el sur del continente, Javier Milei habla con su perro muerto, canta una canción en cada acto político y recita dogmas de economistas muertos como si fueran mantras, mientras hambrea al pueblo y pretende que todos los males pasan por el supuesto movimiento woke. Todo muy Idiocracy.

Pero no se trata solo de los nombres propios, sino del fenómeno más amplio: el embrutecimiento como tendencia social. La película, que en su momento era una burla bastante exagerada sobre un supuesto futuro dentro de 500 años, tan solo veinte años después, resulta perturbadoramente cercana. No hay que viajar cinco siglos al futuro para ver cómo el pensamiento crítico es cada vez menos valorado. Basta con prender la televisión o scrollear cinco minutos cualquier red social para comprobar que el grito vale más que el argumento, que el influencer vale más que el científico, que el algoritmo nos conoce mejor que nosotros mismos.

Idiocracy, entonces, ya no es solo una comedia de culto. Es casi un espejo. Nos muestra lo que pasa cuando se deja de valorar la educación, la reflexión, la complejidad. Cuando se premia lo fácil, lo rápido, lo superficial. Es una advertencia de lo que sucede cuando nos rendimos ante la lógica del entretenimiento permanente y dejamos de hacernos preguntas incómodas.

Tarde piaste, diríamos en Argentina. Pero tal vez no sea tarde del todo. Mientras queden algunos que todavía se animen a escribir, a leer, a pensar, quizá tengamos una chance de salir del pozo. No está garantizado, claro.

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