Jamás creí que lo diría, pero… extraño mis noches de insomnio. Suena un poco loco, ¿no? Pero es que desde que me mudé a este departamento en el cuarto piso, las cosas se pusieron muy raras.
Todo comenzó hace unas tres semanas. El reloj marcaba como las dos de la mañana y yo, como siempre, tirado en el sofá tomando refresco y viendo Netflix por millonésima vez. De pronto, escuché un ruido. Era como si algo pesado se arrastrara por el pasillo. Mi mente inmediatamente…“otra vez los vecinos de arriba moviendo muebles a esta hora”, pero no… el ruido venía de abajo.
Me acerqué con cuidado, espié por la mirilla de la puerta… y casi me da un infarto. Ahí estaba, caminando lento por ese pasillo mal iluminado: Frankenstein. Pero no el clásico blanco y negro que todos imaginamos, sino el de la versión noventera de Kenneth Branagh. Un tipo enorme, de más de dos metros, lleno de cicatrices brillando bajo la luz parpadeante, de hombros caidos, mirada perdida y arrastrando una pierna chueca.
Mi primer instinto fue cerrar con doble llave y esconderme detrás del sofá como si tuviera cinco años. Pero… algo me detuvo. Porque ese tipo —ese monstruo— no se veía violento. Se lo notaba desorientado, confundido. Como alguien que acaba de llegar a una ciudad extraña y no entiende absolutamente nada.
Se quedó parado frente a mi puerta durante lo que me parecieron horas, aunque seguro fueron apenas cinco minutos. Yo respiraba como si hubiese corrido una maratón, y él ahí, tan cerca, separado de mí solo por una frágil puerta que yo creo que el con solo mirarla, la podría tirar al suelo.
Entonces, hizo algo que no esperaba: tocó. Tres golpecitos. Suaves. Casi... tímidos.
—¿Hola? —dijo con una voz grave, pero se escuchaba una voz de tristeza—. ¿Puedes ayudarme?
Y fue en ese momento que vino a mí una inesperada paz: ese no era un monstruo de película. Era Víctor. El personaje de Branagh, pero de carne y hueso. Y estaba tan asustado como yo.
Le abrí.
—Perdón por molestarte —me dijo con una voz que parecía a punto de quebrarse—. No entiendo dónde estoy. Todo es tan distinto… las luces, los ruidos, esos aparatos que hay adentro…
No sé por qué lo hice, pero le ofrecí un café. Sí, un martes a las 2 AM, le serví café a Frankenstein. Mi vida ya no tenía vuelta atrás.
Víctor (así me pidió que lo llamara) no tenía ni idea de cómo había llegado. Según él, un día estaba en su laboratorio del siglo XVIII y al siguiente, apareció en este edificio en pleno 2025. Imagínate el shock. Era como ver a un turista perdido en medio de Central Park, pero con más costuras y menos GPS.
—En mi época —me decía mientras sostenía la taza con esas manos enormes— las cosas eran más simples. Más comprensibles. Esto... esto es demasiado. Luces que se prenden solas, cajas que hablan (la tele), música que sale de la nada...
Le mostré cómo usar el control remoto y casi se desmaya cuando cambié de canal. Después le puse Spotify en el celular y se quedó como media hora mirando la pantalla, tratando de entender de dónde salía la música.
—¿Sabes qué es lo más extraño? —me dijo esa primera noche—. Siempre pensé que la gente me iba a tener miedo. Siempre fue así.
—Bueno —le dije—, técnicamente te tengo miedo. Pero también… me das un poco de lástima.
Se río. Una risa grave, rara, pero sincera.
Desde entonces, Víctor pasa por casa casi todas las noches. Le voy enseñando de a poco cómo funciona este mundo moderno. Ya sabe manejar el microondas (aunque casi incendiamos la cocina al principio jejeje) y por lo menos no se asustó con el fuego, aprendió a usar YouTube y está obsesionado con los videos de gatos.
—Son tan pequeños y perfectos —dice mientras mira los videos por horas—. Yo nunca pude crear algo así.
La semana pasada me ayudó a arreglar la heladera. Con esas manos hechas para la fuerza, arregló el motor en diez minutos.
—Para esto me hicieron —dijo, con una sonrisa un poco rara.
Es raro tener de amigo a alguien que salió de una película. Pero Víctor no es un monstruo. No de verdad. Es solo un tipo que tuvo la mala suerte de haber sido creado por alguien que no lo entendía. Un tipo que, como muchos, está tratando de encontrar su lugar en un mundo que no termina de comprender.
Y sinceramente, en un tiempo donde todos estamos un poco perdidos, conectar con alguien que comparte esa sensación… no está nada mal.
Aunque, sí, todavía me asustan un poco esos ruidos raros que hace cuando camina por el pasillo.


¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.