Neo nuestro de cada día. 

De vez en cuando intento doblar algún metal con la sola intención de hacerlo. Estoy convencida de lograrlo en algún momento -sin ningún problema- así que, continuó intentándolo. No tengo dudas sobre tal posibilidad. Incluso ahora, inmovilizada tras el accidente, no tengo otra alternativa que creerlo, para que esta realidad también cambie y pueda dejar de consumir esta mezcla espesa de proteínas y aminoácidos que me alimenta, pero me cansa. Pasarán dos meses antes de que la rehabilitación protésica me permita recuperar la experiencia simple de comer algo sólido sin correr el riesgo del último ¡Corten! Me alegra solo, el alejarme por tantos días del hombrecillo gris que desde su escritorio incrustado insiste en tratar de convencerme de que, para su absurdo universo, resulto incorregible y también me alegra con alguna euforia, que aún siento mis dientes, cómo un signo inequívoco y esperanzador de que en algún lugar lejos de esta realidad saturada de calamidades que hemos conjurado, permanezco con ellos intactos. ¿Qué deliberada torpeza civilizatoria entonces, me ha sujetado a esta idea de ser una simple espectadora de este lugar dónde los humanos anhelan que una máquina refrigeradora les hable y esté pendiente de hacer pedidos a otra máquina para que otra máquina voladora llegue a casa con alimentos, en lugar de ir por ellos? Y configure esta sensación dolorosa de estar en un mal sueño, no solo por la vulnerabilidad de mi condición, sino porque todo lo que pasa me resulta ajeno, mientras yo creo que, no sólo saldré de esta, sino que también doblaré metales: así Matrix cambió mi vida. Cómo el fenómeno cultural qué describió una trágica amenaza con elegancia matemática. Matrix debería ser una religión, y las hermanas Wachowski las supremas sacerdotisas. Y el más perfecto casting de la historia tener categoría de milagro para ejercer con plenitud nuestro culto. Y es que si la experiencia que el cine impregna en tu existencia no te arrastra a fantasearte un mundo, ese rodaje ha sido inútil. Pero si con extrema argucia te sumerge en un concierto visual amniótico, anclando imágenes como música congelada en tu memoria (intencionadamente, porque del sound track no me acuerdo) entonces aparece el arte, donde nuestro Keanu asegura, se restringió resueltamente la libertad creativa -para que no se tratara la puesta en escena, de una muy precisa predicción de la fatalidad que Baudrillard alertaba sólo con palabras porque todo se sumergía en simulacros, pero que, con una producción infalible, coreografías brillantes y la gracia de los agujeros de guion -que abandonaron mejores opciones para obtener energía que los inanimados durmientes- arrojaron con precisión atemporal una espeluznante distopía en marcha sobre la masa desprevenida y, como una excepcional denuncia, dejaron escurrir -como si nada- entre las grietas de la conciencia colectiva la intuición generacional de que algo sabemos en esta desbandada de algoritmos, pero no queremos verlo. Y por eso cada día creo en ti, Neo, creo en poder doblar los metales con mi mente y creo en que de esta, saldré recargada.

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