🎬 Una pantalla en la plaza: cine para soñar en comunidad y sanar el olvido
En algunos rincones del mundo, donde las calles son de tierra y el silencio solo se interrumpe por los juegos de los niños o el canto de un gallo, el cine no es una costumbre… es un milagro. Lugares como mi pueblo, Aracataca, no tienen salas de cine. Aquí, las historias se transmiten en la voz de los abuelos, en las leyendas del río, en las novelas que alguna vez pasaron por televisión.
Pero ¿qué pasaría si el cine llegara hasta estas comunidades olvidadas? No con grandes pantallas y butacas acolchadas, sino con una sábana blanca colgada en la plaza, un proyector prestado y un corazón dispuesto a compartir.
Solo imaginarlo me llena de emoción: ver los ojos de los niños brillar con las luces de una película, escucharlos reír con una escena animada o quedarse en silencio absoluto ante una historia que nunca creyeron posible.
El cine tiene ese poder misterioso de hacernos soñar más allá de nuestras circunstancias. Una película puede sembrar una idea, una esperanza, un cambio. Puede mostrar a un niño que sí es posible viajar, aprender, crear… y que su realidad no tiene por qué ser un límite.
Recuerdo una vez que proyectamos Encanto en una reunión barrial, usando solo una laptop y un parlante viejo. Era de noche, y los niños estaban sentados en el suelo, con los ojos fijos en la pantalla. Al final, una niña me dijo: “Esa casa mágica me hizo pensar en la mía… también tiene grietas, pero en ella todos nos queremos”. Esa frase se me quedó en el alma. El cine no solo entretuvo: tocó, sanó, inspiró.
En comunidades donde faltan tantas cosas —agua, energía, salud— el cine puede parecer un lujo. Pero yo creo que también es una necesidad: la de imaginar una vida distinta. A través de las películas, las personas pueden ver problemas parecidos a los suyos… y también soluciones. Pueden conocer culturas, defender sus raíces, o simplemente reír un rato en medio de la rutina dura.
Soñar, cuando no hay nada, es un acto revolucionario. Y el cine, aunque parezca pequeño, puede encender esa chispa.
Hoy, más que nunca, creo que proyectar historias en espacios comunitarios puede ser una forma de sembrar futuro. Ojalá más personas se animen a llevar el cine a donde no ha llegado. Porque a veces, una historia bien contada puede cambiar muchas más que una vida. Puede transformar un pueblo entero.


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