De niños, todos tememos a algo. Algunos a la oscuridad, otros a las alturas, algunos a quedarse solos. Yo siempre tuve miedo a perderme dentro de mi propia cabeza. A pensar demasiado. A sentir de más.
Lo curioso es que nadie te prepara para eso. Te enseñan a correr si ves un lobo, a no acercarte al fuego, a no hablar con extraños. Pero nadie te explica qué hacer cuando el monstruo está adentro, cuando no tiene forma definida ni nombre claro.
A los diez años, ese monstruo se presentó en mi vida. No llegó rugiendo ni haciendo ruido. Fue más bien como una sombra que se posó en mi hombro una tarde en que sentí que no encajaba con nadie. Me di cuenta de que no importaba cuánta gente hubiera alrededor, siempre me sentía un poco ajeno. Como si observara el mundo desde otra ventana.
Le puse nombre a esa sombra: Éter. No porque flotara ni porque fuera invisible, sino porque parecía estar en todas partes. En cada pensamiento, en cada miedo no dicho, en cada duda disfrazada de certeza.
Muchos pensarán que era solo una forma poética de describir la ansiedad o la tristeza. Tal vez. Pero para mí era más que eso. Éter se convirtió en un compañero silencioso. Aparecía en las buenas noticias, recordándome que todo es pasajero. En las malas, susurrándome que tal vez merecía lo que estaba pasando.
Durante años, intenté huir. Ignorarlo. Distrarme. Pero cuanto más lo evitaba, más fuerte se hacía. Hasta que un día, harto de su insistencia, decidí sentarme y hablar con él.
Le pregunté por qué seguía ahí, por qué no desaparecía como los demás monstruos de la infancia. Y su respuesta fue simple:
“Porque tú me creaste.”
Esa frase se me quedó grabada. Me di cuenta de que, efectivamente, todos los monstruos nacen de alguna parte. De los miedos heredados, de las palabras que nos hirieron, de las expectativas que nunca logramos cumplir. Y que por mucho que los ignoremos, forman parte de nosotros.
Desde entonces, Éter y yo hicimos las paces. No porque me guste su presencia, sino porque entendí que pelearme con él era pelearme conmigo mismo. Aprendí a escuchar lo que tenía que decirme, a distinguir entre sus advertencias y sus mentiras.
Hoy, a veces lo siento rondar. En las noches de insomnio, en las decisiones difíciles, en los momentos de silencio. Y ya no me asusta. Porque sé que no es mi enemigo. Es la parte de mí que teme perderse, que busca respuestas en medio del caos.
Hablar de nuestros monstruos debería dejar de ser tabú. No todos tienen forma de criatura oscura. Algunos son recuerdos, otros traumas, otros miedos que heredamos sin darnos cuenta. Y quizás, si nos animáramos a reconocerlos, a mirarlos de frente, descubriríamos que no vinieron a destruirnos, sino a enseñarnos.
Yo encontré en mi monstruo un espejo. Y aunque su reflejo a veces duele, me recuerda que sigo vivo, que sigo sintiendo y que eso, en este mundo tan anestesiado, sigue siendo un acto de valentía.


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