Aquí mi rostro no es lo único que se deshace con la lluvia. 

Caminaba por la vereda del cerro. La casa de mis abuelos se encontraba en medio de varios montes áridos. Miles de veces recorrí ese camino y miraba al suelo, tratando de encontrar las huellas de mi pasado, de reconocer en mí una parte olvidada, las cuales, obviamente, no estaban. Me distraje lo suficiente como para tropezarme con una piedra y caer, golpeándome fuertemente la cabeza contra una roca.

—¿Había una serpiente o por qué caminar con la mirada baja? Pareces estúpido —escuché una voz desde el suelo. Me había entrado arena en los ojos y no percibía más que, de forma borrosa, la silueta de unas piernas.

—¿Estúpido por mirar dónde tengo que pisar? —contesté mientras me limpiaba los ojos con mi ropa.

—Estúpido porque, inclusive mirando, te caíste —me contestó inmediatamente. Levanté la vista, tratando de dilucidar quién me insultaba. Frente a mí, la figura de un vaquero con sombrero que ocultaba su rostro, chaparreras, chaleco y botas.

—A veces, inclusive aunque uno esté al pendiente del camino, aquí por la tierra suelta es imposible no caerse —le dije, incorporándome.

—Me pareces un farsante. Finges saber caminar aquí, pero no tienes ni idea. —Alzó la cabeza, mostrándome su rostro, y el estómago se me revolvió. Me asusté; no era un hombre, tenía figura humana, pero estaba hecho de tierra y rocas.

Di unos pasos hacia atrás, tropezando de nuevo. En el suelo, seguía retrocediendo; sin embargo, me detuve porque sentí una víbora detrás de mí, lo cual se confirmó inmediatamente al ver a un costado de mi hombro un cascabel en el suelo. Pensé en salir corriendo, pero estaba atrapado. El pánico me había invadido. La víbora me recorrió el brazo y estaba a punto de morderme. Antes de que lo hiciera, el monstruo caminó hacia mí y la tomó sin dudar.

—Necesito unas botas —dijo, mirando a la serpiente que se retorcía enojada, intentando liberarse de su brazo. Lo mordía, pero lo único que lograba era abrir agujeros en las ropas, de donde brotaba polvo tras la mordedura. La silueta de arena alzó el brazo y lo bajó de forma violenta, golpeando a la serpiente en la cabeza y matándola instantáneamente—. Por eso es importante no caminar hacia atrás —me dijo sonriendo.

—¿Quién eres? —le dije, intentando tranquilizarme. Estaba agitado.

—Un vaquero —dijo eso y se quedó en silencio, mirándome.

—Bueno, eso parecería bastante obvio si no fuera por el hecho de que estás hecho de arena —le dije.

—¿Y eso me hace ser menos vaquero?

—No sé si estás comprendiendo, pero es la primera vez que veo a una cosa como tú.

—Sí, se nota que eres citadino —me respondió irónico.

—No me refiero a que seas vaquero, estás vestido como uno. Me refiero a tu rostro, tu piel.

—Ah, esto… —Levantó su mano, mirándola, mientras el viento se llevaba un pedazo de arena.

—Sí, eso… —lo señalé.

—Pensé que la gente de ciudad sería más abierta, pero al parecer eres prejuicioso.

—No es prejuicio, es que… Bueno… —pensé en que no importaba mucho seguir con ese tema—. Te agradezco por salvarme.

—No agradezcas. Amo las botas, tengo miles. Tú no sabes lo hermosos que son los reptiles cuando están en tus pies. —Mientras decía eso, miraba ensimismado sus botas y las acariciaba.

—No, en particular no soy mucho de botas.

—Te harían falta para caminar por aquí con seguridad. Podría regalarte unas. —Me miró sonriendo y luego cambió inmediatamente el gesto a seriedad—. ¿Quieres ser vaquero?

—No, yo… —titubeé y noté que su vista se dirigía a la soga que traía en la cintura—. Esto es para… para… —miré hacia todos lados—, arreglar la zanja.

—Claro. ¿Y qué zanja estás buscando arreglar? Por aquí no veo nada que necesite de tu soga.

—Yo… simplemente olvidé dejarla en el rancho —dije en voz baja.

—No te creo. Además, apestas a cobarde.

—¿Qué? ¿A qué te refieres? —Me levanté y traté de sonreír, lo cual sonó forzado—. Mi abuelo es dueño de la casa que está aquí abajo.

—Mira, no me importa por qué ibas a terminar con tu vida, seguro es insignificante, pero esto que ves alrededor es mío. Si te vas a matar, lo vas a tener que hacer en tu rancho. No requiero una vista como esa por aquí.

—Yo no me… —traté de responderle en voz baja, pero me interrumpió.

—Transpiras debilidad. Si fuera tú, también lo haría. En fin, lárgate a morir a otro lado.

—Oye, esto es terreno libre, no puedes decirme que me marche.

—Lo que te estoy diciendo, pequeño imbécil, es que no puedes morirte aquí. Mi paisaje es demasiado bello para que tu cobardía lo inunde todo.

—No soy un cobarde —le grité. Nos miramos en silencio unos momentos. Él caminó hacia mí, encarándome. Parecía fastidiado.

—No sé mucho sobre esto. En general, podría darte una explicación sobre si ser nihilista vale la pena o hablar de lo hermoso que es vivir, pero no me interesa convencerte de no hacerlo. Si gustas, quedará en secreto entre los dos. Sólo lárgate a hacerlo a otro lado.

—Muy bien. —Me volteé y di un par de pasos hacia abajo antes de escuchar el sonido de un disparo. Me detuve y sentí que algo me escurría del abdomen: era sangre.

—¿Por qué? —le dije, mirándolo atónito mientras me tiraba al suelo.

—Bueno, la verdad, hace mucho tiempo que no la usaba y, pues de todos modos ibas a hacerlo. Hasta técnicamente te estoy haciendo un favor. Pensé que no te importaría. ¿Qué más da?

Me quedé callado, mirando la herida. Así se sentía: desangrarse poco a poco arde. Había imaginado hacerlo por mi cuenta, pero me daba miedo fallar. "Se supone que lo haría sin sufrir", me dije en voz baja.

—Cobarde.

—Cállate, eres un idiota. Ahora duraré horas antes de morirme —le dije mientras me apretaba la herida.

—Podemos conversar hasta que todo se vuelva oscuro. Hace mucho que no tengo una buena charla. Esta parece interesante. A ver, dime, ¿qué te llevó a ser tan cobarde? —Lo miraba, trataba de controlarme. Ciertamente, tenía razón, ya no podría moverme más. No tenía sentido hacer otra cosa que resignarme y hablar.

—Mi esposa murió…

—Eso parece un motivo. Un suicidio por amor, poético. Un cliché, la verdad. Déjame decirte que tu sacrificio, más que por cobardía, terminará siendo recordado por idiota. El amor hace que los hombres cometan idioteces, y después estás tú…

—No solo es eso. Ella murió en un choque de auto, estaba embarazada. Iba a revelarme que me dejaría por mi mejor amigo.

—Ahora sí se puso interesante, aunque no sé por qué siento que faltan piezas —dijo, sentándose en una roca.

—Cuando me llamaron para ver el carro, reconocí a los dos en la morgue. Estaba desconsolado. Él era más que mi amigo, mi hermano, inclusive hasta la figura de un padre. Me enseñó tantas cosas y me traicionó.

—De algo me estoy perdiendo. ¿Cuándo te enteraste de que estaban juntos?

—En nuestro departamento. Ese día llegué desconsolado y miré la carta de confesión. —Saqué con trabajo de mi pantalón un papel y, apretando el puño, lo hice bola para arrojárselo al vaquero.

Tomó la carta y la abrió. Miró a detalle lo que decía y después se la comió.

—Sí mereces morir —dijo de inmediato, y sacó su arma para levantarse lentamente y apuntarme a la cabeza—. Ahora no inundas mi monte de cobardía, lo inunda tu autocompasión. Odio más eso. —Disparó. Algunas cabras que se encontraban pastando cerca corrieron lejos.

—¡No pudiste acertarme en la cabeza! —lo miraba con frustración, debido a que ahora me había perforado el brazo.

—Disculpa la mala puntería, juro que la siguiente ocasión no fallaré. Entonces, como últimas palabras y recapitulando: descubriste que tu vida era una farsa y ahora quieres acabar con ella —sonrió al final—. Pobrecito, deberían hacer una estatua a tu desventura.

—Me drogaba con piedra para no sentir el dolor, la humillación. Hurté a personas que confiaron en mí con tal de seguirme drogando. Lastimé a personas por continuar con eso. Me volví un paria para todo el mundo —le dije en voz baja.

—Bueno, ahora sí tiene todo sentido. Déjame acabar con esta agonía. —Levantó su arma una vez más y, antes de que jalara el gatillo, una gota de lluvia le cayó en el sombrero. El cielo se había nublado y parecía que venía una tormenta. Disparó por tercera vez.

Me retorcía por el suelo. Esta vez había impactado en mi pierna. Gritaba de dolor.

—¿No dijiste que no ibas a fallar? —le grité, ya molesto.

—No fallé, te desangrarás más rápido —dijo sonriente—. Al menos podrás decir que serviste de alimento a los buitres.

—¿Qué te pasa? ¿Es que no lo entiendes? Ya no me importa nada. Esa mujer acabó conmigo, mis sueños, mi casa… y la droga ahora ya no me permite volver a sentir igual. La vida se quedó sin sentido, ya nada me causa emoción, nada me causa felicidad. Hazme un favor y tira del gatillo una vez más. —La lluvia comenzaba a caer más fuerte y noté que los lugares que mojaban al vaquero derretían la arena, le arrancaban pequeños pedazos de sus manos y cara. El vaquero miró al cielo. Una gota cayó en lo que parecía su ojo, dejando una cuenca vacía y, dándose algunos golpes en la cabeza con el arma, la preparó una vez más.

—Pese a todo eso, realmente no es nada de lo que no te puedas recuperar. Si te pudiera dar un consejo, sería: deja el drama innecesario. Estás determinando un final cuando ni siquiera has vivido lo suficiente para sufrir realmente. Eres patético, y no por intentar morirte, sino por no haberlo logrado hasta ahora.

—No eres el primero que me dice eso. También lo dijo mi mejor amigo muchas veces.

—Bueno, al menos yo sí te herí de forma literal. No me consideraría tu amigo, pero sé algo. —Se agachó en cuclillas y con su arma presionó la herida de mi pierna. Eso me hizo gritar—. Me enfurece saber que un pedazo de mierda murió, pero aún seguimos muchos por aquí.

—Ahora entiendes por qué tengo que hacerlo —le dije mientras trataba de soportar el dolor del metal en mi pierna—. Ya no puedo cargar con el dolor, con la desdicha.

—Culpa. No me quieras ver la cara de asno.

—Bueno, seguro es una de las tantas cosas que…

—Me está dando más rabia, mejor no me mientas más. Me perturba saber que gasté demasiadas balas en alguien tan endeble. Pude haberte tirado una roca y hubiera ocasionado el mismo dolor y la misma autocompasión.

—¿Tú qué sabes sobre la vida? Solo eres un pedazo de tierra —le grité, siendo interrumpido por los truenos que ya eran más constantes.

—Probablemente tienes razón, aunque un pedazo de tierra no necesariamente es peor que un pedazo de mierda.

No aguanté más. En seguida me abalancé sobre él, tratando de jalar el gatillo para matarme. Forcejeamos en el suelo. Logré desarmarlo y tomé su cuello entre mis manos.

—Violencia… —me dijo apenas susurrando. Aunque parecía que lo ahogaba, se estaba riendo, comencé a apretar con más fuerza y, de un momento a otro, vi la cara de mi ex en él, lo cual me sorprendió y soltándolo un poco, aprovecho y me aventó de nuevo a un lado.

—Lo que sé es… —sacó la pistola y la puso en mi frente—, debes aceptar perder, mirarte así y dejar morir aquello que te mantiene enojado. Aceptar, sobre todo, que tú tuviste la culpa de todo. No vas a morir hasta que lo aceptes.

—¿Qué? Yo…

—Eras un machito, ¿o piensas que ella se fue a los brazos de tu amigo solo porque la tenía más grande? La carta dice: “Ya no aguanto este maltrato”. Te carcome la culpa, quieres escapar, maldito adicto narcisista. Intenta convencer a otra persona de tus cuentos estúpidos. Se nota que buscas esconder algo, y era obvio. Mi figura no es la única que se deshace con esta lluvia.

—Todas las parejas tienen problemas, no todo era mi culpa. Ella se dio cuenta de que la engañaba con otras mujeres. Nunca quise pegarle, debí detenerme, pero me quería contradecir y controlar. —Intenté arrojarme una vez más sobre él, pero de un puñetazo terminé de nuevo en el suelo.

—Es ridícula tu autocompasión, siendo consciente de lo que hiciste quieres huir de la verdad. —Miró al cielo y apretó el arma contra mi frente—. Es hora de que tengas paz —dijo, gritando y riendo como un desquiciado.

Un disparo retumbó en medio de la lluvia. Casi no se escuchó porque también un trueno, acompañado del rayo y la lluvia intensa, cayó en todo el monte.

Recordé esa noche anterior al choque. Estaba ansioso, no tenía dinero. Entré a la casa y ella estaba guardando sus cosas. La confronté. Ella pidió que la dejara ir. No quiso entender que necesitaba conseguir piedra. Forcejeamos y la golpeé tan fuerte que quedó desmayada frente a mí. En medio de la lluvia, bajé a su carro y corté los frenos. No huiría de mí, y si lo hacía, me aseguraría de que no llegara a ningún lado.

El aguacero inundaba el monte. La tierra deslavada mojaba mi cuerpo. Se intentaba apagar el árbol a unos cuantos metros de mí; estaba incendiado por el rayo que le había caído. No paraba de llorar desconsolado. El arma estaba tirada a un lado y no dejaba de repetir que probablemente ya había pagado por mis culpas. Tomé el arma y jalé el gatillo: estaba vacía. Miré al cielo y pensé: “Realmente, sí es mi culpa, yo fui la razón de todo. Ahora tendría que vivir con eso”. Me recosté, pensaba que ahora ya no había algo que me detuviera.

Lo último que vi fue una rama del árbol que se desprendió por el fuego y cayó sobre mí.

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