El aroma a café recién molido llenaba el aire de "El Rincón del Libro", mi cafetería favorita en el corazón de Emiliano Zapata. Era una tarde tranquila de viernes, perfecta para perderme entre las páginas de una novela de misterio. Levanté la vista un momento y mi corazón dio un salto. Sentado en una mesa al fondo, sorbiendo un capuchino con una delicadeza sorprendente para su tamaño, estaba él.
No era el típico cliente. Su corpulencia era inconfundible, y aunque vestía una sudadera con capucha que intentaba disimularlo, la forma de su cráneo, el brillo peculiar de sus ojos y la incipiente pelambre que se asomaba por las nucas de sus manos solo podían pertenecer a una criatura: ¡el Hombre Lobo de las películas clásicas! Pero no el aterrador, sino una versión más bien… melancólica.
Mis ojos debieron delatar mi asombro, porque él, con una lentitud casi cómica, levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron. No había ferocidad, solo una expresión de… ¿cansancio? ¿aburrimiento? Él dio un suspiro que sonó como un bramido contenido y con un gesto sorprendentemente humano, me invitó a sentarme.
Dudé un segundo, mi mente gritando: "¡Huye! ¡Es un monstruo!", pero mi curiosidad fue más fuerte. Me acerqué con cautela, arrastrando una silla.
"Disculpa la intromisión," dijo con una voz ronca que vibraba en el aire, "es solo que es raro no ser recibido con gritos o antorchas. ¿Sabes? La rutina de siempre."
Me reí nerviosamente. "Bueno, es que… no esperaba encontrar un Hombre Lobo tomando café en mi cafetería favorita."
Él soltó una risa seca, que me recordó al crujido de ramas secas. "La vida moderna, supongo. Ya no hay buenos bosques para merodear, y la luna llena… es un fastidio con tanto alumbrado público."
La conversación fluyó de manera inverosímil. Resultó que el Hombre Lobo, cuyo nombre real, me aseguró, era "Wolfgang" ("mucho más refinado que 'bestia aulladora'", aclaró), estaba harto de su reputación. "Siempre lo mismo", se quejó, "correr por los tejados, aullar a la luna, asustar pueblerinos. Es agotador y monótono. Extraño los días en que simplemente podía ser… un lobo normal."
Me contó sobre sus frustraciones con el CGI moderno ("¡Me hace ver demasiado digital! Prefiero el buen maquillaje de látex, tiene más alma"), su amor por el jazz y su secreto deseo de abrir una panadería ("mis garras son excelentes para amasar"). Wolfgang era, en esencia, un ser hastiado de su papel cinematográfico, buscando una vida más… doméstica.
Cuando el sol comenzó a ponerse y una tenue luna creciente asomó por el horizonte, él se levantó. "Bueno," dijo, estirándose y sus huesos crujiendo audiblemente, "supongo que es hora de mi 'actuación'. Pero mañana, si estás libre, ¿te gustaría probar unos de mis panecillos de canela? Estoy perfeccionando la receta."
Lo miré, entre divertida y atónita. "Claro, Wolfgang. Me encantaría."
Mientras lo veía salir de la cafetería, con un andar que, aunque lobuno, irradiaba una extraña dignidad, no pude evitar sonreír. El cine está lleno de monstruos inolvidables, sí, pero a veces, la realidad te sorprende con un monstruo que solo quiere hornear panecillos de canela y quejarse del alumbrado público. Y eso, en mi opinión, es aún más inolvidable.


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