Egos 

El año ya no importa. El cielo cambió de color hace décadas, y las ciudades aprendieron a latir solas, sin corazón. Los humanos se conectan por cables invisibles, por algoritmos que predicen la tristeza y recetan calma en píxeles. El tiempo es suave, anestesiado, como una canción en bucle que nadie escucha del todo.


Y sin embargo, ellos siguen allí. Dos cuerpos errantes que se buscan para herirse mejor. Dos voces que conocen la grieta exacta en la que la otra se desangra.


Él camina por las calles de neón con una herida en la espalda que ella le dejó una noche sin luna. Ella carga en los ojos la frase que él le gritó cuando todo se rompía: “Ojalá nunca te hubiera amado.” Y sin embargo… lo siguen haciendo.


Se odian con precisión quirúrgica. Se estudian como mapas del error. Se encuentran en cafés vacíos de viejos edificios donde aún se puede fumar y mentir sin ser detectados. Allí discuten con palabras que parecen cuchillos, pero están hechas de nostalgia. Porque el odio, cuando persiste tanto, se convierte en una forma de no soltar.


—No te necesito —dice ella.


—Por eso vuelves —responde él.


Y entonces se miran. Se miran como los satélites que orbitan planetas muertos: sin esperanza, pero sin escapatoria.


En ese futuro donde todo está automatizado, ellos son lo único que sigue improvisando. Mientras las demás parejas se sincronizan por compatibilidad genética, ellos aún se contradicen, se provocan, se destruyen con frases torcidas y gestos que tiemblan. No se abrazan: se invaden. No se besan: se reconocen en medio de un asco que es memoria.


Pero a veces, cuando el sistema falla por segundos y los drones no graban, se quedan en silencio.


Y el silencio… es un cuerpo desnudo sin defensa.


Entonces, por un instante, se aman sin saberlo. Él le acomoda el cabello detrás de la oreja como si no la odiara. Ella le toca la mano como si no se arrepintiera de haberlo conocido. Nadie lo ve. Nadie lo entiende. Pero ahí, en el margen, en lo incorrecto, en lo que ya no tiene nombre, hay algo verdadero.


Amarse y odiarse en el mismo latido.


Porque lo que los une no es lo que recuerdan, sino lo que no pueden olvidar. Son la herida del otro. El espejo donde aún son humanos. Y aunque juren que no se soportan, se buscan con la desesperación de quien sabe que sin esa pelea, el mundo pierde sentido.


Tal vez en otro mundo se habrían amado bien. Tal vez en este, ese amor solo puede sobrevivir disfrazado de rabia.


Pero incluso en el futuro, entre robots y ruido blanco, hay cosas que la tecnología no puede decodificar.


Como dos almas que se odian porque, si no lo hicieran, tendrían que aceptar… que aún se aman.

A veces se encuentran sin querer en las estaciones viejas donde los trenes ya no pasan. Esas ruinas de metal oxidado, cubiertas de musgo y abandono, son los únicos lugares donde la señal no llega, donde se puede hablar sin ser registrados. Ahí se sientan, uno frente al otro, como enemigos que no recuerdan por qué empezó la guerra.


—Deberías olvidarme —dice ella, sin mirarlo.


—Lo intento cada noche —responde él, sin mentir.


Y es verdad. Lo intenta. Borra sus fotos, sus mensajes, su risa, incluso el sonido de sus pasos. Pero hay cosas que no se borran porque están escritas con otra tinta, en otro cuerpo, en otra dimensión. Ella está en sus gestos, en la forma en que se enfada con el mundo, en cómo maldice la lluvia, en cómo mira el vacío cuando nadie la observa. Es un virus que no quiere curarse.


Ella también lo intenta. Se acuesta con otros. Viaja. Reescribe su historia. Pero cuando alguien le acaricia la espalda de cierta forma, todo se quiebra. Porque solo él la tocaba así: como si supiera que allí, justo allí, vivía su miedo más antiguo.


No hablan de amor. Eso está prohibido entre ellos. Lo que hay es otra cosa: una herida compartida. Un lenguaje hecho de sarcasmo, de ironía, de pequeñas traiciones. Se lastiman porque tocar duele menos que ignorar.


Y sin embargo, cuando él enferma, es ella quien aparece con comida caliente y una mirada seca que no se atreve a preguntar. Y cuando ella llora, sola, en su habitación sin ventanas, él llama como si no supiera por qué. Como si el corazón, programado para autodestruirse, aún buscara el eco que le daba sentido.


—Nos estamos matando —le dice ella una vez, entre susurros.


—Tal vez sea la única forma en que sabemos vivir.


Y no lo dicen, pero lo saben: su odio es el único lugar donde el amor aún respira. No el amor ideal, ni el limpio, ni el de las películas recicladas por la inteligencia artificial. Es otro amor. Uno sucio. Doloroso. Feroz. Un amor que araña, que sangra, que recuerda lo que fue humano cuando todo lo demás se volvió plástico.


La sociedad los rechaza. No encajan en el nuevo mundo de bienestar emocional asistido. Son demasiado contradictorios, demasiado inestables, demasiado intensos. Pero ellos son testigos de algo que los algoritmos no comprenden: que el amor verdadero no es el que hace bien, sino el que te obliga a mirarte completo, incluso cuando lo que ves no te gusta.


Y si siguen volviendo el uno al otro, no es por debilidad, sino porque en cada pelea, en cada insulto, en cada roce lleno de rabia contenida, se dicen sin decirlo:


“Eres mi ruina. Pero también eres mi verdad.”



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