"El Jorobado de Notre Dame: La película que no supe entender hasta que crecí" 

Hay películas que creíamos no disfrutar cuando éramos niños. Algunas nos podrían haber resultado pesadas, confusas o simplemente no nos generaban absolutamente nada. Pero, con los años, la vida, como una llave que abre puertas que antes no sabíamos que existían, nos prepara para poder comprenderlas. Eso fue exactamente lo que a mí me paso con *El Jorobado de Notre Dame*, la película de Disney que, de niño, me pareció extraña y algo sombría, y que, con el tiempo, se convirtió en una de las historias que más me ha marcado.

Cuando la vi por primera vez, yo esperaba lo de siempre: canciones alegres, animales parlantes y una historia llena de magia y felicidad. Y sí, todo eso estaba ahí… De algún modo. Pero también tenía cosas que me incomodaban y no sabía poner en palabras. Un fuego de Infierno, un villano demasiado humano que hablaba de pecados y castigos eternos, una mujer valiente y sensual que no terminaba con el héroe, y un protagonista que, aunque daba todo, no obtenía aquello que deseaba. Eso no se parecía en nada a *La Sirenita* o *Aladdin*.

No fue hasta muchos años que me animé a revisarla, ya con otra mirada y preguntas. Y ahí *El Jorobado de Notre Dame* me golpeó con una fuerza extraordinaria.

Empecé a ver lo que de pequeño no podía entender: El juez Claude Frollo no era simplemente “el villano”, sino la encarnación de una hipocresía tan real como atroz. Un hombre obsesionado con el control, que justificaba su crueldad con argumentos religiosos, reprimiendo su deseo por Esmeralda mientras se convencía de que era ella quien debía ser castigada. Su canción *Hellfire* o en español *Fuego de Infierno*, no tiene paralelo en el cine de animación infantil: es una plegaria teñida de culpa, deseo, odio y miedo. Una escena que cobra sentido con la madurez suficiente para entender la lucha interna entre deseo y represión.

Y Quasimodo, claro, ya no es solo el “feo bueno” que espera ser recompensado por su bondad. Es un personaje profundamente humano, atrapado en la obediencia ciega y el anhelo de libertad, entre su fe en Frollo y la necesidad de ver el mundo por sí mismo. En su tragedia, entendí muchas cosas: lo que duele no ser visto por quien amas, lo que cuesta encontrar tu voz cuando has crecido en el silencio, lo que significa ser diferente en un mundo que teme a la diferencia.

Lo mismo ocurre con Esmeralda, que fue mucho más que una simple “chica guapa” al volverla a ver. Es fuerza, dignidad y lucha. Una mujer que se enfrenta a la intolerancia con la cabeza en alto, que protege a los marginados y que representa algo que de niño no entendía: el valor de luchar por la justicia, aunque no seas tú quien se beneficie de ella.

Por último, el final: no hay beso, ni castillo, ni “fueron felices para siempre”. Hay aceptación, hay redención, hay un Quasimodo que camina hacia el pueblo, no hacia una pareja. Porque, a veces, crecer también significa entender que el amor no siempre se concreta como esperábamos, pero eso no le quita profundidad ni belleza.

*El Jorobado de Notre Dame* fue demasiado honesta para mí cuando era niño. Me hablaba de cosas que aún no había vivido: la exclusión, la culpa, la injusticia, el deseo reprimido, el dolor de no encajar en algún lugar. Pero el tiempo hizo su parte. Y hoy, con sus coros latinos resonando como una misa trágica, su arquitectura gótica imponiéndose como un templo de complejas emociones, y su historia llena de contradicciones humanas, puedo decir que es una obra maestra y una de las películas más valientes de Disney.

Porque no todas las historias están hechas para entenderse con la inocencia de la infancia. Algunas esperan en silencio a que estemos listos. Y cuando por fin lo estamos, se revelan como lo que siempre fueron: obras destinadas a hablarnos desde lo más profundo de nuestra experiencia.

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